El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) La autovía del suroeste
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La autovía del suroeste

—¿P ero tú no me dices que quieres que tus hijos tiren para el periodismo y se olviden de la policía? —protesta Matilde al otro lado del teléfono.

—Pues por eso no quiero que vean cosas como las que hay en ese informe.

—Del Olmo, ahora hay un montón de True Crime en la tele y en internet. Tienen acceso a casos similares a golpe de clic.

—Pero no es lo mismo, mujer.

—¡Ay, Dios! Pasaba cerca de tu casa, y se me ocurrió que así sería mejor. Lo siento, la culpa es tuya por meterme tanta prisa.

Antes de colgarle, le doy la razón como a los tontos, y también las gracias.

Me centro en la carretera. «Autovía del suroeste» se llama ahora. La Nacional Cinco de toda la vida. Conduce Toribio, y Solís va de copiloto. Yo atrás, en mi sitio de siempre. Saavedra al lado leyendo el informe de Matilde que le acabo de entregar.

El paisaje es raro. A ratos hay urbanizaciones con extraños nombres portugueses; a ratos, centros comerciales sacados de la mente perturbada de algún megalómano; y, a ratos, campo (poco, pero lo hay).

Y gasolineras. Muchas gasolineras.

—Interesante esto —dice Olga interrumpiendo mis pensamientos.

—Cuéntame más —respondo en voz baja y pidiendo lo mismo a la subinspectora.

Toribio primero se desvía para tomar la M-507, pasado Navalcarnero y después mira por el retrovisor, como queriendo enterarse de algo. Solís va a su rollo con el móvil.

—Se entrevistó con el condenado tres días seguidos en una especie de vis a vis —dice Saavedra casi susurrando—.  ¿Le quería sacar la información de cualquier forma?

—Bueno, Maturana puede ser muy persuasiva, pero no creo que tuviera esa bala en la recámara.

—No estaba hablando de eso, que tienes la mirada más sucia que la de Insausti.

Lucas aumenta su frecuencia de cotilleo por el retrovisor.

El subinspector es un policía con el que siempre puedes contar.

Si lo llamas a las cuatro de la mañana del día de Navidad y está con sus padres en Pozoblanco, pues prepara un bocadillo y se viene para la capital.

No destaca ni por su sagacidad ni por su fuerza física ni por sus ideas brillantes.

Tampoco es un as de la persuasión, no es ni guapo, ni feo, ni alto ni bajo.

Es del montón del bueno, como él siempre dice; con su pelo rizado, su nariz pequeña, sus ojos oscuros y su boca grande.

Su arma es su simple presencia. Aunque, hablando de armas, la verdad es que tiene buena puntería; eso hay que reconocérselo.

En una ocasión, disparó a un investigado que se había liado a tiros con nosotros.

Él salió corriendo a toda leche por el Paseo de la Ermita del Santo.

Sacó su 9mm, se agachó, disparó, y el tipo cayó redondo al suelo y gimoteando como un bebé.

Toribio lo alcanzó con una bala en el gemelo.

El sospechoso juró, en español y en varios idiomas eslavos, que lo había dejado cojo y que nunca se olvidaría de él.

Toribio le puso el cañón en el otro gemelo y le pidió que lo repitiera. Se acabó la amenaza de inmediato.

—A lo que me refiero es que no le tuvo miedo a estar solas con el asesino —dice Olga.

—Eso parece el título de una película: «A solas con el asesino» —apunta Toribio con humor.

—Tú a la carretera, subinspector —digo.

Cojo el informe, y le señalo un nombre subrayado en una página .

—Inspectora, ¿quién era el cerebro de esos crímenes? —pregunta Saavedra.

—El médico.

—Entonces estamos de acuerdo en que ese médico es un tío, digamos, inofensivo…

—A ver, jefe, cuéntanos de qué va el tema del que habláis —interrumpe Toribio.

Después de suspirar y con el permiso de Olga, me decido a explicarle por encima.

—La subinspectora y yo estamos revisando casos antiguos.

—Lo que quiero decir es que la gran mayoría de los asesinos con una clara psicopatía, en el fondo, son cobardes que solo atacan a personas en inferioridad de condiciones físicas. Pero Matilde, aunque pueda saberlo, debería mostrar más respeto por un asesino —sugiere Olga.

—Se nota que conoces poco a Matilde —respondo.

—Inspector, me he tomado unas cervezas con ella —contesta Olga resignada—; eso debería bastar. Pero ilústrame.

—La Maturana tiene más mala hostia que estos dos de delante y yo juntos —comento en voz alta, y ambos se dan por enterados—. Recuerdo el día que se presentó en la brigada y le cantó las cuarenta al comisario. ¿Os acordáis?

—Vaya —dice Toribio —. ¿Pero qué os traéis con la Maturana ahora?

—La carretera, Lucas, la carretera —pido.

Recuerdo lo que pasó con risa y con amargura por igual.