El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) El comisario
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El comisario

—Señoras, señores, señoritas, señoritos… —dice con lo que parece un ligero tono de sorna—. Tenemos ante nosotros el que quizá sea el caso más importante que ha pasado por aquí en los últimos años. Por eso hay tan poca gente en este despacho, que tan poco les gusta visitar.

Hace énfasis en las palabras «tan poca» y «tan poco».

Esta incongruencia o gracia suya recalca el secretismo que va a envolver al caso.

Han pasado menos de veinticuatro horas del levantamiento del cadáver, y no paran con la cantinela.

A pesar de ello, sonrío y busco en Olga una complicidad que no encuentro.

—Han matado a Armando Porta; no hace falta que os lo presente: lista Forbes y todo eso…Y lo mejor de todo es que nadie puede saber que lo han matado de forma violenta.

Vuelve a marcar la ironía al decir: «…lo mejor de todo». Yo ya estoy avisado porque me he reunido con él una hora antes de esta puesta en escena tan de novela negra de las malas. Las órdenes de no filtrar ni un solo dato vienen de arriba.

—De muy arriba, de tan arriba que ya no se puede mirar más alto porque lo siguiente sería Dios —afirma Alamillos.

Olga me interroga con sus ojos, y yo muevo la cabeza de arriba abajo.

—Esto significa que no es que no puedan filtrarse detalles del caso. Eso ya se presupone en todo asesinato, ¿verdad? —Alamillos se dirige a mí—. Esto significa que la víctima no ha muerto asesinada, sino en extrañas circunstancias, y esta investigación solo es para aclarar dichas circunstancias.

El murmullo en la sala se eleva, y el comisario me mira pidiendo ayuda .

—A ver, hijos de mi vida —digo—. No es tan difícil; solo tenéis que hacer lo que casi siempre: no resolver un puto caso.

Escucho abucheos y alguna risa, pero al comisario no le ha hecho gracia, sobre todo porque esa afirmación es una falacia. Tenemos el índice de éxito más grande de las policías de Europa. También, para ser justos, hay que decir que nuestro número de asesinatos es inferior al de otros países.

—Venga, en serio. Aquí el comisario me ha hecho el honor de ponerme al frente de la madre de todos los casos.

—¿Morcillo va a seguir de baja? —pregunta Toribio.

El comisario asiente sin decir nada. César Morcillo es el inspector jefe de nuestra sección de homicidios, pero lleva seis meses de baja por depresión.

Yo también me deprimiría si mi mujer muriera de un cáncer galopante de páncreas en menos de cuatro meses.

No me llevo demasiado bien con él, pero no soy tan ogro como para obviar el sufrimiento de un compañero.

—Estamos los que estamos, para mi desgracia —digo de nuevo marcando también el tono humorístico—. No nos puede ayudar más gente. En los grupos quinto y sexto de  la Provincial, están hasta arriba con el caso de las dos gemelas.

Los grupos de homicidios de la Jefatura de Policía de Madrid, con los que colaboramos en ocasiones, están tratando de resolver un caso de doble asesinato: dos niñas gemelas de diez años han sido asesinadas, y la prensa y las televisiones lo tienen todo el día en portada.

—No nos quieres nada, inspector —comenta una policía del grupo sin que yo pueda verla.

—Solís, no me seas chiquilla y da la cara. —La policía Amaya Solís se asoma por detrás de otro compañero y levanta las manos haciéndose la inocente.

—El comisario Alamillos me ha puesto al mando y, aquí, Saavedra es la segunda de a bordo. Si yo no estoy disponible, todos a ella. Y, si ninguno de los dos está disponible, el comisario se ha ofrecido cortésmente a ser el siguiente en la línea de comunicación .

—Del Olmo, corta el rollo —dice Alamillos—. Os conozco a los seis, y sé que el inspector confía en vosotros. Y yo también.

Le miro y le pido perdón —o le doy las gracias… no lo tengo claro— con un gesto de cabeza y prosigo.

—El comisario me ha asegurado que, si se filtra algo a la prensa, estamos todos suspendidos de empleo y sueldo de forma indefinida.