Capítulo 48 #2
— Thanks. How are you?
—I’m ok… Kind of… It’s…
Está siendo raro —confesó—. Para todos. —Tenía esa tristeza inequívoca en la voz. Es que la reconocí al instante, porque yo estaba igual. Me sentía exactamente igual.
— Are you coming? —
preguntó Antonia, con una mirada repleta de emoción.
— Sure!
Mi madre viene también. —La señaló, mientras esta hablaba con Debbie y le hacía caricias a Emma en el pelo. Era igual que su hija,con el mismo tono de pelo, pero la madre tenía una expresión mucho más seria.
—Pero ¿es que nadie va a clase aquí o qué? Y yo cuando estaba, tenía que ir todos los días… —protesté, cruzándome de brazos.
—Esto es más importante —sentenció Vanessa—. ¿Qué tal por Madrid? ¿Nos has echado de menos?
—Todos los días —admití.
— OOOOH! You are so cute, Mateo!
—dijo Vanessa, exultante, abrazándome de nuevo—. Now I see why Tom chose you.
—
¿Solo ahora? —protesté.
Entonces, los padres de Antonia salieron de Northbloom con varias bolsas repletas de comida.
Saludaron a Vanessa y a su madre y, después de repartirnos un bollo a cada uno (a mí me tocó un cruasán recién hecho que olía a mantequilla), reanudamos la marcha.
Pero justo cuando habíamos empezado a caminar de nuevo, alguien más salió de la pastelería.
Era una chica que me sonaba de haberla visto atendiéndonos algunas tardes cuando iba con Tom después de clase. ¿Se habrían olvidado algo dentro?
— Can I come with you? —
preguntó, quitándose el delantal y haciéndolo una bola, guardándolo en su bolso. Tenía una expresión risueña y el pelo recogido en dos moños, uno a cada lado de la cabeza.
— Yes! Sure! —
afirmó Vanessa, mirándonos a los demás, que asentimos sin pensarlo mucho.
—¿Quién es? —le pregunté a Antonia.
—Rose. Nuestra camarera favorita —me explicó.
—¡AH! Me suena su nombre. La que siempre os reservaba la mejor mesa, ¿verdad?
—¡Te acuerdas! —exclamó, emocionada.
—Claro que sí.
Rose fue saludándonos a todos uno por uno, hasta que me tocó a mí. Me miró de arriba abajo, y pareció reconocerme.
— You are the Spanish lad —
dijo con un acento casi imposible de entender.
— Yes. I am.
—
Mucho gusto. —Me tendió la mano para que se la estrechara—. He was such a lovely boy. So polite. Always asking how I was, how was my day… Always clearing his table. I always put the best knots aside for him. He was… special. You know what I mean?
—Yes… —
respondí, porque, si había alguien que lo sabía, era yo, desde luego—. He was.
— C’mon! We have to keep going —
insistió Noah, el padre de Antonia.
Volvimos a nuestro camino, ahora con un miembro más en la marcha.
Eran casi cinco kilómetros andando. Teníamos más de una hora por delante y ya eran más de la siete de la mañana.
El sol ya había salido, pero seguía haciendo bastante frío.
Más o menos recordaba el itinerario, porque Tom me lo había contado muchas veces, sabía que la siguiente parada era el St. Mary’s.
Pensaba que Antonia y Vanessa no querrían pasar por delante, sabiendo que tendrían que estar preparándose para entrar en clase.
Sin embargo, como aún quedaban casi treinta minutos para que empezaran, no había problema.
Los jardines delanteros estaban mucho más llenos que el día anterior.
Los típicos grupos de adolescentes esperando para entrar a clase.
Estaban los fumadores, los cotillas, las frikis, los flipados…
Y Andrew que, nada más vernos, vino directo hacia nosotros.
No le dio tiempo a saludarme, porque Antonia se interpuso rápidamente para explicarle lo que estábamos haciendo a una velocidad de palabra absurdamente imposible.
— Do you mind if I come? —
sugirió con curiosidad. Antonia me miró a mí y yo me encogí de hombros.
—Claro. Ni que fuera yo el jefe de la marcha —repliqué.
Andrew se colocó bien la mochila, aunque nos pidió que lo esperáramos un par de minutos porque iba a decírselo a sus compañeros de fútbol, que también conocían a Tom y habían entrenado varias veces con él. «Y pensar que yo llegué a sentirme un poco celoso de su relación con Tom».
Al poco de irse, regresó junto a otros tres chicos más que no recordaba haber visto nunca, diciéndonos que se apuntaban también, que querían acompañarnos en nuestro particular paseo.
— Tom always played with us
—argumentó uno, que medía casi dos metros y tenía la cara repleta de acné.
— He always played fair —
dijo otro, con el pelo rizado cubriéndole los ojos.
— He used to help me with Maths —
añadió el último de ellos, con la mandíbula marcada, el pelo rapado y un piercing en la oreja izquierda.
Era emocionante ver (y sentir) cómo toda esa gente había conectado con Tom de tantas maneras diferentes.
Tampoco me sorprendía. Porque era esa clase de persona que siempre te hacía sentir importante y nunca tenía una mala palabra para nadie.
Andrew y sus amigos se nos unieron y ya éramos trece en el paseo… y eso que acabábamos de empezar.
—Así no vamos a llegar nunca —señaló Vanessa, entornando los ojos.
—Relax, Vanessa —repuso Antonia, mientras se iba autopresentando a los tres amigos de Andrew.
Y, como había pasado en Northbloom, tampoco pudimos seguir mucho más, porque Mr. Whitmore nos detuvo al vernos desde el otro lado de la calle. Cruzó rápido, asegurándose de que no viniera ningún coche, y fue directo hacia Debbie. Hablaron
unos segundos, en los que el profesor Whitmore la cogió de las manos, y terminaron fundiéndose en un largo y sentido abrazo.
Cuando se separó, se giró para mirarnos a los demás y sus ojos repararon en mí.
Me observó, algo desubicado (supuse que confundido por verme en Northwood de repente, después de tanto tiempo) y luego al resto de los alumnos.
— Don’t you have a class to be in?
—les preguntó, y ninguno fue capaz de contestar. ¿En serio les iba a hacer ir a clase? ¿Tan estricto se había vuelto?—. Right. I
’ d better come with you. Purely for supervision, of course —
añadió guiñándonos un ojo. Se colocó en la parte de atrás de la marcha, junto a Debbie, los padres de Tom y la madre de Vanessa.
—¿Podemos seguir ya? —se impacientó Vanessa.
—Podemos seguir —respondí yo. ¿Próxima parada? Pasar por delante de la iglesia, camino al club de críquet.
Seguro que era curioso cuanto menos vernos desde fuera.
Una fila de tanta gente, tan diferentes, unidas por el recuerdo de una persona, andando como si fuéramos una manifestación o algo parecido.
No había ni lágrimas ni malas caras. Y, aunque muchos no se conocían entre sí, todos hablábamos sobre Northwood, contábamos anécdotas que habíamos vivido con Tom, recordábamos el Sunset Festival…
Nunca pensé que se uniría tanta gente en nuestro paseo, era tan reconfortante.
Como cuando te das un buen baño de agua caliente y sientes que todo lo malo se ha marchado.
—¿En qué piensas? —me distrajo Antonia, con Vanessa colocándose a su lado. Los tres íbamos liderando la marcha.
—En que es muy fuerte todo esto. ¿Cómo sabíais…?
—Tom nos habló de este paseo, de lo mucho que echaba de menos hacerlo. Y Debbie nos avisó de que venías. Esta mañana nos escribió a todos —me explicó Antonia.
—¿A todos?
—A todos —recalcó. ¿Eso significaba que Roy… por fin…?
— Hey! Wait for us! —
gritó alguien a lo lejos.
—¿Habéis oído…? —pregunté.
Me puse en alerta, buscando con la mirada, y al final vi a Iwan con su hermano pequeño Olly subido a caballito en su espalda y su madre a un lado. Venían andando lo más deprisa posible para alcanzarnos.
— Hey, Mateo. Long time no see! —
dijo con la lengua fuera. Noah ayudó a Olly a bajar de la espalda de su hermano y este se fue corriendo con Emma, dándole la mano.
— You were supposed to meet us at the cricket club —
le reprendió Vanessa, con ese tono de voz un tanto agresivo que siempre usaba cuando estaba confundida.
— Really? —
fue la respuesta más Iwan que podría haber dado—. Well, now we’re here, so… Problem solved!
—What? —
exclamó Vanessa, totalmente perdida.
—¿Qué tal estás, Mateo? ¿Un abrazo? —Con todo lo grande que era, abrió los brazos como si fuera un águila a punto de echar a volar y me dio un abrazo de esos que te aprietan hasta el alma. Qué fuerza tenía cuando quería.
—Mal, pero con vosotros estoy mejor —respondí todo lo sincero que pude. Iwan miró a Antonia, buscando una traducción inmediata, pero Antonia estaba más pendiente de Rufus que otra cosa.
— He said he’s fine. —
No había dicho eso, pero bueno, lo admitiría. Iwan asintió, entrecerrando los ojos por el sol y mostrando todos sus dientes en una sonrisa de oreja a oreja.
— Anything from Roy?
—Vanessa y Antonia negaron con la cabeza, con preocupación en la mirada. Así que no solo era conmigo, sino con todo el grupo. Roy se negaba a aparecer. A saber desde cuándo no lo veían.
—Vamos a su casa —dije de repente, sin pensar—. ¿Dónde vive?
—Viven encima de la floristería —me explicó Vanessa—. I’m not sure he’s up for visitors right now.
—Quizá si nos ve… se anime a salir y a venir con nosotros… —reflexioné.
— We… can try —
señaló Antonia, dudosa. Conociendo a Roy, podía reaccionar de cualquier manera. Ninguno estábamos muy seguro de ello, pero tampoco nos suponía un gran desvío. Y era Roy. Nos necesitaba.