Suchowolski
—Están bien entrenados —dice Solís sonriendo.
Por fin sale de la verja. Olga me mira, y mis ojos le piden que sea ella quien lo entreviste. «¿Y tú?». Su lenguaje corporal parece decir algo así, y el mío es un «Prefiero quedarme aquí un poquito, ahora intervengo, no te preocupes».
Mi presencia a veces intimida a las personas a las que investigamos. Resulta casi ridículo que alguien como yo imponga ese tipo de respeto y me hace pensar que en esta sociedad todavía queda mucho por aprender.
—Soy la subinspectora Saavedra, de la Policía Judicial de Madrid.
—¿Policía Judicial? —pregunta él, sorprendido —. ¡Vaya! ¿Y puedo saber qué los trae a mi casa?
El tipo parece amable. Podría decirse que ha entrenado esa faceta para caer simpático a la policía o quizá por lo que yo llamo «el síndrome de las dos tazas».
La gente que ha pasado por la cárcel tiene una mirada distinta, un gesto distinto en sus hombros, como más sumiso, como el que pide caldo y le dan dos tazas.
Toribio y Solís se sitúan en segundo plano. La subinspectora vuelve a mirarme: que por qué no salgo debe preguntarse. Prefiero observar al investigado en la distancia y, al mismo tiempo, su guarida. Olga inicia su batería de preguntas de protocolo.
—Ese día que me pregunta estuve aquí; apenas salgo ya. Mi padre está muy mal.
—Nos tiene que dar todos sus teléfonos móviles y fijos, suyos y de su padre —pide Olga.
—De acuerdo —acepta mientras saca de su bolsillo su teléfono móvil. .
El investigado se los facilita, y Olga teclea a su típica velocidad ultrarrápida en el móvil.
—¿Por qué intentó matar a Porta hace diez años?
Suchowolski inspira hondo; el gesto lúgubre y de hombros caídos que tenía antes cambia, como si le hubieran notificado que ha ganado un premio en la lotería. Se yergue, y sonríe dejando a la vista la falta de alguna pieza dental.
—Así que están aquí por eso —dice—. ¿Han matado al «hijodelagrandísima» ese? Ya me olía yo algo raro.
Es hora de tomar partida.