El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Los hijos
12%

Los hijos

G eorgina, Martín y Patricio.

No es que sean nombres muy comunes, pero tampoco de los más rebuscados.

Georgina Porta Soriano, Martín Porta Soriano y Patricio Porta Soriano esperan sentados a que los entrevistemos.

Lo haremos en la sala informal; informal porque es la sala en la que se lidia con los familiares y testigos, digamos, suaves.

No es como la de las películas, con un gran ventanal desde el que se controla y se graba todo; esa la tenemos en otro lugar de la brigada.

Esta es más bien como una salita de espera de un hospital.

Más funcional si cabe, porque cuenta con un pequeño sofá, con un par de mesas, una máquina de vending y una cafetera.

La tenemos adornada con pósteres: uno de El resplandor , otro del Gernika, uno de la Capilla Sixtina y otro de Serpico .

Solemos usarla como sala de recreo y para estas tomas de declaraciones, en que, si bien son oficiales, las personas no están acusadas de nada.

Los tres nos esperan en un pasillo y, cuando nos reunimos con ellos, Martín protesta por la tardanza. Al final, los hemos hecho esperar una hora y media.

—Lo lamento, señor Porta, pero había una serie de asuntos que mi compañera y yo debíamos aclarar antes de proceder a tomarles declaración.

—¿Qué asuntos? —pregunta él, altivo.

—Si me lo permite, se lo contaré todo cuando nos entrevistemos con usted.

—Georgina, ¿nos acompaña? —Olga sonríe, pero ni de lejos es correspondida por la herederísima .

Me despido de los dos hermanos diciéndoles que solo serán unos minutos más de espera.

Cuando entramos en la sala, le ofrecemos café, pero ella rehúsa.

—Me he tomado dos ahí fuera mientras ustedes atendían sus asuntos.

—Una vez más, le pido disculpas —Uso mi mejor sonrisa y Olga le explica el procedimiento.

—¿Nos permite que la tuteemos? —pregunta mi compañera.

Georgina es una mujer que ya no va a cumplir los cuarenta años.

No es madre ni nunca lo será, según cuentan.

Entrena en el gimnasio de su mansión todos los días, o al menos cinco  por semana.

Por lo que indican las revistas del corazón, es vegana o algo parecido.

¿El resultado?: ni una gota de grasa en su metro setenta de estatura.

Por no hablar del cutis, tallado a base de cremas, porque es evidente que no ha pasado por quirófano para estirárselo.

Una media melena morena con flequillo a lo Uma Thurman en Pulp Fiction , y unos oscuros ojos verdes completan su atractivo estilo.

—Por supuesto, inspectora —contesta con un ligero retintín, como si la pregunta sobrara.

—Subinspectora —Olga se permite la modestia en un claro intento de mostrarse simpática y yo le sigo el juego.

—Aquí la señorita Saavedra, que es demasiado humilde. Ya le digo yo que en menos de un año me tiene a mí al cargo.

—Disculpen que les interrumpa su diálogo de policías, pero no tengo ni tiempo ni ganas de conocer sus intimidades. ¿ Podemos empezar? Mis hermanos y yo tenemos muchos asuntos que atender.

Le pido disculpas algo avergonzado, y le exponemos la siguiente parte de la toma de declaración.

—Soy la subinspectora Olga Saavedra, y debo informarte de que esta conversación será grabada en formato audio. Es una entrevista en relación con el homicidio de Armando Porta.

Georgina mira hacia arriba y se encuentra con el póster de la Capilla Sixtina.

¿Creerá en ese cielo al que, en teoría, habrá ido el alma de su padre?

Asiente, y Olga le hace las primeras preguntas protocolarias acerca de su paradero durante las horas en las que, estimamos, han secuestrado y matado a Armando Porta.

La subinspectora toma notas en su móvil.

—Señora Porta, hemos preguntado a su madre acerca de las cuentas de su marido y nos ha remitido a usted —digo—. ¿Tendría algún problema en facilitarnos todo lo que le requiramos?

La hija se queda con la boca abierta sin saber qué decir.