El hijo pequeño
C uando Georgina sale, Martín quiere que entren juntos. Lo impedimos porque queremos a Patricio solito para nosotros. Protesta, mucho, pero tiene que conformarse. Insausti usa su presencia física para intimidarlo.
El menor de los Porta medirá alrededor del metro ochenta, pero no pesará más de setenta kilos.
No debe comer ni dormir muy bien por el aspecto de sus ojeras.
Lleva el pelo revuelto y, a pesar de vestir de Armani, no aparenta demasiado buen gusto para elegir sus prendas. Aunque a lo mejor es por el cansancio.
Es el más pequeño de los tres y el que podría considerarse como la oveja descarriada.
Nunca le interesaron los negocios de la familia más que para poner la mano al estilo egipcio y llevarse su dinero fresco.
La madre siempre ha asegurado que tiene sus inversiones y que no es ninguna oveja negra.
¿Qué va a decir una madre de su hijo? Al menos en público.
—Lamento su pérdida —le digo—. La primera pregunta que tengo que hacerle es si puedo tutearlo, Patricio.
Él asiente y trata de encontrar un lugar donde posar su mirada que no sean sus propios zapatos.
Los pósteres de la sala tienen una doble intención: aparte de la decorativa, está la de comprobar en cuáles se fijan más las personas que entrevistamos.
Es idea mía. Los gustos de las personas suelen decir cosas de su personalidad.
Cuando Olga llegó a nuestra sección, dio su visto bueno, y eso ya me bastaba para sentirme bien por la decisión.
Si Georgina se fija en el póster de la Capilla Sixtina, Patricio se fija mucho en el Gernika y en el cartel de El resplandor . Olga se da cuenta, y lo anota. La subinspectora le expone lo mismo que a sus dos hermanos acerca de la toma de declaración y le pregunta si da su visto bueno:
—¿Estás de acuerdo?
Él tarda en responder.
—¿Patricio?
—Sí, disculpen, estoy un poco… —Hace un gesto con su mano indicando un más que probable dolor de cabeza.
—Repito la pregunta que te ha hecho mi compañera: ¿estás de acuerdo en que grabemos esta entrevista en formato audio?
—Sí, sin problema —responde por fin mientras se centra en el Gernika.
—La primera pregunta de verdad que tengo que hacerte es dónde has estado estos días de viaje. Tu madre no ha sabido decírnoslo.
—¿Es totalmente necesario que responda?
—Podríamos averiguarlo preguntando a las compañías aéreas, pero nos llevaría más trabajo y no dice cosas buenas de ti que trates de ocultar información a la policía. Información que necesitamos para esclarecer la muerte de tu padre.
—¿La muerte?, dirá asesinato —El tono de Patricio demuestra su nerviosismo. Ha pasado a tomar una postura a la defensiva, y esto ya es un indicio a tener en cuenta.
—No queremos ser bruscos, y las palabras, a veces, pueden serlo —me excuso.
Olga toma la iniciativa. La subinspectora Saavedra es de esas personas que te intimida cuando te mira; si es necesario, se pondrá de pie para que su casi metro noventa obligue al interrogado a doblar el cuello hacia arriba y notar que está en posición de inferioridad.
—Patricio, no estás acusado de nada; eso va por delante. Si tienes alguna duda, puedes llamar a tu abogado e incluso hacerlo venir. Esperaremos a que llegue. Pero nadie quiere eso en esta sala. Insisto en que no estás aquí en condición de investigado .
La palabra «abogado» parece retumbar en la cabeza del pequeño de los Porta. Se ha llevado las manos a la cara y, cuando las quita, su mirada se pierde. Los ojos de Patricio viajan desde el Gernika hasta El resplandor .
—He estado en… —duda—… Mykonos, en Grecia.
Olga tarda en apuntarlo en su móvil el mismo tiempo que Patricio tarda en avergonzarse.
—¿Puede ser más concreto, Patricio?
Él se remueve en su silla.
—Bueno, he estado en lugares… que, a un padre conservador, arcaico y convencido de lo que llaman la familia tradicional, no le gustarían demasiado.
Qué manía con sentir vergüenza por ser homosexual… con lo feliz que pueden ser las personas amando a quienes quieran.
—Entiendo —dice ella—. No te preocupes. Esta información no va a trascender. Pero sí necesitamos saber si fuiste con alguien que pueda corroborarlo.
Patricio mueve las piernas hacia arriba y hacia abajo, se frota las manos y sus ojos se mueven de un lado a otro.
—Yo no tengo nada que ver con la muerte de mi padre; se lo juro.
—Nadie ha dicho eso, Patricio; solo estamos hablando —contesta Olga.
Está muy incómodo, no solo en el plano psicológico, sino físico. La silla es fría y dura a propósito, y él no para de moverse. Las casi dos horas de espera parecen dar sus frutos: el joven está medio quebrado.
—Como les he dicho, mi padre era un tío muy antiguo aunque, bueno, ustedes eso ya lo sabrán.
Se enteró, se enteró hace un par de semanas.
Y, después de escuchar sus barbaridades, compré un billete para Mykonos con su propio dinero.
Con su propia tarjeta. Y me gasté su dinero.
Y me lo pasé como en mi vida. Pero les juro que yo no...
Patricio se echa a llorar, y paro de grabar. Lo dejamos que se desahogue. Esto es inesperado; nada nos hacía tener una duda razonable sobre él a pesar de ese viaje sin planificar. Olga me manda un mensaje al móvil.
«Dale caña, que no se nos escape; si no, lo haré yo».
Me toco la cabeza, estiro de mi chaqueta hacia abajo, y tomo aire. Es un pequeño ritual antes de empezar una conversación importante.
—Patricio, si hay alguien que corrobore tu viaje a Mykonos, o si nos facilitas el acceso a tu móvil ahora mismo para verificar que estuviste allí y para ver tus llamadas, no tendrás por qué preocuparte.
Patricio llora con más fuerza; parece que se va a ahogar. Le pedimos calma, le ofrecemos un vaso de agua. Repite en voz baja que él no es el culpable de nada, que la culpa la tiene su padre por «ser tan machista, tan homófobo y tan hijo de puta».
Olga, por sus miradas y por su lenguaje no verbal, se impacienta, y hace que yo me impaciente. Le doy de nuevo a grabar.
—Patricio, si no me das algo, voy a tener que...
—Solo era un susto. Solo quería darle un susto.