El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Anatómico
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Anatómico

E s curioso cómo las películas recrean, casi a la perfección, las salas de autopsias, con sus paredes blancas, sus mesas metálicas y sus instrumentos cortantes dignos de torturas medievales.

Falta un solo detalle: el olor. Y es que de la pantalla no puede salir el aroma que inunda toda la estancia, tan característico como el de una consulta dental o como el de una piscina cubierta.

No es que, en el lugar donde el doctor Paz disecciona cuerpos sin vida huela igual que en la clínica donde se extraen muelas del juicio.

A lo que me refiero es que es un olor tan característico que nunca se olvida.

Aunque, por fortuna, esto no lo hacemos más que unos pocos desgraciados que nos ganamos la vida averiguando cosas sobre gente muerta.

He estado en varias salas forenses, y en todas huele igual.

Esa mezcla de formol y lejía que tarda en abandonar la pituitaria al menos media hora desde que sales por la puerta.

Se nos ha pedido la máxima discreción posible. Se nos ha exigido. Eso ya se presupone en cualquier investigación de asesinato. Mejor dicho: debería presuponerse.

Muchas veces no se cumple.

En ocasiones, hay algún policía que se va al bar con algún periodista, con quien incluso  puede ir más allá del bar y, claro, con unas cervezas encima o envueltos en unas sábanas llenas de fluidos, es más fácil irse de la lengua.

Los hay que cobran por un chivatazo. Yo no pretendo excusarlos, pero es que nuestro oficio no es que sea duro y esté mal pagado; es que si alguien hiciera el cálculo de las horas que echamos y de lo que ganamos a final de mes, el ratio euros/hora saldría tan ridículo que ríete tú de las kelys (con el debido respeto a estas mujeres, que en no pocas ocasiones han sido las primeras en encontrar el cadáver de turno en la habitación de hotel que les toca limpiar).

Siguiendo con el tema de filtraciones, también es fácil que algún funcionario de juzgados con ínfulas de protagonismo, o incluso con un sobrecito bajo el brazo, se vaya de la lengua.

¿Cómo sé todo esto? Es lo que suele llamarse vox populi . Y, además, lo viví en primera persona en mi segundo año en homicidios.

Y lo pagué.

Lo pagué demasiado caro, porque después de más de veinte años sigo en el mismo puesto en el que entré: inspector.

Y no es que yo me considere un Sherlock de la vida, pero he resuelto más de un caso, y más de dos: concretamente ochenta y tres homicidios, violentos y no tan violentos.

Tengo almacenados los nueve sin resolver en mi cajonera, dentro de la carpeta roja fosforescente más llamativa que encontré en la papelería.

Cada vez que abro el cajón, es imposible no fijarse en ello.

Como suele decirse, de los errores se aprende, y desde que se me fue la lengua aquel día, el comisario me encarga siempre la supervisión de todo: tanto la custodia de las pruebas como las relaciones con la prensa y con la familia del finado. Si algo se filtra, el culpable es un servidor.

Por eso estamos en esta aséptica sala, al lado de ese orondo hombre.

Parece que Porta se ha comido la caja fuerte con todos sus millones: la raja que el doctor Leo Paz le ha cosido después de examinar sus órganos sería como una cremallera de la que se podrían sacar fajos de billetes para repartirlos entre los más necesitados.

O para pagar el entierro de sus dos escoltas.

—No hay marcas defensivas en ningún lado, ni arañazos, ni golpes, ni nada bajo las uñas. Tiene una marca del cañón del arma en la sien y las de la cinta adhesiva en boca, muñecas y tobillos. Varios traumatismos en nuca y zona de los oídos. Parece que lo golpearon fuerte, muy fuerte.

—Doctor Paz, ruego que me explique lo de la pompa —le pido.

—¿Qué pompa?