Informes y expedientes
E n mi cara se vuelve a pintar el interrogante, y la subinspectora no me da tiempo a preguntar.
—Porta y Suchowolski, según el informe de delitos económicos, eran amigos de la infancia. Porta le prestó dinero para montar un criadero de animales. Perros de raza.
Abro los ojos, mucho.
—En el expediente del juicio, se explica: le prestó una cantidad nimia para toda la fortuna de Armando.
Nueve mil euros. El abuelo de Suchowolski tenía un terreno en un pueblo de Gredos, donde se estableció cuando llegó desde Polonia allá por los años cincuenta. Un simpatizante de la SS, por lo visto.
—Por eso lo de las armas antiguas; armas nazis, ¿verdad?
—Parece obvio, claro.
—¿Todo eso lo pone en el informe?, ¿o en el expediente?
—Parte en el informe de la UDEF, parte en el expediente.
Asiento, y Olga prosigue con su explicación.
—Según el testimonio de Porta, que sí denunció, y no como con los otros.
—Los Ortiz-Melgar.
—Sí. Porta denunció que su amigo Sebastián le disparó, pero que falló, y él huyó campo a través hasta llegar al refugio de sus escoltas, que, por supuesto, intentaron dar otra paliza a Sebastián, pero este disparó al aire y llamó a sus perros. Así que ni paliza ni nada.
—Y Porta puso la denuncia a instancias de sus lacayos, que vieron herido su orgullo —pienso en voz alta.
—Eso ya no lo sé, pero es posible.
—¿Y por qué crees que no lo quiso matar?
—Porque en la declaración del propio Sebastián lo afirma.
—Claro, no va a decir que le disparó con la intención de matarlo; eso se lo diría su abogado.
—No llevó abogado al juicio; rehusó el de oficio. Se comió toda la condena sin rechistar.
Me callo, y trato de analizar la situación.
—-La verdad es que sería raro que, si pudo matarlo en su día y no lo hizo, el tal Suchowolski monte todo el cristo este ahora para cargárselo diez años después. No tiene mucho sentido.
—¿Sabes qué más declaró Sebastián? —pregunta Olga, y prosigue sin esperar mi respuesta—. Que Porta usaba el terreno donde tenía el criadero de perros para esconder dinero negro. Tienen un pequeño cuarto de aperos, donde había unos armarios que, al parecer, el empresario empleaba para algo.
—Suchowolski se cansó de que lo usara para sus chanchullos, y discutieron —comento.
—O lo hacía a espaldas de él, y lo pilló con los euros en la masa —incide Olga.
—Un poco rebuscado.
—Enseñó una caja fuerte antigua que tenían en ese cuarto de aperos de la finca y en la que quedaba un billete de quinientos euros por ahí suelto.
—¡Vamos, no me jodas!
—Por supuesto, los policías no le creyeron, y el juez menos.
Echo un vistazo al informe.
—Diez años en la cárcel dan para generar mucho odio y arrepentirse por no habérselo cargado cuando tuvo oportunidad —opino.
—Estaba demasiado cerca para fallar, según la declaración de Suchowolski.
—Sí, pero insisto: eso fue antes de los diez años en el talego .
—No sé qué decirte.
—Mañana a las siete y media en el garaje, subinspectora. Avisa a Solís y a Toribio.
—¿Por qué Solís?
—Porque me acabo de acordar de que ella tiene perro.
Olga asiente y, antes de despedirse, me toma la mano y me mira, con sus pestañas infinitas y con su sonrisa casi perfecta.
—Gracias. —Mi boca abierta y mis ojos entornados bastan para que ella me aclare el porqué de su agradecimiento—: Por lo de antes con el comisario.
—Ah, pero si ya te dije que la culpa es mía. Además, agradéceselo a Lucas, que se lo ha currado con el informe.
—Bueno, pues gracias a los dos, jefe.
Me sonríe antes de marcharse y, por primera vez en lo que llevamos juntos como compañeros, consigue que el vello de mis antebrazos se ponga de punta.