El agua
Apuntes, teorías y suposiciones no oficiales de Saavedra y Del Olmo sobre la desaparición de el asesinato de Armando Porta.
A rmando Porta lloraba sentado sobre una silla oxidada.
Las manos sujetas con cinta americana y los pies atados el uno al otro de la misma forma.
La boca no podía ser menos y estaba tapada con el mismo pegajoso adhesivo destinado a fines más loables como embalar paquetes o sellar huecos de las persianas viejas para que no entre el viento.
No sabía dónde estaba, pero se imaginó que en algún oscuro sótano, un zulo en el que la temperatura no pasaba de los diez grados.
Tiritaba.
Alrededor de su silla deambulaba su captor.
Amenazante. La luz de una bombilla incandescente situada en una esquina de aquel agujero era escasa, y no se podía distinguir ni su cara ni su figura.
La braga para el cuello, las gafas de sol y la sudadera con capucha no ayudaban tampoco.
La misma sudadera con la que Armando y sus escoltas lo habían visto correr por la Casa de Campo casi todas las mañanas los dos últimos meses.
Armando intentaba acordarse de su cara, pero no lo conseguía.
Sí recordaba a Yoda, el perro que había acabado con la vida de José horas antes.
Porta se maldijo por su falta de perspicacia, y culpó a José.
Lo que más rabia le daba era no poder echarle la bronca.
La cinta americana de la boca se despegó de un tirón tan fuerte que le arrancó los pocos pelos de la barba que tenía. Siempre se afeitaba un día sí y un día no…y ese día no tocaba .
—Te pagaré el doble o el triple —suplicó—. Efectivo, Bitcoins, Ethereum…lo que quieras, por favor.
El de la capucha soltó un murmullo que Porta apenas pudo escuchar. Como no respondió, le pegó un bofetón, que con un guante de goma puesto duele aún más que a mano desnuda.
—Para, por favor, ¿qué quieres?
—Lo que tú ya sabes. Lo que no tienes en España.
El empresario abrió bien los ojos.
—¿Y tú cómo sabes…?
Porta no pudo completar la frase. Recibió otro bofetón seguido una serie de golpes. Después le puso un trozo de una pastilla de jabón en los labios. Con delicadeza, como si le estuviera dando una onza de chocolate a su abuelo el día de Navidad. Porta cerró la boca, pero el captor insistió.
Se quitó las gafas de sol, y lo miró como el padre que mira al niño que no se quiere terminar las lentejas.
Armando entró en pánico. Ahora sí recordaba la cara de su asaltante, pero reconocerlo no era buen asunto, según él tenía entendido.
Después de haberlo mirado a los ojos y de haber respirado para intentar calmarse, concedió que aquello era solo una pastilla de jabón y que le convenía colaborar; quizá podría ganar tiempo.
Masticó con asco. Había tragado champú o gel en la ducha como cualquiera, pero le estaba metiendo una pastilla entera de jabón blanco, y encima del de pueblo, del gordo.
Empezó a tener arcadas. El de la capucha se dio cuenta y, cuando el vómito subía por el esófago de Porta, le cerró la boca y la nariz con tanta fuerza que Armando se lo tragó.
Casi se ahogó, pero todavía no era momento para eso.
El captor volvió a preguntarle.
—Está bien, está bien, para, para, por favor.
Armando confesó. Estaba a punto de desmayarse y consideró que no importaba lo que le dijera. Sería muy difícil que, aunque contara con toda la información, su secuestrador consiguiera su objetivo. Y él seguiría ganando tiempo.
El tipo volvió a taparle la boca, y lo dejó a solas. Al cabo de poco más de media hora, se le escuchó tararear una conocida canción.
—Es usted un privilegiado, Armando .
La mención de su nombre de pila le molestó demasiado. Solo lo llamaban así sus hijos.
Lo insultó, lo maldijo. Incluso intentó escupirlo, pero todo quedaba dentro de su cavidad bucal, sellada.
—No se enfade, hombre. Ya no falta nada.
El golpe en la boca del estómago le quitó el poco aire que tenía en los pulmones.
Otro golpe con las dos manos abiertas en las orejas lo aturdió.
Y el tercer golpe, en la nuca con una tabla, lo dejó casi inconsciente, y no le permitió reaccionar cuando le agarró la cabeza por el cogote, le quitó la cinta americana y le metió una manguera en la boca, que el asaltante sujetó con todas sus fuerzas para obligarlo a tragar.
El gran hombre tragó hasta que su cuerpo dijo basta. No pudo advertir que el agua que acababa con su vida estaba más limpia que la de los mares de la costa española.