Informes y estrategias
I mportante, y demasiado extenso.
Hay más de ciento cincuenta candidatos a asesinar a Porta. Empresarios, autónomos, empresarias… Encargo a Solís, Insausti y Pleite que se encarguen de hacer averiguaciones, entrevistas y llamadas de teléfono.
Decido que primero empezaremos por los que hay en el informe de la UDEF y seguiremos por los que nos ha facilitado la viuda.
Por su parte, Listín tiene una tarea importante: procesar todos los números en la zona de la desaparición del empresario, otra labor faraónica propia de la forma difícil de resolver un caso.
—¿Del perro se averiguó algo más? —pregunto a Solís antes de que se marche.
—Nada, jefe. Hemos llamado a todos los criaderos y protectoras de Madrid y ninguno sabe nada. Podemos ampliar la búsqueda al resto de España, pero…
—No tiene sentido —interrumpe Olga—; si alguno ha cometido la irregularidad de entregar un perro sin chip no lo van a decir. Y menos después de que el perro mate a una persona.
—¿Se comprobó que no se lo arrancaron? —digo.
—Comprobado: el animal estuvo sin chip toda la vida, según los veterinarios —insiste Solís.
—Eso es que se pudo criar en el campo —dice Olga.
—¿Por qué? —pregunto.
—Porque un perro de ciudad pasa menos desapercibido —contesta Solís—; yo al mío lo llevo rigurosamente al veterinario.
—¿Ningún resto biológico sobre el animal?
—Nada, y mira que lo han analizado a fondo los de la Científica —indica de nuevo Olga.
—Joder, mira que hemos visto mierda aquí, jefe, pero usar a un pobre animal para matar…
La policía Solís, gran amante de los animales, tuerce la boca y tensa los puños.
Eso le otorga un aire todavía más amenazante.
Es una mujer fuerte, y no solo en el plano físico.
Tiene el pelo corto, pelirrojo y una nariz más aguileña que lo que le gustaría (a veces comenta que se quiere operar).
Yo opino que perdería parte de su encanto si comete esa atrocidad.
—Amaya, avisa a la unidad canina para que vengan en cuanto puedan. A ver si se digna su inspector jefe.
Ella asiente, y se marcha.
—¿Quién va a llevar la voz principal en el interrogatorio? —pregunta Olga.
—Es solo una entrevista.
Suelta un leve bufido. Ella quiere que metamos a los hijos en la sala de interrogatorios, pero yo no estoy de acuerdo. Ni yo, ni el comisario.
—Tenemos que llevar esto de la forma más inteligente posible. No nos conviene echarnos a la familia encima.
Olga abre la boca con la intención de protestar, pero nos interrumpe una llamada telefónica. Los hijos de la víctima han llegado y aguardan en el pasillo a que les tomemos declaración. Informo a Olga, quien impone sus condiciones.
—Media hora mínimo de espera.
—¿Por quién empezamos?
—Por la mayor.
—Entiendo que quieres dejar al viajero para el último .
Olga asiente. Es una convencida de que un interrogatorio bien hecho puede salvar horas de investigación, e incluso resolver el caso nada más empezar. Pero esto no es un interrogatorio al uso, y prefiero llevarlo yo con la máxima cautela.
—Insisto en que no debemos hacerlos sentir atacados. Ni una sola presión. Ni una insinuación de culpabilidad. Tan solo hechos, coartadas y que nos dejen investigar en las tripas de sus aifons , si es posible.
Olga se da por satisfecha y se pone a apuntar cosas en su móvil.
Yo le echo un nuevo vistazo al informe de la UDEF, y se me ocurre una idea. Aviso a todos los compañeros que dejen de trabajar y que se vengan a mi despacho.