El estómago
E l forense me mira como el alumno mira a su profesor de inglés cuando explica el verbo to be por primera vez.
—Sí, inspector, la burbuja.
Al doctor se le ha olvidado. Sería algo normal si yo no le hubiera insistido, hasta por tres veces en un correo interno, que nunca había visto nada igual en toda mi carrera. Dejo a un lado mi molestia, y lo escucho.
—Pues la respuesta está en su estómago, inspector, en esa bolsa.
El forense coge una bolsa negra, como las de basura, en la que debe estar el estómago de la víctima, y la pone sobre una balanza.
—Doctor, no es que me vaya a asustar ahora con un muerto, pero la casquería no es necesaria.
Olga tose para cubrir un insulto despreciando mi hombría; a veces le gusta soltarme una pullita.
Me he acostumbrado y ni la miro. No es la primera vez que veo los órganos de un cadáver, pero, por lo que ha dicho el médico, la burbuja que se posó sobre mis pantalones pudo originarse en ese estómago. Y no me apetece verlo.
—Le hicieron comer jabón. Y tragar mucha agua, muchísima. Cuando mi compañera la patóloga analice el contenido del estómago podré darles más datos sobre el tipo de jabón.
Olga se acerca al cadáver, tanto que parece que lo va a besar .
—¿Un sádico, inspector? —pregunta.
Miro al médico, como pidiendo que él sea el que responda. Parece entender mi súplica y habla.
—No sabría decir si es sadismo, subinspectora.
—Podría ser una forma curiosa de sadismo. Matarlo con algo inocuo como el jabón.
—Subinspectora: el jabón no es inocuo, solo que haría falta una cantidad mucho mayor de ingesta para provocarle daños irreparables en el sistema digestivo.
—¿Entonces la causa de la muerte es…? —pregunto y zanjo el tira y afloja entre ambos.
—Hiperhidratación.
—¿Le hicieron tragar agua?
—Tiene heridas en la boca y en el esófago, que pudieron ser provocadas por un tubo o algo similar que debieron de haberle metido.
Paz intenta cubrir el cuerpo, pero Olga lo detiene.
—El círculo, doctor —señala la marca en el cadáver.
El forense suspira.
—Se lo iba a poner todo en el informe, subinspectora.
—Leo, danos un poco de cuartelillo, que no somos nuevos.
El doctor mira a Olga, y da a entender que ella, por el escaso tiempo que lleva en Homicidios, sí lo es.
—No tengo ni idea de cómo se ha hecho esa marca. ¿Han averiguado si no es de nacimiento?
—Doctor, ¿usted cree de verdad que esto puede ser de nacimiento?
—Olga, indignada, está a punto de rozar la piel del empresario asesinado.
El círculo, sobre el esternón, no está completo, sino que tiene dos espacios vacíos en lo que en un círculo horario serían las dos y las ocho (o la una y las siete, según se mire).
Es una marca oscura inclinada hacia el lado del corazón.
—Eso no es una quemadura ni, como usted comprenderá —dice con toda su mala baba—, está hecho con objetos punzantes. Se me ocurre que han podido usar una ventosa potente, pero no sé si duraría tanto tiempo. Aunque esto tendría que consultarlo con algún colega.
—Te lo ruego, Leo —digo.
Asiente sin convicción y, ahora sí, tapa el cadáver.
—Le mando a Toribio mañana a por el informe final, ¿cree que podría tener respuesta de ese colega suyo?
—Deme un par de días más; no hace falta que venga nadie. Se lo meto en el sistema.
—Gracias, Leonardo. Una última cosa, ¿las autopsias de los guardaespaldas las tienes ya?
—Sí, te mandaré también los informes. Uno murió por desangrarse por el desgarro que le causó la mordedura del perro, y el otro por un traumatismo craneoencefálico severo causado por objeto contundente.
—¿Una barra metálica? —pregunto.
—Es probable.
—Gracias de nuevo, Leo.
Olga me abre la puerta, y salimos al pasillo.
Llegamos al ascensor, y no dejo de mirarla en todo momento. Ella solo acierta a hablar una vez dentro, cuando mi mirada ya le ha molestado lo suficiente.
—No lo soporto —protesta.
—Ni él a ti, y eso no implica que debas tensar la cuerda. No nos conviene. Ni con él ni con nadie.
—Sí, pero es de los pocos a los que su machismo recalcitrante se le ve a la legua. Se le huele casi, a pesar de toda la lejía.
—Ya hemos tenido esta conversación antes, Olga.
Cuando la llamo por su nombre de pila, ella procura mostrarse afable, incluso suele sonreír.
Pero no es una sonrisa real. Ya conoce mis intenciones: que se calme, que me revele los secretos de su prodigiosa capacidad deductiva, o que me traiga un bocadillo de lomo de la cantina del complejo policial.
—Sí, inspector, ya la hemos tenido.
—Pues vamos a tranquilizarnos, que esto acaba de empezar.
—Te vas a librar de contarme lo que ya sabes, y ya van muchas veces en estos seis meses.
—Todo tiene su momento, subinspectora, todo tiene su momento.