El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) El 4x4
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El 4x4

E l lugar es lúgubre.

La primavera acaba de despuntar y el ambiente tiene un tono otoñal, como si las estaciones compitieran por el favor del cielo.

Todavía no ha amanecido del todo. La luz escasea.

La temperatura rondará los diez grados, demasiados para la época en la que estamos.

Si no fuera porque en el suelo no hay hojas caídas, podría tratarse de octubre en lugar de finales de marzo.

La finca no es demasiado grande, y solo hay una destartalada casa en el centro.

No hay perros, o al menos no se escuchan ladridos.

No sale humo de la chimenea; pero sí hay huellas de neumáticos recientes en el acceso.

Olga cree que hay algo que está mal. Sus movimientos de labios, de un lado a otro de sus mejillas, así lo demuestran.

Vamos a detener a un sospechoso cuyo nombre nos ha facilitado el menor de los hermanos.

Patricio Porta se ha derrumbado en la toma de declaración.

En mis más de veinte años de carrera sitúo su derrumbe en el top cinco de los más fáciles de conseguir.

La discusión con su padre y el viaje a Mykonos derrotaron al menor de los hermanos Porta (eso fue lo que él dijo).

Georgina y Martín no se podían creer que su Patricio, que había entrado solo a declarar ante la policía, saliera esposado de la salita de entrevistas.

Y no eran las esposas lo que más le pesaba a Patricio, sino la culpa, que se le adosaba al pecho como un lastre de inmersión submarina .

Georgina intentó evitar que nos lo lleváramos arrestado; nos señaló en la lista dos nombres sobre los que albergaba serias sospechas.

—Pero no puede ser —decía—. Tienen que investigar a estas personas. Especialmente a esta.

Georgina nos señaló en el papel un nombre que no pude distinguir en ese momento.

Martín estaba fuera de sus cabales; su actitud se había tornado demasiado violenta, por lo que varios compañeros llegaron para intentar calmar los ánimos.

El mediano de los Porta tenía sus iracundos ojos posados sobre mí, tanto que sentía sus ganas de golpearme.

Le dije a Georgina que nos encargaríamos de investigar esa línea, que nos parecía muy interesante, pero que en ese momento debíamos ocuparnos de su hermano.

Le pedí a Solís que se encargara, y ella trató de calmarla.

Patricio nos contó todo sobre la discusión con su padre, un padre conservador y ultracatólico al que le fue difícil de asimilar que uno de sus vástagos fuera homosexual.

No se conformó con dilapidar ingentes cantidades de la fortuna de Porta durante su semana en Mykonos, sino que, antes de irse, le dejó un encarguito a «un amigo de un amigo».

Paulo Martens, portugués, treinta y tantos años, sobrevive con una empresa de excursiones en 4x4, y también gracias a un poco de contrabando entre España y Portugal. Tiene antecedentes por eso, y lo tenemos fichado. Acepta cualquier tipo de encargos, sobre todo si están bien pagados.

La idea era —como insistió Patricio decenas de veces— en darle un susto. Sabían que los escoltas no dejarían acercarse a nadie sospechoso a menos de un metro. Así, el susto consistía en embestir su berlina blindada hasta echarlo fuera de la carretera.

«Le pagué dos coches porque me dijo que con uno podría no ser suficiente. Cincuenta mil euros; por supuesto, también eran de mi padre».

Resulta paradójico que el sicario que intente matarte lo haga sufragado con tu propio dinero. Si el señor Porta levantara la cabeza y se enterara de los planes de su hijo pequeño, la volvería a dejar caer del disgusto.

Por ello, y en acuerdo con el comisario Alamillos, organizo un dispositivo para asaltar la vivienda y negocio del tal Martens, que resultan estar en el mismo sitio.

Olga y yo aguardamos en la retaguardia. Dentro del coche.

Yo ya no estoy para estos trotes, como le dije a mi mujer acerca de las infidelidades.

Algo que repetí a Olga las primeras veces que teníamos que montar un operativo y nos quedábamos en la retaguardia.

También me lo repito a mí mismo delante del espejo.

El Grupo de Operaciones Especiales accede a la finca, y nosotros esperamos, tensos, el resultado de la incursión.