El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Máquinas
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Máquinas

L a sede de la empresa de maquinaria de construcción de los Ortiz-Melgar se encuentra cerca de Villaconejos (donde los melones), en la comarca de Las Vegas del sudeste madrileño.

Los cuarenta y cinco minutos que pronostican el GPS de Olga se convierten en una hora y cuarto gracias al ingente tráfico de las circunvalaciones de la capital.

Llegamos pasadas las cinco y media de la tarde.

Una chica que parece la administrativa (o la secretaria) está cerrando la verja de la empresa MELORT Excavadoras, un acrónimo fácil de crear y que seguro usan para algún tipo de publicidad por su proximidad sonora con la palabra mejor .

Olga se baja del coche, se identifica y le pide que nos deje pasar.

La chica no se lo espera y, del susto que se lleva, le cierra la puerta en las narices a la subinspectora.

Olga pide explicaciones, y la secretaria (o administrativa) le pide, a su vez, que espere a que avise al encargado.

Saavedra resopla, y vuelve al coche reclamando nuestra presencia.

Amaya sale al instante, y yo no me voy a hacer de rogar, como con Suchowolski.

Salgo del coche, despacio, y llego hasta la verja.

Toribio también nos acompaña. Los cuatro nos miramos tensos.

Por fortuna, la espera no se prolonga más de cinco minutos. Un hombre de una edad indeterminada entre los cincuenta y los sesenta años nos recibe.

—Buenas tardes, me ha dicho Cristina que son ustedes de la policía. —El encargado nos echa una furtiva mirada. Hay tensión en su rostro.

—Buenas tardes, soy la subinspectora Saavedra de Policía Judicial. ¿Es usted uno de los  hermanos Ortiz-Melgar?

—Sí, soy José. ¿Qué pasa?

—¿Nos permite pasar?

Nos abre la valla de forma lenta. Chirría como en las películas de miedo, y José Ortiz-Melgar nos escruta mientras se abre. Cuando termina, Olga inicia su batería de preguntas.

—¿Están los cuatro hermanos?

—Mi hermano Florentino no está —dice con cierto tono de duda—. Ha tenido que irse corriendo por un asunto personal.

Olga mira en el móvil.

—¿Puedo saber cuál?

—Su hijo; no está muy bien, la verdad.

—¿Qué le ocurre? —pregunta Olga.

El hombre se toca la cabeza con dos dedos, como diciendo que el hijo de Florentino Ortiz-Melgar no está bien de la azotea. Olga mueve la cabeza, y traga saliva.

—Entonces, me confirma que podremos hablar con usted, José Ortiz-Melgar, con Laureano Ortiz-Melgar y con Hipólito Ortiz-Melgar.

José asiente, y nos invita a pasar. Nos conduce a un container que hace las veces de oficina. El camino es de tierra, y me cuesta avanzar. A lo lejos se distingue una fila de excavadoras y también de hormigoneras. El hombre nos invita a pasar a la especie de oficina y me mira extrañado.

—¿Qué le parece si lo hablamos aquí? Hace buena tarde, y no importa que esté usted de pie —sugiero antes que él objete algo.

—Por mí no hay problema, ¿llamo a mis hermanos? Están ahí, más atrás, con las máquinas.

—Empezaremos por usted —dice Olga.

Con un gesto de cabeza pido a Solís y a Toribio que vayan a husmear un rato.

La secretaria pregunta si se puede ir, y José le da el visto bueno. Cierra la verja al salir, chirría de nuevo y, cuando termina de cerrarse, da la impresión de que nos hemos quedado allí encerrados.

Olga le hace las mismas preguntas protocolarias acerca de su paradero el día del crimen de Porta y del día previo. Toma las notas pertinentes y, una vez terminadas estas cuestiones, dispara a matar:

—¿Por qué atentaron contra Armando Porta en 2010?