El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) La burbuja
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La burbuja

E l doctor deja de sonreír y nos explica:

—Antes de que empezaran con sus discusiones regionales, quería decirles que el cuerpo no lo pueden haber depositado muy lejos de aquí.

Como bien dice el subinspector, este río tiene poco caudal; quizá ahora con las lluvias de los últimos días algo más.

Deben investigar en las pasarelas que hay río arriba.

—Gracias, Leo. ¿Quién lo ha encontrado, Lucas?

—Por suerte, un compañero que estaba montando en bici. Estaba ahí —Toribio señala unos juncos que podían esconder el cadáver.

—¿Compañero policía?

—No, de la Guardia Civil.

Suspiro. No es que yo me lleve mal con la Benemérita. Esa supuesta rivalidad en el pasado era más palpable, y en la actualidad se dan algunos, digamos, choques de pareceres, pero la colaboración, en líneas generales, es buena.

—Me alegro. Hemos tenido suerte tanto con este como con los guardaespaldas.

—¿Suerte? —pregunta el forense

—Sí, doctor, no los ha encontrado algún adolescente para traumatizarlo de por vida. Al patrón, un policía y, a los lacayos, otros lacayos.

El doctor me mira como reprobando mis palabras.

—Mi trabajo aquí ha concluido —dice .

—¿Nos puede adelantar algo de la exploración del cadáver, doctor? —pide Olga.

—Sí, que el señor está muerto.

El doctor Paz se marcha, dejándonos una de sus «perlas». Tiene más años que el escudo de la Policía y no está acostumbrado a ver mujeres resolviendo casos. Pido calma a Olga con la mirada, y le señalo el cuerpo con la linterna.

El tipo está desnudo a excepción del calzoncillo, lo que le confiere un aspecto más ridículo que si no llevara nada. Quizá quien lo mató lo haya dejado así por algo. Ella apunta todo en su móvil, y yo no sé dónde acaban los datos que tiene en el teléfono y los que tiene en su cabecita.

—¿Es el pez gordo que desapareció el viernes, ¿verdad, Del Olmo? —pregunta Toribio

—Nunca mejor dicho, subinspector, nunca mejor dicho.

Toribio reprime una sonrisa que hubiera estado fuera de lugar, a pesar de la metáfora visual relacionada con la identidad y físico de la víctima.

—Menudo disgusto se va a llevar Ávila… no ha tenido tiempo de maniobra ni con todos los recursos disponibles.

—Doble disgusto, porque ni lo han llamado para que viniera.

El inspector Ávila es el jefe de la sección de secuestros.

Han estado buscando a Armando Porta (nombre del finado) con el mayor operativo montado por su grupo desde que yo recuerde.

Dos helicópteros, más de veinte coches camuflados, unas treinta motos del CNP, dos grupos del G.E.O.

, los de subsuelo, y ni se sabe cuántos agentes a pie y a caballo.

Pero no han podido contar con lo mejor: la colaboración ciudadana, porque la desaparición se ha ocultado a todos los medios.

Toribio suspira y dice:

—¿Cómo te atreves a llamarlos «patrón» y «lacayos», conociendo al forense?

—Él me conoce también, hombre. No te preocupes.

Armando Porta era uno de los empresarios más poderosos del país. En el lugar del rapto, aparecieron asesinados dos de sus guardaespaldas. Los cuerpos fueron encontrados por otros dos escoltas que esperaban en el coche.

En ese momento llega la policía Amaya Solís, a la que no le doy tiempo ni a saludar.

—Toribio, te me coges a Solís y te vas a echar un vistazo a las pasarelas de las que ha hablado Paz. Busca cámaras cercanas. Nos vemos en la brigada.

Toribio asiente, y se marcha a realizar su cometido.

—Esa marca que tiene en el esternón no parece de nacimiento —digo.

—Es una especie de círculo…incompleto —dice la subinspectora—. Si se confirma, tiene buena pinta.

Cuando la subinspectora Olga Saavedra recurre a las palabras «buena pinta», no habla de una tarta tres chocolates recién sacada de la nevera, o de un plato de pasta a la boloñesa servido en un buen restaurante italiano.

Desde su más de metro ochenta y cinco, lo divisa todo, lo que sobra y lo que falta de una escena del crimen.

Y ahora está concentrada apuntando cosas en una aplicación de su móvil que usa como cuaderno de notas.

—¿Una firma, subinspectora?

—Tiene bastantes papeletas, pero esperemos a que nos confirme el simpático forense.

Sonrío, y asiento por su ironía. Ella se agacha y, guiada por mi linterna, se fija en otro detalle.

El finado tiene la boca cerrada; acerca su mano enguantada, y separa sus labios.

Lo que ocurre a continuación es algo que no había visto en más de noventa cadáveres en mis espaldas.

Una pompa de jabón sale de la boca de la víctima.

Planea por encima de él y se posa en mi pierna.

Yo nunca he vomitado, ni con mi primer fiambre, pero en esta ocasión me viene una arcada tan fuerte que regurgito un poco de bilis. Por suerte consigo controlarlo.