El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) El enfado de Alamillos
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El enfado de Alamillos

E l comisario se caga en todo lo cagable. El equipo de inspecciones oculares de la Científica no ha encontrado rastros de perro, ni indicios de que en la morada de Martens haya estado alguna vez Armando Porta ni, mucho menos, de que se haya cometido un acto violento.

—Ya me están poniendo en libertad a Patricio Porta —ordena, y mira a Insausti, el oficial del grupo que suele encargarse de estos marrones, para que proceda.

De buen gusto me lo endilgaría a mí, pero no puede permitirse que mi equipo me vea realizando una tarea menor para lo que corresponde a mi rango.

Eso le desmontaría todo su castillo de naipes sobre la jerarquía que debe imperar en nuestra brigada.

A mí no me importaría hacerlo, y pedir disculpas, y bajarme los pantalones delante de Martín Porta, o incluso de Patricio Porta.

Insausti abandona el despacho presto a comerse el marrón y los demás nos quedamos esperando el resto de la reprimenda.

—¿Han mandado ya a alguien a Portugal? —pregunta el comisario.

— Listín está intentando triangular la posición de su número de teléfono —responde Olga—. De momento, confirma que el día de la desaparición de Porta y el día en el que apareció el cadáver, el móvil de Martens no estuvo por la zona.

—¿Y no podían haber hecho eso primero, subinspectora ?

Alamillos está tan molesto que se ha atrevido a levantar la voz a Olga que se traba con sus palabras/excusas.

—Comisario, sí, pero… —Alamillos no deja de clavar sus ojos en ella—… teníamos una declaración del hijo de la víctima, una declaración de culpabilidad.

—Señor comisario, asumo toda la culpa del asalto —intervengo antes de que Alamillos le conteste como se merece—.

Dejamos a Porta en el calabozo y tardamos un tiempo en organizar el asalto; tuve que averiguar la ubicación de Martens porque Patricio Porta no fue claro en sus indicaciones.

Pedí autorización a Torres para que Listín se quedara trabajando en lo de sus teléfonos.

Averiguar las posiciones del móvil lleva su tiempo.

Aunque la jueza nos lo autorice en el acto, las telefónicas tardan en facilitar los datos.

Me comenta Luis que le llegaron esta misma mañana.

—Saavedra y Del Olmo, no me traten como si fuera un novato al que hay que explicarle los procedimientos policiales. Mi queja, y deberían saberlo, se refiere a meter en el calabozo al hijo de la viuda.

El comisario está más preocupado por cubrir su culo, ante esas deidades que nos indicó el primer día, que de la investigación.

—Disculpe de nuevo, pero montamos el operativo con la esperanza de que Martens aún estuviera aquí. Urgía.

—Inspector, le digo que no me vuelva a tratar como tonto. El tal Martens, de haber tenido algo que ver realmente, se hubiera largado en cuanto tirara el cadáver al río. No me joda, inspector, no me joda.

Me quedo callado. Olga también.

Toribio sale al quite:

—Comisario, el inspector nos pasó a Solís y a mí unos posibles sospechosos que identificó Georgina Porta. Los hemos estado investigando; habría que hacerles una visita o llamarlos para que vengan.

Se acerca a la mesa del comisario, le entrega el informe, viene hacia mí y me mira con compasión; me entrega el mismo documento.

—¿Esto qué es, subinspector Toribio? —pregunta el comisario.