El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) El río
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El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1)

El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1)

Por Zarzo Escribano

© inepub.com

El río

El cuerpo semidesnudo del muerto tampoco es un aliciente. El tipo es de los que no alcanzan a vérsela cuando mean porque la barriga tapa las vistas de los bajos. Además, llevará al menos un día en remojo y el efecto es aun mayor; parece un pez globo cuando se asusta.

La jueza Torres también espera su turno.

No llega al metro sesenta; su cuerpo está bien alimentado con jamón del bueno y con cerveza alemana.

No es que sea una persona que te conteste mal o te grite, pero tiene claro que ella está en lo alto de la cadena alimenticia y no deja que nadie le robe las presas, como las hienas a los leones.

Por eso es difícil trabajar con ella ya que facilita poco las cosas.

Le molesta que nosotros tengamos el derecho —y el deber— de examinar el cadáver antes de que ella ordene su levantamiento.

Eso sí: siempre es de las primeras en llegar, y bajo su tutela nunca se ha producido ninguna irregularidad —ni chapuza— con la custodia de las víctimas.

Los «científicos» abandonan la escena del crimen, y el forense es el siguiente en acceder al cadáver.

Le damos su tiempo de cortesía: cinco minutos, en los que mi compañera no para de mover su pie derecho hacia arriba y hacia abajo.

El característico ruido que produce el roce de la suela con la tierra está poniéndome nervioso.

—Señoría, con su permiso —le digo con un gesto de cabeza, casi como una reverencia.

Olga levanta la cinta todo lo que puede, y me ayuda a acceder al lugar donde reposa el cadáver.

Aparte de tener un talento que yo no he visto en ningún policía en más de tres décadas de carrera en homicidios, siempre está ahí para ayudarme cuando lo necesito, aunque muchas veces yo no se lo pida y me enfade un poco por tratarme como a un abuelo.

Hemos llevado, hasta la fecha, tres casos, y podría decirse que dos de estos los ha resuelto ella.

Aunque la temperatura es superior a los diez grados (excesiva para la época a esta hora de la madrugada), la humedad se cuela por debajo de las exiguas prendas de abrigo que llevamos, y, si no fuera por los focos de la Científica, no distinguiríamos las caras de los compañeros más allá de dos metros.

Tengo suerte porque el cadáver ha varado en un remanso del río de fácil acceso.

De haberlo hecho en otro sitio, yo no hubiera podido acceder.

Bajar por escaleras sinuosas o por grandes terraplenes no está entre mis habilidades.

Cuando llego a la altura del cuerpo, me inclino todo lo que puedo sobre este y lo ilumino con mi linterna .

—Por favor, Del Olmo —protesta Leo Paz, que es el forense que está de guardia.

Le toca salir de su madriguera en el anatómico, para constatar algo que no hace mucha falta: la muerte de la víctima.

Aunque es obvio que Paz hace mucho más que eso.

Al contrario de la jueza, Leo sí te mira mal, te contesta mal, y hasta te hace sentir mal cuando lo acosas a preguntas.

Pero me ha ayudado a resolver más de un caso, y más de dos en todos los años que llevo trabajando con él.

—Aquí a Del Olmo, que le gusta fardar de linternita.

El subinspector Lucas Toribio aparece en la escena a mi espalda. Tiene las ojeras repletas de turnos de noche.

—Cómpratela de una vez, y no seas rata.

—Sí, claro, como me sobra el dinero a fin de mes… —protesta—. Ya me apaño con esta birria.

Sacude en el aire la linterna oficial que nos proporcionan en el Cuerpo.

No se sabe si es negra o gris del desgaste que tiene y, por supuesto, no alumbra demasiado bien.

Yo me compré una especial en una página de internet que solo vende a policías y a militares.

Me costó encontrarla, y me gasté mucha pasta, pero, cuando te apuntan a la cara los cien mil lúmenes de potencia que tiene, creerás haber visto, si crees en Él, a Dios.

—Los ríos siempre expulsan los cadáveres —afirma el forense.

—Y más este que no es ni es río ni es ná — protesta Toribio.

—Cállate, paleto —le digo en tono de mofa. Yo también soy un paleto, y a mucha honra, pero Lucas siempre está metiéndose con Madrid y con los madrileños. Lo hace para buscarme, y yo le respondo para encontrarlo.

—«Paleto» dice, casi igual que el Guadalquivir, inspector, casi igual.

—Pues a ti bien que te gusta el Manzanares.

Toribio sonríe. Es de Córdoba, aunque apenas guarda ya ese acento del sur tan característico.

Lleva más de veinte años en Madrid. Y es del Atleti.

A mí no me gusta demasiado el fútbol, pero, si fuera de un equipo, sería del Real Madrid, que la vida te da ya muchos sufrimientos como para, además, sufrir por once tíos en pantalón corto.

—Doctor, ¿sabe cuánto tiempo lleva en el agua más o menos? —pregunto.

El forense me mira y hace una mueca parecida a una sonrisa.