El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Yoda
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Yoda

Apuntes, teorías y suposiciones no oficiales de Saavedra y Del Olmo sobre la desaparición de Armando Porta.

A rmando Porta caminaba por la Casa de Campo como si fuera el patio de su casa.

Detrás lo escoltaban El Gorila y La Araña.

Juan, El Gorila, era el de los bíceps como jamones de toro y piernas de elefante, el que no tenía objeciones a la hora de avasallar a cualquier mindundi que osara aproximarse a su amo.

José, La Araña, era aquel al que, según su abuela, le faltaban dos cocidos y tres potajes, el del radar en la cabeza, el que podía oler amenazas a kilómetros, como la matriarca de una manada de elefantes huele a las leonas que rodean el lago al que se dirigen.

Eran sus dos escoltas de cabecera, en los que siempre confiaba, los que casi no tenían vacaciones, y los que ganaban un sueldo similar al del presidente del Gobierno por el servicio que prestaban.

No iba a ningún lado sin ellos. No desde que Armando había sufrido el ataque de los Ortiz-Melgar, una familia que lo había perdido todo en una de las múltiples obras que Sacesa, uno de sus conglomerados, llevaba a cabo a lo largo y ancho del país y del extranjero.

Según la versión oficial de los hechos, los agraviados culparon al empresario de la quiebra de su pequeña empresa de excavadoras: unos contratos que nunca llegaron a firmarse tuvieron la culpa, y ellos, en respuesta, se las ingeniaron para acabar con él. Para intentarlo.

Los escoltas solventaron el peligro con eficacia alemana y Armando les subió el sueldo casi mil euros más al mes.

También los invitó a unas vacaciones en el pequeño yate del empresario junto a sus mujeres y a sus hijos.

Les hizo creer que eran parte de su familia, a pesar de mantener siempre la distancia y el estatus patrón-obrero.

Después de ese incidente, el señor Porta contrató a dos gorilas más, por recomendación de José.

De esta forma, seis escoltas conformarían el séquito del empresario.

Se sentía casi inmortal cuando estaban ellos cerca.

El inconveniente de la falta de privacidad, a sus sesenta y cuatro años, no suponía un problema.

Lo compensaba esa sensación de seguridad que El Gorila, La Araña y sus otros secuaces le proporcionaban.

Pero José no tenía sentido arácnido… al menos no esa mañana.

Tan solo una perspicacia e instinto superior a la media.

Y, la noche anterior al rapto, había dormido mal porque «pillé a la zorra de mi novia cenando con otro».

No le pegó, «nunca se pega a las mujeres».

Pero la sometió a una tortura psicológica digna del hospital de Alguien voló sobre el nido del cuco .

«Lástima que no tenga los electrodos». La tortura puede dañar tanto al torturado como al torturador.

Y José solo durmió dos horas; él necesitaba, como mínimo, seis para rendir al cien por cien.

Es de sabiduría popular en la «Universidad de la Calle», en el «Grado en Peleas», que siempre hay que pegar —y, si es posible, abatir— primero al líder. No al más fuerte, sino al que lidera el grupo.

Ese día, el perro con el que se habían cruzado más veces corría con su dueño como cada mañana de los dos últimos meses.

Incluso José se había atrevido a acariciar a Yoda, cinematográfico nombre del animal.

Un dogo de Burdeos marrón claro, imponente.

Las primeras veces que se encontraron con ellos desconfiaron, pero la operación running-canino se repetía todos los días, por lo que, después un mes, los guardaespaldas entendieron que tenía tanto derecho como ellos a pasear por allí.

Eso sí: siempre a una distancia prudencial para el hombre, y no para el perro, al que le daban más cuartelillo con carantoñas y caricias más propias de niños que de secuaces armados.

Error.

Una mañana cualquiera en las que Yoda se había acercado a saludar ocurrió la catástrofe.

Un silbido, una palmada y una palabra en un idioma extraño bastaron para que el animal atacara el cuello de José.

Juan sacó su arma, pero no vio venir el primer porrazo, que lo dejó aturdido, ni mucho menos los dos siguientes golpes, que le partieron el cráneo.

Un segundo silbido hizo que Yoda atacara con más fuerza el cuello de José y acabara con su vida; antes de morir, La Araña tuvo tiempo de sacar el arma y matar también al perro.

Un disparo que apenas se escuchó por la proximidad con el cuerpo del animal.

Armando Porta colapsó al ver aquella escena: sus dos guardaespaldas muertos.

Los otros dos que lo esperaban en el coche estaban a un kilómetro o más, y a él se le había caído el móvil al suelo cuando había intentado avisar.

El dueño de Yoda le quitó la pistola a José, la misma que había matado al perro.

Apuntó a Porta, y lo invitó a moverse: «Usted se viene conmigo».

Cogió el móvil, lo partió en dos, sacó la tarjeta y la pisoteó.

Antes de abandonar el lugar, acarició, con los guantes para el frío puestos, el cadáver del perro. «Lo siento, Yoda.»

Caminaron a paso ligero unos quinientos metros por un camino mal asfaltado por el desuso, hasta que llegaron a una subestación eléctrica propiedad de una gigantesca compañía energética en la que Armando Porta tenía un gran porcentaje de acciones.

Allí  los esperaba una furgoneta camuflada con el logo de la empresa eléctrica.

El captor cubrió la cabeza de Porta con un pasamontañas sin agujeros y lo metió a empujones en la parte trasera.

Era un vehículo industrial de reparto con una ventana tintada en la parte posterior, perfecta para esconder secuestrados (e incluso cadáveres).

Esperaron un tiempo prudencial junto a la subestación, cuya cámara de vigilancia había sido saboteada semanas atrás sin demasiadas dificultades.

Cuando consideraron que habría más tráfico en la zona para despistar así a las cámaras de seguridad (nunca se sabe con la pericia de la policía con la videovigilancia), salieron de la Casa de Campo y se metieron en la M-30 en dirección a la Castellana y sus grandes torres de oficinas.

El secuestrador tuvo el detalle de descubrir los ojos al empresario.

Armando pudo echar el último vistazo a sus oficinas, esas que había construido su propia empresa después de uno de los mayores pelotazos urbanísticos de la historia nacional.