El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) La periodista
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La periodista

M atilde Maturana tiene los mejores cuarenta y tantos años que yo haya presenciado en mi vida.

El estúpido apodo de madurita sexi se queda corto cuando la veo deslizarse con sus perennes tacones y con sus escotes de corsé (en sentido figurado). En la redacción de su periódico, despierta pulsiones de todo tipo entre sus compañeros, superiores, e incluso compañeras.

Mi mujer, cuando por fin la conoció en una entrega de premios al mérito policial, dijo que entendería si algún día le soy infiel con ella.

Que lo entendería, pero que me tendría que ir de casa.

No todos íbamos a ser como aquel portero del Real Madrid al que su mujer le permitía una infidelidad al año.

«Querida, yo ya no estoy para esos trotes», dije.

«Tu trote es suficiente para mí», aclaró.

Me dio un beso en la mejilla y un apretón fuerte en el dedo meñique. Como la que marca territorio.

Olga y yo quedamos a comer con ella en una tasca de Malasaña, de las que nos gustan a los dos, con una pequeña terraza y con una carta rica en bocatas y raciones. Cuando llega la Maturana, tan abundante y apretada, prefiero sacarle algo de información antes que la ropa.

—¿Cómo estáis, maderos míos? Y el calor que hace para estar en marzo… no me fastidies —dice Matilde, abanicándose con las manos.

—Ya sabes, amiga: el cambio climático —respondo .

Da dos besos a Olga, después pone su mejilla derecha sobre mi mejilla izquierda, en ese amago de beso casto que lleva dándome años. Su perfume es ineludible: DKNY. Lo conozco porque le regalé un bote por su cumpleaños, hace tiempo, y le gustó tanto que lo usa desde entonces. Todo un privilegio.

—Matilde, esta es una reunión informal. Y supongo que sabrás su motivo —le explico.

—Del Olmo, me conoces de sobra.

—Bien, te ruego, entonces, que dejes de pedir información sobre Porta y que dejes de mandar a tus secuaces a la comisaría y a la casa de la viuda.

—No seas grosero; «secuaces» dices. Pero si ya no estoy en Sucesos.

—Quién tuvo retuvo, querida —digo—. Y no me creo que no te interese nada.

Ella sonríe.

—¿No vas a soltar prenda? —pregunta.

—Señorita Maturana, como dice Toribio: tengo el culo pelao . Y tú también. Y sabes que siempre has sido la primera a la que le paso la información que puedo pasar, e incluso la que no debería haberte pasado nunca.

Ella levanta las palmas de las manos hacia arriba, suspira y pone su mejor cara de niña buena.

—El pez es demasiado gordo, ¿verdad?

—¿No es obvio? —respondo.

—No deberíamos ni hablar contigo, Matilde —interviene Olga—, pero te queremos comentar una cosa:¿recuerdas el caso de La silla?

—¿¡Cómo olvidarlo!? Tu debut, por todo lo alto.

—Entrevistaste al oftalmólogo, ¿verdad? —pregunta Olga.

—Claro, aquí tu amigo ya lo sabe. ¿Qué quieres, Del Olmo?

—Necesitamos esa entrevista transcrita, Matilde —le pido.

Me mira asombrada, sin entender nada.

—¿Nos la puedes facilitar o no? —insiste la subinspectora.

—¿Y qué gano yo?

—Seguir siendo mi periodista favorita —respondo sonriendo

—Y la única mía —añade Olga

Matilde sonríe.

—Veré qué puedo hacer. Me gané una buena por aquello.

El caso VERTE también se conoció como El Caso de la Silla.

Se descubrió que, sobre la famosa silla donde se perpetraban los crímenes, los dos implicados del caso habían tenido relaciones sexuales.

Rui Ortega —nombre del médico—, el asesino, ejecutaba; Salvador Valle, el óptico, azuzaba al oftalmólogo, y no solo con palabras.

No podemos entrevistarnos con Valle ni con Ortega, así que esa entrevista que Matilde hizo en su momento nos puede servir de mucho.

Olga, entre otras cosas, presume de ser especialista en perfiles criminales.

Tiene cursos, másteres y si existiera, tendría una beca en Harvard sobre perfil criminal.

Tanto que tengo miedo de que un día me la fichen de la UAC, la unidad de Análisis de la Conducta.

Los mindhunters españoles. Estudiar crímenes violentos del pasado puede ayudar a resolver crímenes violentos del presente.

—Es muy importante, Matilde. —Olga le coge la mano, y se rebaja tanto ante ella que me da hasta grima.

En la brigada hay quien comenta que es lesbiana; otros compañeros afirman que no. Entre ellos, Insausti, que dice que la ha pillado fijándose en su paquete; yo prefiero no meterme en ese charco del que puedo salir embarrado. Porque Insausti es mucho Insausti, a pesar de que sea un poco cafre.

—Ay, cariño, si me lo pides con esos ojitos de mochuela en lugar de los que siempre tienes, tendré que hacerlo.

—¿Y cuáles son esos ojos que siempre tengo?

—Pregúntale aquí a tu amigo —responde Matilde señalándome.

Yo pongo cara de no entender de nada, y le agradezco a la Maturana su buena voluntad.

Según el resumen que Matilde nos hizo en su día, la entrevista recoge testimonios macabros de los crímenes.

Con tanto detalle que harían vomitar a una cabra, como diría Rambo.

Y su periódico dijo que para sensacionalismos ya existían otros medios, que aquello no tocaría ni la sección de contactos de sus publicaciones.

Después de comernos tres bocadillos de calamares, uno par cabeza, escoltamos a Matilde hasta su coche.

—Del Olmito, la semana que viene hay un ciclo de Orson Welles en la filmoteca. ¿Te apuntas?

—Si puedo, ya sabes que sí —acepto sonriendo.

Uno de los pequeños placeres que me regala la vida es mi afición por el cine, y, sobre todo, poder compartirlo con mi amiga.

—Aunque también podrías ir aquí con la subinspectora, que hacéis muy buena parejita —Matilde me toca un poco la moral y salto:

—No digas tonterías, Maturana.

—Ay, chico, no seas carca. «Lof is in di er».

—Anda, tira —sentencio.

Menos mal que Olga no parece darle importancia, porque no me gustaría que se pensara que yo he hablado con Matilde de ella y de ese posible «love» que acaba de mencionar. Por fin se mete en el coche y me quedo viendo su cara por el espejo retrovisor hasta que escapa de mi visión.

Me marcho de allí con Olga; ambos sabemos cuál es el siguiente paso en la investigación.