El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Los primeros atentados
17%

Los primeros atentados

T oribio, intimidado por la vehemencia del comisario, tarda unos segundos en responder.

—Pedimos a Delitos Económicos de la UDEF si tenían algo contra Porta.

Alamillos lee entre bisbiseos el informe, y Toribio lo expone para todos

—Familia Ortiz-Melgar. Conflicto contra Armando Porta ocho años atrás.

Testigos afirman que se presentaron en la torre del empresario en la Castellana con una excavadora exigiendo el pago de unas deudas.

Los escoltas de Porta les dieron una buena tunda.

No consta ninguna denuncia; solo el testimonio de un par de vigilantes.

—¿Y por qué no denunciaron? —comenta Olga.

—He preguntado a un colega de la UDEF y me ha dicho, extraoficialmente, que sospecha que esa deuda formaba parte de una trama de blanqueo. Es decir, se puso como gasto algún tipo de acuerdo con la empresa de los Ortiz-Melgar, no lo pagó, y se lo quedó calentito.

Al comisario Alamillos se le tensa el gesto, no sé si porque Toribio se haya atrevido a preguntar a los de la UDEF o por la expresión.

—Subinspector… —le digo como el que riñe a un niño pequeño .

—Pues eso, que se quedó el dinero y justificó que lo había pagado.

No está confirmado porque los Ortiz-Melgar tampoco denunciaron y, cuando Delitos Económicos les fue a preguntar, negaron la mayor.

Y no se preocupe, señor Comisario, las personas con las que estamos hablando en la UDEF no van a soltar prenda, pero eso ya lo sabe usted.

El comisario le echa un vistazo por encima de las gafas de cerca como perdonándole la vida. Se mesa la perilla. No le gusta lo que lee, y menos lo que oye.

—Me preocupa más el siguiente sospechoso, señor comisario —digo.

—Sebastián Sucho...

—Sebastián Suchowolski —lo ayudo con el apellido porque se las trae—. Español, aunque parece un delantero polaco del Rayo Vallecano. —Miro a Toribio que sonríe.

El comisario abre bien los ojos cuando llega a la parte más llamativa del documento.

—Intento de asesinato con arma de fabricación antigua.

—Esto no figura en el informe de la UDEF; he mirado la ficha del tipo en penales y ha salido toda la historia. Por lo visto, era un rifle de la Segunda Guerra mundial —dice Toribio.

El Sucho , como lo apoda el subinspector, tenía una colección de armas nazis con más de setenta años de antigüedad, propiedad de su abuelo y de su padre.

—¿Por qué usaría un arma tan antigua que a saber si funciona o no? —pregunta el comisario.

—Porque un arma moderna deja rastro. Parece que este rifle no lo tenían declarado, que lo traería su familia cuando se instalaron en España allá en los sesenta —incide Olga.

La subinspectora, que también lee el informe, no puede reprimirse. Es bastante obvio, pero el comisario, desde su posición en el altar de la policía, ha olvidado algunas cosas de sus años de calle. Por ello quizá no replica.

—También tenemos los datos de su teléfono móvil: no se movió de casa en las horas del rapto y asesinato de Porta —digo .

—A ver, señores y señoras. No me basen toda la investigación en esta gallina de los huevos de oro que les he regalado; vayan a hablar con este tipo.

Ahora soy yo quien no me puedo reprimir:

—Con el debido respeto, comisario Alamillos, ¿comprende ahora los motivos para salir disparados a la guarida de Martens y meter a Patricio Porta en el calabozo?