El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) El chip
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El chip

S uchowolski nos cuenta paso por paso lo que ocurrió el día que disparó a Porta.

Y todo coincide punto por punto con la declaración que figura en su expediente.

De una forma tan exacta que tendría que haberlo escrito en un papel y llevarlo apuntado bajo la manga del brazo como si fuera una chuleta. Y han pasado diez años.

Nos da los datos de los chips de sus perros, «que uno es pobre, pero lo tiene todo en regla»; sin embargo, algo le mosquea del asunto e indaga.

—Digamos que hay rastros de un perro —contesto evitando dar más datos.

—¿Qué tipo de rastros? ¿Pelos, saliva, pisadas?

—Miro a Olga. Tengo la tentación de darle más información, pero no estoy seguro de ello y quiero que mi compañera lo apruebe.

Suchowolski se da cuenta de que algo pasa y sonríe—.

¡¿No me digan que lo ha matado un perro?

! Bueno, mejor dicho. Díganmelo y me darán una alegría.

Sería como  eso que llaman justicia poética…

—Sebastián —lo interrumpo—, le agradezco su colaboración, pero a nosotros no nos pagan por escuchar proclamas revanchistas. ¿Lo entiende, verdad? —Suchowolski calla, y sonríe.

—Digamos que se ha producido algún tipo de violencia con un perro de por medio —concede Olga—. Pero no es lo que usted piensa. Se lo garantizo.

—Bueno, a ver si los puedo ayudar. Si alguien ha usado a un perro para matar a Porta, ese perro podría haber sido un mastín, un Staffordshire o también un dogo, argentino o de Burdeos.

Todo el mundo tiene miedo a los PitBull y a los Rottweiler, y sí, te pueden liar una importante, pero influye mucho el tamaño.

A un niño, este tipo de perro sí lo puede matar.

A una persona adulta y grande —abre las manos imitando la gordura de Porta—, ya es otra cosa.

Con las tres razas que digo, hay más posibilidades.

Si te atacan el cuello y consiguen morderte la garganta…

—El hombre hace el gesto típico de rebanar el pescuezo con su dedo índice.

—¿Y dónde se puede conseguir uno de esos perros sin el chip?

—¿Sin el chip? —repite Suchowolski sin borrar la sonrisa de su cara—.

Pues, no sé ¿en Europa del este? Se pueden conseguir aquí, pero habría que dar más explicaciones, tomar más riesgos; sería más complicado.

Hace tiempo conocí a un tipo que cogía el coche, se hacía los dos mil y pico kilómetros que hay hasta Eslovenia en un día, y allí se traía a algún animal o dos.

—Pero Eslovenia no es propiamente Europa del este —protesta Olga.

—No sé, agente, esta persona de la que les hablo me contó más batallitas con gente que había ido a Ucrania, Moldavia…

—¿Y nos puedes dar el contacto de esa persona?

—Era un tipo que conocí en Soto del Real; no estuvo mucho tiempo, ni me acuerdo de su nombre. Lo siento.

Bajo la cabeza, derrotado. Rastrear una persona en Europa del este es muy complicado. Un perro es casi imposible.

Me asomo por la ventanilla y llamo a Amaya. Me despido de Sebastián, y él se ofrece a ayudarnos en cualquier cosa que necesitemos sobre comportamiento animal, «incluso con los perros policía si hace falta».

Le pedimos que esté localizable, y acepta sin problemas. Un hombre mayor en silla de ruedas sale de la casa y reclama su presencia. Los perros también acuden mansos a las caricias del anciano.  Suchowolski quiere justificarse antes de despedirse .

—Lo que declaré hace diez años es lo mismo que les he contado ahora.

Es toda la verdad: si lo hubiera querido matar, lo hubiera hecho.

Allí donde ha husmeado su compañera es donde estaba la pasta.

El desgraciado escondió una caja fuerte en mi propia casa, ¡en mi propia casa!

—dice antes de despedirse y acudir al encuentro de sus perros y de su padre.

Amaya se despide de los animales con algunas caricias y, cuando retorna al coche nos volvemos camino de Madrid.