Empleo y sueldo
D espués de otra tanda de carcajadas y abucheos, los compañeros se callan.
Mi gesto es serio, y el del comisario, más. A Olga le cuesta creérselo. En otros casos mediáticos, siempre se ha filtrado algo; es casi inevitable.
—Fuera bromas, si se filtra cualquier detalle, por pequeño que sea, y pillamos al que lo ha hecho…
—dejo caer una suerte de puntos suspensivos al final de la frase para no repetir la amenaza—.
Esto implica que «nos lo vamos a pasar bien», no podemos hablar con periodistas e intentar confundir al asesino o asesina con falsas filtraciones.
No podemos hablar con informantes, ni con presos con delitos similares, ni con nuestras mujeres, novios, hijos, etcétera, etcétera, etcétera.
El silencio en la sala es total.
—Pero no os pongáis tan serios. Hay dos razones para estar contentos.
—¿Cuál es la primera, inspector?
—Que, si están aquí, es porque confío en ustedes, tanto que los dejaría pasar una noche con mi mujer en un hotel nudista.
Toribio ríe; a su lado el oficial de policía Sergio Insausti se tapa la boca, y baja la cabeza. A los demás no les ha hecho gracia o la situación no está para bromas absurdas.
—¿A mí también, inspector? —pregunta Amaya.
—A usted quizá no, señorita Solís.
Amaya y el subinspector Julio Pleite también se animan a sonreír, lo cual es noticia, porque Pleite es un hombre bastante serio. Consigo romper un poco el hielo, aunque siento la mirada del comisario sobre mi nuca. Y también la de Olga.
—¿Y cuál es la segunda buena noticia? —pregunta Olga, que ni ríe ni le hace gracia el teatrillo por la forma en la que le palpita la sien.
—Que aquí el comisario nos ha proporcionado comunicación directa con su señoría, la jueza Torres, que instruye el caso.
Listín , que es el apodo que le ponemos a Luis, nuestro inspector experto en informática, levanta su mirada del portátil en el que siempre está tecleando. Se ganó el mote a conciencia: una mezcla entre listín telefónico y lo listo que es.
—¿Y eso qué quiere decir?, ¿que te vas a llevar a la jueza Torres a ese hotel nudista? —bromea Toribio.
—Muy bien hilado, Lucas —le concedo la gracia—.
Eso quiere decir que va a mostrarse muy solícita en cuanto a escuchas telefónicas; si es necesario, ella misma meterá prisa a las compañías telefónicas para que nos pasen rapidito los datos de las antenas repetidoras; y también nos va a autorizar a pegar tantas patadas en puertas que se la pondrían dura al mismísimo Corcuera…
Olga tuerce el gesto; Toribio, que está a su lado le susurra la famosa y polémica Ley Corcuera en la que el exministro autorizaba a la policía de los años duros de la lucha antiterrorista a allanar casi cualquier casa.
Olga lo aparta como diciendo que ya sabe de lo que hablo, y sigue sin hacerle gracia la situación.
—¿También podemos llamar a alguna amiga entre escucha y escucha? —pregunta Insausti.
—Si necesitas un desahogo, vente a mi despacho luego y te hago un apaño —bromeo.
—Ya te gustaría a ti, ya —responde.
—Y a ti, querido Sergio, y a ti —digo guiñándole un ojo.
Olga, por fin, hace una mueca de la que no sé interpretar si es de hartazgo o de humor, algo es algo; los demás silban, y hacen algún que otro comentario soez.
El comisario, con los brazos en jarra y con los mofletes más rojos que al inicio de la charla, pone fin al breve momento de asueto.
—Bueno, dejemos a un lado las gracias. ¿Está todo claro? —pregunta, y todos asienten—. Del Olmo les dará el resto de los pocos datos que tenemos hasta ahora. Lo dicho: silencio absoluto y comunicación total conmigo. Gracias, equipo.
Les pido a Toribio que vaya preparando la pizarra con lo que tenemos hasta ahora. La subinspectora Saavedra solicita una reunión conmigo nada más terminar.
—En media hora en mi despacho.
—¿Puede ser en cinco minutos?
Señalo al comisario.
Ella acepta a regañadientes. Tendrá que aceptar bastantes cosas nuevas en el que será su primer gran caso. O quizá sea el segundo. Porque la inspectora empezó a hacerse un nombre en la Brigada de Delitos contra las Personas en el mediático caso VERTE. Tan solo seis meses antes.