Extrañas circunstancias
J osé sonríe de forma irónica. Además del informe de la UDEF, Georgina Porta nos había pasado por escrito tanto el altercado con Sebastián Suchowolski como el de los Ortiz-Melgar.
—¿Todo eso quién lo dice? —pregunta.
—Georgina Porta y un par de testigos de la Torre Spazio.
Vuelve a sonreír.
—Si eso fue un atentado, que venga Dios y lo vea.
—Tenemos un informe que así lo dictamina.
José se mesa la barba de tres días que alberga su rostro lleno de arrugas.
—Hicimos el ridículo, inspectora.
—Subinspectora —lo corrige Olga.
—Lo que sea; fue una gilipollez, la mayor de mi vida.
—Le ruego que nos lo explique —intervengo y consigo que José retire los ojos inquisidores de la cara y cuerpo de mi compañera.
—Cuando uno está desesperado, pues hace tonterías. La rabia nos reconcomía, sobre todo a mí, que soy el mayor y se supone que soy el más responsable.
—¿Qué ocurrió exactamente?
José Ortiz-Melgar nos cuenta con todo detalle y coincide con el informe .
—En la calle de la Reina, estaban Dionisio y Laureano, y menos mal que Porta no pasó por allí porque estoy seguro de que ellos dos no hubieran dejado el ataque en un susto, que era lo que habíamos hablado.
—Olga y yo nos miramos y nos mandamos un mensaje telepático: «Otro susto».
Como si todo aquello fuera algo parecido al chiste de elegir entre susto o muerte—.
Allí en la torre esa, enorme, Hipólito y yo solo podíamos hacer el ridículo.
Un lugar tan amplio, con su coche blindado y con tantos testigos… No teníamos ninguna posibilidad.
—Pero aun así lo intentaron —incide Olga.
José se rio.
—Sí, bueno, si usted llama intentar que una excavadora, que bueno…era la más veloz de la época, pero que más de cincuenta por hora no podía coger. Que una máquina así pudiera dar caza a un cochazo como el de Porta, pues… eso. Llámelo «intentarlo», si quiere.
—¿Y por qué Porta no los denunció? —pregunto.
Al mayor de los Ortiz-Melgar se le agría el gesto, como si se emocionara o le entrara pena. Suspira y se decide a hablar.
—Supongo que entendió que nos hizo la putada del siglo.
—A ver si me entero bien: ¿ustedes intentan atacarlo con una de esas moles y él lo deja pasar?
—Señora inspect…, perdón, subinspectora. Porta nos arruinó.
—Explique su versión, por favor.
José Ortiz-Melgar nos cuenta todo el chanchullo que les hizo Armando Porta y por el que su empresa casi se va a la quiebra.
La versión difiere de la de Georgina y se aproxima más a la del informe de Delitos Económicos.
Según los Ortiz-Melgar, Porta los contrató para una megaurbanización en la sierra de Madrid y a última hora los dejó tirados, después de que les dio un adelanto, que ellos invirtieron en la compra de cinco nuevas máquinas.
La herederísima dice que el adelanto fue mayor que el que declaran los Ortiz-Melgar, y que cubría los gastos de al menos la mitad de esas máquinas.
En el informe de la UDEF solo se menciona una disputa comercial sin aclarar cantidades.
—¿Sabe lo más gracioso? —pregunta José—. Que, encima, después de aquello, Porta mandó a sus secuaces, los mismos que nos zurraron delante de los vigilantes de seguridad de Torre Spazio y que destrozaron la máquina, con un sobre que tenía dentro diez mil euros.
Olga toma notas en su móvil a velocidad de hiperespacio.
—El tío nos dio una propina porque se sentía culpable.
Como si ese dinero fuera una especie de redención y como si aceptarlo fuera por nuestra parte una forma de pedir perdón por el ataque.
¿Ustedes se hacen una idea de lo humillante que fue eso?
¿Se dan cuenta de que necesitábamos esa propina para poder comer, para que esta empresa subsistiera después de lo que nos hizo? Tuvimos que aceptar su limosna.
José, rígido, aprieta su puño derecho. Sus ojos brillan como lo hace un delantero al que no le han pitado un penalti clarísimo. Olga y yo nos volvemos a mirar. Esta vez no consigo descifrar las señales de su rostro.
—Ha muerto en extrañas circunstancias, dicen en la tele pero, por tenerlos aquí, creo que lo han matado, ¿verdad?
No sé qué decir.