El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) GOE
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—¡Despejado! —grita un agente especial.

Olga y yo nos dirigimos al lugar para husmear. Lucas y Amaya entran antes y nos confirman el fracaso de la operación.

—Lo único que hay aquí son ropas de cama viejas y cacharros en la cocina.

—Y un poco de porno. —Lucas agita unas revistas en el aire

—Por favor, ¿quién usa revistas porno en el siglo XXI? —protesta Amaya

—Un romántico —replica Toribio hojeando las revistas.

Reprimo mi risa por el sarcástico comentario del subinspector. Doy una vuelta por los alrededores con Saavedra. Hay un rudimentario techado donde se supone que aparcan los todoterrenos con los que Martens hace funcionar su negocio. Un equipo de inspecciones oculares lo peina todo.

—El tal Martens cogió el dinero, y voló —dice Olga—. El disgusto que se va a llevar el pobre Patricio…

—¿Y eso? —replico.

—Cuando se entere de que puede ir a la cárcel siendo inocente.

—¿Por qué inocente? El tipo ha huido. Parece más que culpable.

—Inspector, no se haga el tonto .

Olga no me mira. La compenetración, a veces, es tal que le molesta que le formule preguntas que ya sé.

—Pero quiero que me lo digas con tus palabritas para que se lo traslade a Alamillos. Si las malas noticias vienen de ti siempre lo asume mejor.

Esta vez sí me mira y resopla con aire indignado.

—¿Tú ves restos de que aquí haya vivido un perro? Comedero, cadenas, caseta…

—Se lo pueden haber llevado.

—No huele a perro en la casa.

—Pueden ser muy limpios.

—No me jodas, Del Olmo.

—Subinspectora, ya le digo que necesito algo convincente para el comisario. Hemos metido en el calabozo al hijo de Porta. No podemos decirle que ha sido un error menos de doce horas después.

—Pero es que no es un error nuestro. Es de él…

—Lo que sea; la viuda de Porta va a llamar a Dios y se la va a montar al director general y el director general se la va a montar al comisario jefe y el comisario jefe se la va a montar al nuestro…

Voy a avisar a los de la Científica para que hagan una inspección ocular en condiciones antes de dar por hecho que aquí no había perro ni…

Olga se aleja mientras teclea algo en el móvil y me deja con la palabra en la boca. No tarda demasiado. Vuelve, y me enseña su pantalla. Veo una foto de la empresa de Martens. Desliza el dedo y veo otra. Y otra más.

—¿Qué pasa?

—Ni un perro en sus redes sociales. Es imposible que este tío haya usado un perro para atacar a los escoltas de Porta. Patricio lo contrató para darle el susto con el 4x4, y Martens fue el que se asustó. Pilló buena pasta, suficiente para tirar una temporadita y largarse a Portugal.

—Necesito algo más, no suposiciones tuyas, que, por muy buenas que sean, no me bastan con el comisario. Como te digo, voy a avisar a criminalística; espero que no hayamos contaminado mucho la escena.

—Que sí, llama a los científicos —responde seca—. He mandado un mensaje a Listín para que rastree las posiciones de los números conocidos de Martens. Habla con la jueza para que lo autorice, por favor. Cuando tengamos los datos, se los restriegas a Alamillos por su perilla.

Consigue sacarme una sonrisa.

—Cuando lo localicemos, mandamos a alguna patrulla a seguirlo para interrogarlo. Te apuesto lo que quieras a que el tipo nos enseña el fajo de billetes con los cuarenta mil que le dio Patricio y se pone a llorar pidiendo perdón.

—¿Por qué dices cuarenta mil? Patricio dijo cincuenta.

—Porque se habrá pulido una parte para intentar tapar su huida. Matrículas falsas, deudas aquí…

Sonrío. Todo parece fácil a su lado. Lo malo es que al comisario no le va a hacer ninguna gracia. Y no sé qué va a pasar con el menor de los Porta Soriano.

—¿Y Patricio?

—No tenemos nada, a no ser que…

La miro. Sé de sobra cuándo su cerebrito está maquinando.

—Termina, mujer, que pareces una novela mala cuando te quedas así.

—Eres muy quisquilloso, Del Olmo.

—No, solo que estoy jodido porque no sé para dónde tirar. Todo esto lo podías haber dicho anoche.

—¿Hubiera servido de algo?

Me quedo callado unos segundos.

—Vale, seguramente debimos meditar más la incursión.  Pero me da rabia que ahora te quedes ahí en plan Sherlock esperando a que alguien te haga un primer plano.

—Madre mía, ¡cómo nos hemos levantado hoy!

—¿Lo sueltas o no?

—La marca.

—¿Qué marca?

—El círculo del pecho. ¿Cuál va a ser?

—La firma .

Ella asiente.

—Solo nos queda esperar, entonces, ¿verdad, subinspectora?

Pero la subinspectora se ha alejado un poco y patea los rastrojos que hay en el suelo mientras camina con la cabeza gacha.

Odio y amo por igual el talento de mi compañera.

Lo amo porque nos ayuda a resolver casos.

Lo odio porque sé lo que nos espera si no se equivoca.

Y no suele hacerlo.