El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) El crematorio
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El crematorio

N adie debería ver nunca un cadáver carbonizado como el que nos encontramos.

Si mis hijos ingresaran en la sección de homicidios de la Policía o de la Guardia Civil, es probable que tengan que presenciar cuerpos devorados por las llamas como el de Fortunato Pereira.

Y esto es algo que no quiero que ocurra.

Creo que podría tolerar que vean a un hombre o a una mujer apuñalados o abatidos por disparos.

Y eso ya es mucha tolerancia de un padre hacia lo que los ojos de unos hijos han de ver.

Pero el asesinato de este hombre sobrepasa lo recomendable para poder conciliar bien el sueño en unos años.

Los de la Científica han sacado el cuerpo de un horno crematorio.

No lo han tenido que tocar gracias al mecanismo de arrastre mediante rieles del que dispone.

Hay unas figuras pintadas en la parte externa del horno; simulan las pisadas de un perro y nos indican que estamos en un crematorio de animales.

El cuerpo está calcinado desde el cuello hasta los pies La cabeza cuelga por fuera de la compuerta del horno y apenas presenta quemaduras.

Parece obvio que el asesino dejó fuera del horno la cabeza de la víctima con una clara intención.

Me cruzo con un oficial de criminalística, que cierra los ojos y mueve la cabeza de lado a lado, resoplando, lo que viene a decir que allí no hay ni un maldito indicio físico.

La subinspectora y yo observamos el cadáver y, cuando encontramos una marca en su frente, actúa nuestra telepatía: lo han dejado así para que podamos ver el círculo incompleto…

Id éntico al que había en el pecho de Porta.

Ni todos los lúmenes de mi linterna consiguen aclararme algo sobre el origen de dicha marca; parece un tatuaje, aunque no lo es, ni tampoco una quemadura.

—Olga, recuérdame que le pida al forense que levante la piel de la marca, y la de Porta también para ver si hallamos algo.

—Atienza, el oficial de la Científica que acaba de irse, dice que no sabe lo que es.

—Razón de más para intentarlo con el doctor. ¿Hasta cuándo podemos retener el cadáver?

—No mucho; díselo tú, que te hará más caso que a mí.

Olga arruga el gesto. Se ha cruzado con él justo cuando se marchaba y, como de costumbre, ni se han dirigido un «Hola» de cortesía.

—Buenas noches —dice la jueza Torres—, ¿qué tal va esa inspección ocular?

—Buenas noches, Luz —saludo. Insisto en que siempre es mejor llamar por el nombre de pila a las personas cuando quieres caerles bien. Aunque la tarea sea complicada con la jueza Torres, hay que intentarlo—. Pues acabamos de llegar como el que dice, pero no nos retrasaremos mucho.

—Bien, porque me gustaría que se llevaran a este pobre al anatómico.

La expresión de la jueza es distinta a la habitual. Ella está acostumbrada a ver cadáveres, y aunque es cierto que no se acerca mucho, la imagen es tan impactante que debe de haberle tocado un poco las vísceras.

—Antes de nada, quería agradecer su autorización con el tema de los pinchazos y de los seguimientos de los móviles…

—Inspector, prefiero que no me agradezca eso aquí —me pide.

Miro hacia todos lados con gestos ostensibles para recalcar que no hay nadie cerca.

Ella me ignora. No es que sea una irregularidad si un juez lo autoriza, pero entiendo que quiere curarse en salud con la instrucción del caso.

Si el tribunal que juzgue a los culpables cuando los encontremos —si es que los encontramos— aprecia irregularidades, todo el trabajo se puede ir ya sabemos dónde.

Además, no quiere sentar precedentes para el futuro.

En el cajón de los casos sin resolver hay muertes que investigar, y quizá teme que le pueda pedir lo mismo en cuanto tenga oportunidad.

—Entiendo, señoría. Gracias de cualquier forma.

—Subinspectora, venga conmigo.

Olga se sorprende y acompaña a la jueza hasta el exterior.

Me quedo a solas junto al cadáver en aquella nave industrial llena de suciedad y polvo, con una chaqueta y con una camisa, —con el calor que hace no necesito nada más—, y con un olor familiar, que se introduce en mis fosas nasales.