El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Algo sucede
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Algo sucede

—S eñor Ortiz-Melgar, estamos esperando el informe del forense —miento después de unos segundos—, no podemos darle más detalles. Lo único que le pedimos es una completa discreción.

José suspira.

—Si son discretos, será mejor para usted y para su empresa —asegura Olga.

El hombre la mira con desprecio, como si ella no tuviera derecho a decir lo que le conviene a él y a su empresa.

—Supongo que no me traería nada bueno tener por aquí a los paparazzis preguntando. —Yo asiento. Parece calmarse—. Voy a llamar a Laureano.

Antes de que lo haga, otro hombre de unos treinta y pocos años aparece por el camino de tierra. Camina junto a Pleite, con el que, según parece, ha intercambiado algunas palabras.

—Aquí viene Hipólito, ¿tienen algo más que decirme?

—Solo le pido que facilite a mi compañero Julio todos los números de la empresa, así como los personales. Mujer, hijos, padres. Si colabora con esto, se lo agradeceremos mucho —José Ortiz—Melgar se lo piensa.

—Está bien, inspector —dice—. Pero ya le digo yo que nadie de esta familia ha tenido nada que ver.

—Estoy seguro de ello.

—No lo entiende —insiste—. Ustedes me han preguntado por el pasado viernes, ¿verdad?

Estuvimos todo el día trabajando aquí en el chalé de un amigo y, por la noche, cuando terminamos, hizo una barbacoa.

Estuvo toda la familia, y ya le digo yo que ninguno acabó en condiciones de ir a cargarse a ese hijo de puta.

Le daré esos números de móvil que tanto quiere para que lo investigue.

Ya verá cómo no encuentra nada. Bueno, podría acusarnos de conducir borrachos.

José Ortiz-Melgar se marcha diciendo adiós con la mano y entra en la oficina con Pleite, que acaba de llegar de su inspección ocular. Olga invita a Hipólito a acercarse.

El sol se va ocultando, y la temperatura desciende.

—Buenas tardes, Hipólito Ortiz-Melgar —dice la subinspectora.

El muchacho asiente, y le sonríe. Digo «muchacho» porque, aunque los datos que tenemos indican que tiene treinta y cinco años, aparenta bastantes menos.

Olga inicia la misma ronda de preguntas con Hipólito.

También toca el tema del ataque, y entonces el gesto de él vuelve a cambiar, como lo hizo su hermano.

—Me partió la cara aquel desgraciao —dice.

—¿Quién? —pregunto.

—Pues el animal ese, el guardaespaldas de Porta… menudo bestia. Si me pilla ahora, lo mismo se lleva una sorpresa.

El menor de los Ortiz-Melgar tensa sus músculos.

Va en manga corta; se le observan unos bíceps grandes y definidos.

Tiene el cuello bastante ancho, con un tatuaje que le sube desde el brazo.

No es que imponga demasiado con su aspecto físico, pero es posible que, después de la humillación que le hizo sentir el escolta de Porta haya decidido ponerse fuerte y aprender algún arte marcial (algo muy típico en todo al que humillan).

—¿Usted piensa que podrían haber atentado realmente contra la vida de Armando Porta? —pregunto.

—No sé; la verdad es que el coche que tenían corría de la hostia y que nosotros solo teníamos a la ReVo.

—¿Qué es la ReVo? —interviene Olga.

—Es un mote que le puse a la máquina; suelo ponérselos a todas.

Otros datos que refuerzan mi teoría de que podría pasar por un veinteañero son su forma de hablar y sus expresiones.

La toma de declaración nos está aburriendo, y miro a Olga para que aligere el trámite.

Veo una figura al fondo, donde están las máquinas, y supongo que es el tercer hermano presente en la empresa: Laureano.

Olga pide el teléfono a Hipólito y él saca su móvil para entregárselo a la subinspectora. Ella le corrige y le indica que solo quiere el número y le pregunta si tiene alguna otra línea. Él niega y le facilita las nueve cifras.

La sombra deja de ser sombra, y otro Ortiz-Melgar se aproxima por el camino de tierra.

—Ese es mi hermano Laureano. No se asusten por las pintas. No mataría a una mosca.

Olga le pide la misma discreción que a José, que hable con él. Hipólito entra en la oficina.

Laureano llega a nuestra altura. Es un tipo alto, con el pelo largo, barba y ojos claros. Si se pusiera un pañuelo rojo en la cabeza y se subiera a una Harley, podría pasar por un motero de los clásicos.

—Buenas tardes, soy Laureano Ortiz-Melgar —dice con aire solemne, como con orgullo de tener un apellido compuesto.

Nos presentamos.

Ha caído la tarde, aunque la temperatura se mantiene por encima de los quince grados.

El hombre nos invita a pasar a la oficina.

Declino la invitación. A mí me gusta estar allí en medio de la nada y con la vista en el horizonte violáceo.

Me gustan las puestas de sol en Madrid, la contaminación, y sus partículas en suspensión hacen que haya una variedad de colores más amplia que una puesta de sol sobre el océano en un ambiente con mucha menos polución.

Por ello siempre me han dicho que soy raro.

Olga se dispone a interrogar a Laureano; sin embargo, en el camuflado suena una alarma de transmisiones. Nuestros móviles también pitan.

Algo sucede.