El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Carlos y Víctor
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Carlos y Víctor

S oy metódico hasta la obsesión en lo que a este cuarto se refiere.

Solo tengo bajo llave el arma cuando me la llevo a casa, algo poco habitual; pero el resto de las cosas (archivos, manuales, libros…) las tengo colocadas y sé si alguien los toca.

Me fijo en un cajón, lo abro y encuentro un sobre del que, tras analizarlo, sé quién lo ha traído y también sé que han intentado abrirlo.

Vuelvo al cuarto de mis hijos y no llevo la USP Compact, porque ya es demasiado tarde para liarme a tiros; los vecinos madrugan.

—Ya sabéis que me gusta usar mucho más la razón que la fuerza —digo—. Pero, como volváis a husmear entre mis cosas, os voy a poner un trozo de la película El Lute . ¿Sabéis cuál es?

—A mí me suena —dice Víctor.

—Bien, si queréis, podéis indagar en internet la forma en la que la Guardia Civil de su época interrogaba.

Me arrepiento un poco de la amenaza, y no sé si quiero que encuentren la famosa escena en la que a Eleuterio Sánchez le atan los testículos y se los azotan con una vara.

—Y dicho esto, os diré que Matilde tiene mucha escuela, y que puede hacer cierto tipo de preguntas siempre y cuando se identifique como periodista. Y que la gente quiera contestar, claro, que eso es más difícil.

—A mí, a lo mejor, me gustaría ser periodista, como Matilde —dice Carlos.

Escucho un «cobardica» por lo bajini de la boca del hermano, y le dedico la misma mirada que los Guardias Civiles a El Lute. Él la reconoce al instante, pero sonrío a continuación.

—Sabia decisión. ¿Ha estado aquí ella esta tarde?

Los dos afirman.

Se levantan y me dan un beso de buenas noches y les digo que mañana será otro día duro —que no jodido—, que no sé si cuando llegue estarán despiertos. Protestan y se meten en la cama a soñar con esa «bonita» vida que les espera.

Voy con Sofía que, como casi siempre, lee en la cama.

—¿A qué hora ha venido Matilde?

—Después de comer. ¿Has visto lo que ha traído?

—Sí, claro que sí. ¿Y tú por qué…?

—No sé si me gusta que los niños la estén cosiendo a preguntas —me interrumpe.

—Yo tampoco sé si me gusta, pero mejor a ella que a mí, ¿no?

Sofía mueve la cabeza tan poco que tengo que imaginarme que es un asentimiento.

—¿Qué lees? —pregunto para dejar atrás el asunto.

—Lo mismo que ayer.

La miro, y no entiendo su tono borde. O sí, es el mismo de siempre que tiene algo que le reconcome pero, en lugar de decírmelo, se lo guarda hasta que estalla.

Yo no tengo muchas ganas de bronca, así que lo dejo correr.

Me meto en la cama con más esfuerzo de lo habitual y a ella parece importarle poco.

Miro su libro.

—Interesante.

No me hace ni caso. Como veo que no tiene ganas de hablar, le doy un beso de buenas noches en la cara, apago la luz de mi mesilla y me envuelvo en las sábanas, que falta me hace descansar.

—Menudo ejemplo el de El Lute… como si los niños no tuvieran ya bastante violencia…

Me incorporo, y respiro antes de contestar.

—Sofía, los niños me cotillean las cosas del trabajo, cosas que no deberían ver, y tú me echas a mí la bronca. ¿En serio? ¿Por qué no lo has guardado bajo llave?

—Quizá no deberías traer cosas del trabajo a casa .

—Pero…

—Ni peros ni nada; hoy he notado raro al niño.

—¿ A cuál de los dos?

—A Carlos. Ha salido del cole muy serio, como si hubiera tenido algún problema. Es la segunda vez que lo veo así.

—¿Y qué te ha dicho?

—Nada, si del cole apenas cuenta nada.

—¿Voy a hablar con él?

—No, ya es tarde. A ver si el señor saca un poco de tiempo para estar más con su familia.

Siento la tentación de responderle. No sé si pedir perdón porque quizá no haya estado muy afortunado con la amenaza a mis hijos.

Encuentro una justificación: no deberían haber leído o husmeado en mis cosas.

Si llegaran a abrirlo y encontrar las fotos o leer los testimonios, sería algo muy desafortunado, tanto para mis hijos como para la propia Matilde.

Respecto de la última puya sobre el tiempo que paso en casa con mi familia, prefiero ignorarlo.

Es algo que creía superado; nos hizo mucho daño en el pasado, cuando nacieron los niños y ella se las tenía que maravillar para sacarlos adelante.

Nos costó incluso ir a terapia, pero Sofía decidió enterrar el hacha de guerra porque asumió que se había enamorado, casado y tenido con un policía de Homicidios.

Sin embargo, sus palabras de hoy me demuestran que, a pesar de tenerlo superado en teoría, la práctica la tiene suspensa.