La viuda
L a entrada principal de la casa de Armando Porta está llena de periodistas. Por ello nos dirigimos a una de las puertas traseras de la mansión a la que accedemos a través de una valla que nos abre un vigilante de seguridad de los que llevan pistola. Como los guardaespaldas de Porta.
Una vez dentro del recinto nos quedamos maravillados porque parece un pequeño trozo de bosque sacado de la misma sierra y puesto en una urbanización de las afueras de Madrid.
Árboles enormes, un pequeño arroyo (no sé si artificial o natural) y una especie de museo al aire libre de estatuas de piedra que no tengo tiempo de curiosear.
Salimos de nuestro asombro, y llegamos a una puerta donde una especie de mayordomo nos pide que esperemos.
A los cinco minutos, la señora Nuria Soriano, viuda de Armando Porta, abre la puerta y arruga el gesto como si fuéramos dos vendedores de enciclopedias.
Nos guía hasta una sala que parece una biblioteca.
Una estantería gigantesca al fondo, dos más pequeñas en los laterales y un par de escritorios así lo atestiguan.
También tiene una barra de bar para aderezar las lecturas con algún escocés o espumoso de los que no bajan de trescientos euros la botella.
—Señora Soriano, no sé si me recordará del reconocimiento en el Anatómico forense —digo.
Ella solo asiente .
—En aquel momento no quisimos molestarla, pero ahora se nos hace necesario que conteste a una serie de preguntas.
—Claro, sí.
Apoya los codos en el escritorio, y posa la cabeza sobre sus manos.
En dos días se ha echado dos décadas a las espaldas.
Una mujer que no llega a los sesenta ahora parece una anciana decrépita: sus bolsas de ojeras casi rozan las comisuras de sus labios.
Está despeinada y lleva puesto un chándal holgado que no deja apreciar las curvas que en su día encandilaron a uno de los empresarios más poderosos del país.
Olga se encarga de las primeras preguntas de rutina: «¿Dónde estaba a la hora del secuestro? ¿Dónde estaban sus hijos, sus empleados del hogar?», etc.
Ella contesta de forma mecánica, como el niño al que le repiten por enésima vez qué tal le ha ido el día en el colegio.
—Su hijo menor, Patricio, ¿verdad? —pregunto, y ella asiente—. Llegó anoche para el funeral, según nos han informado los compañeros que les tomaron declaración a sus hermanos. ¿Dónde estaba?
Nuria abandona por un momento su parsimonia, su mirada triste y ausente y mueve su cuerpo, incómoda, en su asiento.
—Pues la verdad es que no lo sé.
—¿No sabe dónde estaba su hijo, señora Soriano? —insiste Olga, de forma tan torpe que me dan ganas de darle un codazo.
—¿Usted sabe qué hacen sus hijos, mayores de edad, en todo momento?
El tono de Nuria Soriano se torna hostil.
—Disculpe, Nuria, es tan solo una pregunta retórica —Salgo al quite para intentar calmarla y Olga tose como forma de protesta.
—Supongo que también hablarán con él, así que pregúntenle.
—Sí, sus tres hijos están citados esta tarde en comisaría. Le preguntaremos —zanjo la trifulca—. Ahora necesito que nos facilite todos los teléfonos que estén a nombre de su marido y del suyo .
A pesar de que Torres nos va a autorizar a investigarlo todo en las compañías, quiero saber cuanto antes las líneas telefónicas que Porta tenía a su nombre, empresas o familia.
La mujer se queda pensativa.
—¿Van a pincharme el teléfono?
—Si le pincháramos el teléfono, no se lo diríamos —dice Olga con más tacto que antes.
—¿Entonces?
—Si nos lo facilita, no tendremos que solicitar a la jueza una autorización para pedirlo a las empresas de telefonía.
Ya sabe cómo son los trámites burocráticos.
Si nos hace el favor ganaremos tiempo para la investigación.
—Levanto la curva de mis labios en un gesto de amabilidad que he aprendido con los años.
—Eso requiere un trabajo porque tenemos varias residencias y líneas. Yo les doy todos los teléfonos que conozco, y ustedes me mandan a una patrulla para quitarme a la prensa de la puerta.
Olga vuelve a toser, y yo, lo único que puedo hacer es ser amable.
—Claro que sí, señora Soriano —intervengo y le dedico a mi compañera una mirada que ella acepta y entiende a la primera—. Yo le mando a los compañeros en cuanto lleguemos a comisaría. No se preocupe.
—Hay otro asunto, y es acerca de las cuentas de su marido —interviene Olga.
—¿Qué pasa con las cuentas de mi marido?
—Que nos gustaría que nos diera acceso para poder investigarlas sin tener que pasar por trámites judiciales —contesto.
Nuria vuelve a torcer el gesto y me mira a mí, ignorando a Saavedra.
—Inspector, usted sabe bien quién es mi marido, ¿o no lo sabe?
—Señora Soriano… —No me amilano y hago una pausa que podría calificarse de dramática. La mujer habla en presente, co mo si estuviera en un estado de negación y por ello le toco la fibra sin dudarlo—. Mi deber es hacerle la petición si quiere que atrapemos cuanto antes a su asesino.
—Tiene que hablar con mi hija —concede—. Yo le doy la información acerca de los teléfonos, y usted me quita a esa gente de la puerta.
En ese momento, llamo a comisaría para solicitarlo; es mejor no esperar y que ella misma vea mi predisposición.
—También necesitamos que nos facilite una lista de su gente de más confianza.
Ella asiente, y se produce un breve silencio.
Olga lo rompe; le lanza otra batería de preguntas de archivo: si conocía a alguien que pudiera hacer daño a su marido, si tenía alguna deuda que no se supiera, o si conocía la existencia de alguna amante.
Ella responde que su marido tiene muchos enemigos, pero ni una sola deuda, y en la última pregunta conseguimos sacarle una sonrisa, casi una carcajada.