Del Olmo
L lego a casa más tarde de las ocho.
Sofía me da un beso en la mejilla y, cuando le pregunto por los niños, me responde con un «En su cuarto, con la tablet de las narices».
Los niños no usan la tablet de las narices para jugar a videojuegos, sino para ver vídeos y buscar información en internet.
También leen cómics de acción o novelas juveniles de misterio de dudosa calidad; y lo que es peor: la usan para descubrir noticias de sucesos.
Admiran y añoran a papá de forma proporcional y los dos, a pesar de tener solo diez y once años, están decididos a hacernos sufrir a su madre y a mí cuando crezcan: quieren ser policías. Aunque el mayor no lo tiene tan claro.
Juro que yo no tengo nada que ver en ello; no soy el típico padre pesado que quiere que sus hijos sigan sus pasos laborales, verter en ellos todas las metas que no pudieron conseguir y guiarlos por la senda del conocimiento supremo.
Y menos siendo todavía tan pequeños. Me gustaría que estudiaran periodismo, como hice yo, pero que se quedaran tranquilamente en la redacción, en la sección de sucesos que tanto les apasiona.
O incluso en el departamento de comunicación del Cuerpo.
Aunque todavía queda mucho tiempo, y tampoco me agobia demasiado.
Víctor, el mayor, sale al pasillo y me da un abrazo. El tío, para la edad que tiene, está fuerte como el anís porque se harta de hacer abdominales y flexiones en judo. Carlos sale después, más perezoso, más flaco pero más alto y con el pelo más revuelto. Me da otro abrazo y pregunta.
—¿Un caso jodido?
Un «niño» en forma de grito maternal sale de la cocina y llega hasta el pasillo. Yo hago el amago de darle una colleja y, lo insto a que no diga palabrotas.
—Ayer no te vimos el pelo; el poco que te queda —dice Víctor.
—Te vas a librar porque eres el primogénito y la calvicie se salta una generación.
Se ríe, y le hace una especie de corte de manga a su hermano, que le suelta un «Ya veremos quién se queda calvo antes».
—¿Habéis puesto la mesa? —pregunto.
No responden. Saben que esas tareas en casa son innegociables, y salen disparados a la cocina para llevar mantel, cubiertos y vasos al salón.
No son muchas las noches entre semana que cenamos juntos.
Me atrevería a decir que la de hoy es una excepción, y están contentos por ello.
Yo también y, por mucha palabrota que haya dicho el pequeño, no quiero hacer un drama.
Yo, a su edad, era peor y estoy convencido de que reñirlo o castigarlo no servirá para nada, porque al día siguiente, en el colegio, el Dani, o el Tito, o el Nacho ladrarán palabrotas mucho peores que esas, y mi reprimenda —y la de su madre— no habrán servido para nada.
Nos sentamos a la mesa del salón de la casa.
Un piso de tres habitaciones y dos baños de la periferia de Madrid.
Con una tele de 32 pulgadas, un sofá grande con chaise-longue y algunos cuadros con motivos marinos que mi mujer eligió hace diez años, al poco de haber dado a luz a Víctor.
En una de las estanterías tenemos una enciclopedia de las antiguas, de esas rojas con tapa dura que acumula más polvo del debido (culpa también en parte de la tablet de las narices y de «San Google»).
En otra tengo mi colección de películas de cine clásico; si algún día se produce un incendio en el edificio, será lo único material que me preocupe por rescatar.
Una cena en familia es un pequeño duelo de quién ha hecho más cosas en el colegio o en las extraescolares.
Los dos van a judo y a inglés, pero, mientras que el mayor juega al fútbol, arrastrado por la mayoría de sus compañeros de clase, el menor insiste en que tiene más personalidad, y emplea ese tiempo en leer y ver películas, otra pasión que compartimos y que me acerca más a él.
Y eso me molesta; me molesta tener un favorito, porque, si hablamos de porcentaje de amor que siento por uno y por otro, el resultado siempre será el mismo: infinito por ciento.
Pero me jode que, si me apuntaran con una pistola en la cabeza y me obligaran a elegir, a pesar de dudarlo mucho y suplicar y amenazar, elegiría que viviera Carlos.
Todo el que es padre de más de un vástago tiene un favorito, aunque jamás lo reconocería ni delante ni detrás de ellos, solo ante el espejo.
Solo si le apuntan con una 9mm en la sien.
—¿En qué caso dice este que andas ahora, papá? —pregunta Víctor.
—Ya sabes que de eso en la mesa no se habla —digo antes de que Sofía se adelante. Mi mujer los tiene rectos como palos la mayor parte del tiempo, y no es justo que, si yo estoy en casa, ella siga haciendo de poli malo.
Lo miro con un gesto falso de enfado y él entiende que antes de acostarse charlaremos un rato, pero me tendré que inventar algo o recurrir a alguna víctima pasada, porque de Porta ni pío.
Vemos una serie de aventuras y, cuando termina, los acompaño a su dormitorio.
Lo reviso todo: en el lado de Víctor, un póster de la Selección española; en el de Carlos, uno de El Imperio contrataca .
Y, en medio de ambos, uno del Sherlock Holmes de Benedict Cumberbach.
Ellos ya saben de sobra que es ficción y que es inviable un talento así (ni Olga Saavedra), pero reconozco que es divertido.
—Papá, tu amiga, la periodista… —dice Carlos.
—Matilde.
—¿Puede ir haciendo preguntas como un policía?
—¿Por qué me preguntas eso?
—No, por nada.
Miro a Víctor que, a su vez mira a su hermano con rabia, dando entender que se ha ido de la lengua.
—¿Carlos?
Él me esquiva, y se pone a deshacer la cama. Víctor se encoge de hombros.
No me gusta sacarles la información con amenazas; llegó un día en el que dejé de hacerlo.
Me apliqué mi propio estilo policial: tomarme las cosas con calma, sin presión y aplicando la lógica.
Lo contrario me aproximaría más a Insausti que a Saavedra, así que salgo de la habitación con la excusa de mear.
Me detengo en el pasillo, y escucho el bisbiseo de Víctor, sin entender nada.
Voy al pequeño cuarto que tengo de despacho; cuando estos sigan creciendo, deberemos transformarlo en otro dormitorio, y yo tendré que mudarme a la esquina de la habitación conyugal donde menos moleste.
Hay algo que no está en su sitio.