Llegando a Gredos
L a media hora restante del viaje la pasamos escuchando la olvidable música de los mejores éxitos actuales del pop-rock internacional que escupe una conocidísima emisora.
El que conduce es Toribio y es el que manda sobre la radio; yo me maldigo porque con las prisas se me han olvidado los cascos para escuchar la música dream de los noventa que tanto me relaja y me ayuda a pensar.
Cuando llegamos la finca, nos miramos como si fuéramos a entrar a una película de miedo.
Está en medio de un bosque de alcornoques que tienen el tronco pelado del corcho con el que es más que posible que la familia Suchowolski comercie.
El terreno está vallado de una forma un tanto dejada.
No se ven huecos en las alambradas, pero tienen más años de los recomendables para contener a las fieras que habitan en su interior: al menos tres perros de raza rottweiler o pitbull, o cualquiera de esas que nunca consigo identificar a pesar de los esfuerzos de Florencio, de la Unidad Canina, por instruirme en ello.
Sebastián Suchowolski sabe cómo proteger aquella vieja casa de campo en la que vive.
Toribio pone el luminoso en el techo para llamar la atención; deduzco que no le apetece liarse a voces con esas bestias a escasos metros, por mucha valla que haya delante.
Suchowolski no hace acto de presencia y, después de dos minutos de espera, Toribio pierde la paciencia, y da dos pitidos.
Dos pitidos que molestan a los perros y los hacen correr hasta la valla.
Una figura humana sale de la vivienda enseguida.
Llama a los perros y los tranquiliza con unas carantoñas caninas.
Lleva un pañuelo en la mano, manchado de algo que no sé reconocer; lo tira encima de una silla que tiene a la entrada de la casa y camina hacia nosotros.
Es un hombre, un tipo ancho, como si tuviera que haber llevado a su padre en brazos toda su vida y eso le hubiera hecho crecer la espalda.
Tiene el pelo rapado, pero sin signos de calvicie; es una cosa que no entenderé nunca y me hace recordar el refrán aquel de «Dios da pan a quien no tiene dientes».
Los ojos casi se los tapan dos tupidas cejas que le confieren un aspecto más siniestro del que el resto de su fisionomía aparenta.
—Buenos días, ¿qué ocurre, agentes?
Toribio y Olga salen del coche.
—Buenos días, ¿puede acercarse hasta aquí y cerrar bien la puerta? Por favor —pide Toribio.
Sebastián abre, y uno de los perros se aproxima corriendo.