El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) La hija
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La hija

D espués de unos segundos de duda, la mujer se decide a hablar.

—Inspector, me está pidiendo algo muy complejo…—comenta nerviosa—. Mi padre tiene muchas empresas con muchas cuentas bancarias. Eso requeriría una auditoría gigantesca, y no creo que sea relevante para el caso. Sinceramente.

Olga y yo nos miramos. Puede que tenga razón, pero también es posible que trate de ocultar algo en todo el entramado financiero de los Porta.

—¿Podría decirme al menos si conoce la existencia de alguna cuenta… de algún dinero  —me cuesta pronunciarlo—… opaco?

Ella se incorpora en el asiento, arruga la boca y abre bien los ojos. Se le nota la ofensa en la mirada.

—Hasta donde yo sé, no. Si quieren tirar por ahí, deberían quizá hacernos una investigación económica exhaustiva, que, ya le digo yo, no serviría para aclarar nada de la muerte de mi padre.

—Entiendo. —Saco el informe de la UDEF de una carpeta marrón y se lo enseño—. ¿Podría decirme si conoce a estas personas?

Georgina mira el folio, y abre, aún más, los ojos.

—Sí, claro que las conozco, al menos, a varios.

—Son personas que han tenido algún tipo de relación comercial con su padre y que debemos descartar.

El término «relación comercial» es un eufemismo para expresar que han tenido negocios que no llegaron a buen puerto con Porta.

De la lista de más de cien personas que nos ha pasado la UDEF, hemos conseguido dejarla en treinta y tres.

Los descartes se han basado en lugar del domicilio, edad y tiempo del final de las relaciones comerciales.

De las que nos hemos quedado vamos a solicitar a la jueza el rastreo de las posiciones de sus móviles, pero antes quiero tantear a Georgina.

—¿Y? —pregunta.

—Necesito que lea los nombres con calma y me diga si alguna de esas personas podría tener serios motivos para atacar a su padre.

La empresaria resopla; parece que no le gusta la situación en la que la estamos poniendo.

—Esto me llevaría un tiempo, no sé… tengo que mirar mi ordenador, hacer algunas llamadas…

—No tenemos prisa. Céntrese en los trece que hemos marcado en negrita primero y luego siga con el resto.

—¿No podría marcharme para hacerlo en casa y que pasen ya mis hermanos? Necesito tiempo. A Martín le va a dar algo, y Patricio no se encuentra muy bien.

Olga y yo nos dedicamos una de esas miradas en las que parece que nos comunicamos por telepatía. La propia Georgina ha pedido lo que estábamos deseando. Ha visto algo en la lista que le llama la atención, y estamos seguros de que hará sus comprobaciones.

—Preferimos que lo haga aquí; podemos facilitarle un ordenador portátil con conexión a internet, si lo desea —interviene Olga.

—No será necesario; tengo la tablet en el bolso. Está bien, me quedo e intento ayudarlos mientras hablan con Patricio y con Martín.

Asentimos y la invitamos a salir de nuevo al pasillo. Olga la acompaña, pero, en vez de llevarla con sus hermanos, quiere conducirla al mejor lugar para observarla. La idea es ponerla a comprobar dicha lista debajo de una hermosa cámara de seguridad.