El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Los perros
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Los perros

A bro la ventanilla del todo y me dirijo a ellos.

—Subinspectora, ¿pueden entrar al coche? Sebastián, por favor, acompáñela y siéntese en el asiento del copiloto.

Olga, extrañada, acata la orden.

Sebastián abre la puerta del copiloto, y se sienta. Olga hace lo mismo en la del conductor. Toribio y Solís nos miran a través del parabrisas, expectantes.

—Buenos días, Sebastián, soy el inspector Del Olmo, encargado…

—…del caso del asesinato de Armando Porta, ¿a que sí?

Suchowolski no puede parar de sonreír. No es correcto alegrarte de la muerte de nadie; a quien se comporta así lo invitaría a venirse un par de días al anatómico forense para hacer un tour visual de algunos cuerpos a los que les arrancaron la vida antes de tiempo.

Aunque entiendo ese sentimiento de venganza satisfecha, y espero no sentirlo nunca.

—¿Le importa que mi compañera eche un vistazo por su finca?  Solo en los alrededores, sin entrar en la casa.

—¿Se atreve? —responde Suchowolski.

Bajo la ventanilla, y llamo a Amaya.

—¿Te das una vuelta por la finca, Amaya? —pregunto—. ¿Te acompaña Lucas?

Lucas suelta un bufido, y Solís me dedica una mirada como diciendo: «¿Quién te has creído que soy?». Asiento, y Toribio niega con la cabeza: no entra ni loco. Amaya le saca la lengua y mueve los brazos en el típico gesto de llamar «gallina» a alguien. Él le devuelve una peineta.

Solís cruza la valla, y los perros se le acercan; se relaja y, cuando llegan a su altura, los acaricia. Coge un par de palos, se los tira, y empieza a jugar con ellos a medida que se adentra en la finca. Suchowolski contempla la escena, y sonríe.

—Se nota que sabe usted rodearse bien, inspector —dice.

—Gracias, Sebastián. Tengo que pedirle que, por favor, mantenga sus deducciones en secreto. Deducciones, ¿me entiende?

—¿No me va a contar nada? —protesta, y espera unos segundos antes de seguir hablando—. ¿Y por qué habría de mantenerlas, inspector?

El comisario y sus instrucciones de secretismo absoluto nos obligan a aguzar el ingenio como un lince ibérico cuando no encuentra comida en el monte y ha de salir fuera de su territorio. Me inclino un poco hacia adelante y clavo mis ojos en los suyos, o al menos en los que sus cejas me dejan ver.

—Porque estamos investigando también a su familia y, si resulta que alguno de ellos está implicado, no solo habría muerto el hombre que le jodió la vida, sino que su estirpe quedaría manchada para siempre.

Abre bien los ojos, sorprendido, y ahora percibo un color negro como un pozo tan seco que una simple lágrima de emoción llenaría.

—¿Tenemos trato?

Olga sonríe.

Suchowolski espira, y se relaja. Mira a la subinspectora, y le da el repaso visual que le daría si la viera en una discoteca.

El hombre moderado y sumiso que ha salido de la verja cinco minutos antes se transforma en alguien diferente.

Y este cambio tan palpable deja claro que, o es el próximo candidato al óscar por la mejor interpretación protagonista, o está lejos de ser la persona que buscamos.