Verte
T ermino de hablar con el Comisario, y Olga viene a verme.
La subinspectora Saavedra es mi compañera desde hace poco más de seis meses. Seis meses de los que le sobran cinco para convertirse en famosa dentro de la sección central de Homicidios.
Con esto, la subinspectora se ganó el puesto en la Brigada. Ella ya venía con la buena fama que arrastraba una mujer que, en lugar de opositar a la escala ejecutiva, había ingresado en la básica y se había patrullado las calles de cuatro ciudades españolas antes de dar el salto a Homicidios.
Pero el mío se lo gana cada día que trabajo con ella, porque cada minuto que compartimos en el coche o en la brigada es un minuto que aprendo. Y creo que este aprendizaje es recíproco.
—¿O sea que suprimimos el derecho a la información de las personas, pero coartamos las libertades de otras, no? —pregunta.
—Olga —digo—. ¿Quieres que hable con el comisario y te ponga en contacto con…?
—Sí, claro que quiero —me interrumpe.
La miro y hago una mueca.
—Te estoy vacilando.
—Lo sé, pero no estoy de acuerdo.
—Pues es lo que hay. Si quieres, lo tomas o, si no…
—Si no, ¿qué?
Me está retando. Se me pasa por la cabeza decirle que, si no lo toma, la puedo relevar del caso. Pero no quiero. La necesito como un bebé a su madre.
Hay dos formas de resolver un caso de asesinato en el que no hay evidencias físicas claras como una huella dactilar o una muestra de ADN: una difícil y otra casi imposible.
La forma difícil es lenta. Incluye revisar cientos de números de teléfonos que, gracias a las operadoras telefónicas, aparecen en las zonas del crimen.
Visionar decenas de vídeos que las cámaras de seguridad municipales o de bancos o de gasolineras o de tiendas han registrado en los lugares y horas próximos al asesinato.
También hay que hacer cientos de entrevistas a posibles testigos, vecinos, familiares, amigos.
Es una tarea difícil porque exige muchísimo trabajo, muchas horas de oficina y de patearse las calles.
Pero suele dar resultados a la larga porque siempre, o casi siempre, hay un implicado que afirma que no está en un punto determinado y hay una cámara o un móvil que dice lo contrario.
También suele haber testigos que ven algo que no les cuadra, y eso supone una información valiosa.
Y también hay pasos en falso de los culpables.
La forma casi imposible incluye hacer una criba de las personas que más posibilidades tienen de cometer el crimen, e ir a por todas.
Pero, claro, esa criba necesita de unas casuísticas algo complejas.
En este caso no tenemos la posibilidad de hablar con informantes, ni con amigos que tengo en la prensa, ni con un par de homicidas convictos que nos asesoran al más puro estilo Hannibal Lecter.
Por ello, y más que nunca, necesito a la subinspectora a mi lado.
Olga Saavedra posee un talento deductivo que no tiene nadie en la unidad.
El Director Adjunto Operativo de la Policía, con quien me entrevisté un mes después de resolver el caso VERTE, me pidió que la cuidara y que la tuviera siempre a mi lado.
El director formuló mal la cuestión. Una persona que estudia criminología y psicología mientras patrulla las calles, que aprueba las dos carreras y asciende a subinspectora en nueve años, no necesita que la cuiden.
Necesita que los que están a su alrededor se empapen de todo lo que ella aporta.
—Voy a necesitar mucha paciencia.
—Olga, eres demasiado inteligente para saber que este caso es lo que cualquier investigador sueña cuando decide hacerse policía, así que tú déjame a mí lidiar con los de arriba, y dame lo mejor de ti, ¿de acuerdo?
Ella resopla, y admite mi parte de verdad.
La miro. Me sigue impresionando su altura (casi uno noventa) y que nunca haya practicado baloncesto o voleibol.
Lo suyo es la escalada, como si no se conformase con mirar a casi todos por encima del hombro, sino que quisiera estar todavía más arriba.
Quizá de ahí también le viene su afición al montañismo.
Y como resultado tiene un cuerpo fuerte y proporcionado.
Es una mujer que hace girar cuellos en la brigada, en el complejo policial más grande de España, y, estoy seguro, en cualquier discoteca que visite.
Mirada color miel, labios que nunca necesitarán una inyección de colágeno y un pelo más corto de lo que algunas exigirían como canon de femineidad.
A ella le da igual. Le gusta su estilo y se enorgullece de ello.
Yo me alegro de que me acompañe a hacer una de las tomas de declaración más difíciles que recuerdo.