Menú de carretera
—¿H as encontrado algo interesante? —pregunta Olga.
—Hay un cuartucho donde hay armarios viejos y cosas del campo. He husmeado y, detrás de esos armarios, hay otro mueble que a simple vista no se ve. Aunque tiene una llave, está estropeada, y lo he podido abrir. Está vacío, pero es curioso. Mira.
Nos enseña una foto hecha con su móvil. Se ve una marca cuadrada en la madera inferior del mueble, muy parecida al cuadrado que podría dejar una caja fuerte que hubiera estado ahí un tiempo.
—No me jodas —protesto.
Amaya suspira, y Olga apunta en el móvil. Aunque eso no demuestra nada, damos por válida la versión de los hechos de Suchowolski en su conflicto con Porta, y nos largamos de allí.
Comemos en un bonito restaurante de Cadalso de los Vidrios, que nos pilla de camino. Yo me pido una sin alcohol, al igual que Solís. Toribio se toma una copa de vino y Saavedra, una botella de agua. En la comida, a base de entremeses, sopa y albóndigas, Lucas pregunta:
—¿No convendría pincharle el teléfono?
Olga me mira, y yo me encojo de hombros.
—Recursos ilimitados, ¿no, Toribio? —dice Olga.
—Claro, no perdemos nada —responde.
—Perdemos tiempo en alguien que tenga que escucharlo.
—Subinspectora, ya sé que creen su versión; sin embargo, el tipo podría hacer alguna llamada donde cuente que se han cargado a su archienemigo, y podríamos sacar algo de ahí.
Por sus gestos, a Olga le molesta que Toribio no confíe en su criterio. Ella (y yo) está convencida de que Suchowolski no tiene nada que ver. Pero yo entiendo a Lucas. Él se acoge siempre al protocolo, investigue quien investigue el caso.
—Pásale el dato a Listín —digo, y me gano una mirada reprobatoria de Olga—. Escribo ahora mismo a su señoría; no pondrá impedimentos con el antecedente de Sebastián.
De vuelta en el coche, Olga sigue clavando sus ojos en mí. La ignoro por un momento hasta que me canso y la correspondo. Parece una película del oeste. Ella defiende lo suyo y yo a mi compañero.
—¿Cuál es el problema?
—Lo que he dicho antes: que, a pesar de los recursos ilimitados en lo de la telefonía, no contamos con demasiados recursos humanos.
Toribio mira por el retrovisor y quiere decir algo, pero Solís le pone la mano sobre el hombro pidiendo que calle.
—No pienso discutir contigo esto, Olga. Por muy honesto que nos parezca este tipo, como bien dice Lucas, es posible que se vaya de la lengua y habría que saber con quién habla y qué cuenta.
Olga no insiste. Ha entendido que no va a ganar esta batalla, y es algo que nos restará energías a ambos.
Me alegro de que así sea; tomo aire, y cierro los ojos porque todavía nos queda media hora para llegar a nuestro siguiente destino.
Después de la comida, siempre necesito cerrar los ojos de quince a veinte minutos.
Puedo dormir cuatro horas por la noche; dicen que esa es la duración de un ciclo de sueño.
Y, si soy capaz de dormir un ciclo completo, al día siguiente me encuentro bien.
Pero da igual que duerma cuatro o seis horas —más me es imposible—; necesito esa pequeña siesta, si es que se puede llamar así, después de la comida.
A veces me duermo, a veces no. Cuando lo consigo, sufro una distorsión de la realidad que no sabría si calificar de sueño o de pesadilla, porque habitualmente sucede en el entorno en el que estoy.
Hoy sí sueño, y lo hago con Olga y con Toribio, que fuma un cigarrillo sentado encima del capó con ella al lado. Empiezan a besarse y a desnudarse delante de mí. Allí, sobre el capó del coche camuflado, se dan un repaso, digno de una película erótica.
Un frenazo me saca de la ensoñación.