Capítulo 48 #3
Ni siquiera preguntamos al resto de la gente que se había unido a nosotros.
Debbie hablaba con el profesor Whitmore, que no dejaba de recomendarle diferentes libros, mientras que ella se empeñaba en insistirle para que fuera a verla cantar en su próxima actuación.
Por otro lado, los padres de Antonia hablaban con la madre de Vanessa y con Rose, la camarera, sobre la tormenta de la noche anterior.
Andrew había añadido a Iwan a su grupo de amigos, comentando el partido de la semana que viene entre el Arsenal y el Manchester City.
Cada uno estaba inmerso en una conversación diferente.
Y yo, mientras, hablaba con Antonia y Vanessa sobre cómo habían sido esos días en Northwood desde que Tom ya no estaba.
— It´s been a fuckin nightmare, honestly
—comentó Vanessa, con rabia—. We miss him so much
… —y se le cortó la voz. Antonia le pasó el brazo por los hombros, tratando de consolarla.
— Northwood has never been so… so grey
—añadió ella —. How’ve you been keeping?
—Jodido. Tratando de hacerme a la idea. Pero tenía muchas ganas de veros, la verdad. Lo siento por no haber avisado de que…
— No need, Mateo. All that matters is that you’re here
—señaló Vanessa.
No tardamos demasiado en llegar a la floristería de los padres de Roy, que a esas horas estaba cerrada, por supuesto. Aunque dentro parecía haber movimiento. Preparándose para abrir.
— What are we doing here?
—preguntó uno de los chicos que había venido con Andrew.
— We’re looking for Evans —
respondió el propio Andrew. A veces se me olvidaba que ese era el apellido de Roy.
—Es pronto. Quizá esté durmiendo aún… —señalé.
—ROY!
—chilló Antonia de repente —. ROY ALEXANDER EVANS! GET YOUR ARSE DOWN HERE RIGHT NOW!
Todos se quedaron mirando a Antonia sin dar crédito. Yo el primero. Sus gritos surtieron efecto porque, a los pocos segundos, la ventana del piso de arriba se abrió de golpe, con Roy asomándose con cara de estar dormido y tratando de entender lo que estaba pasando bajo su ventana
— What the hell, Antonia?! —
bramó con una expresión de enfado absoluto dibujada en la cara. Pasó de mirarla a ella al resto, negando con la cabeza continuamente—. What’s this?
—Hey, Evans —
saludó Andrew. Roy arqueó las cejas, aún sin creerse lo que estaba pasando.
—Hola, Roy —intervine yo, y su cara cambió por completo. Parecía que iba a decirme alguna de sus borderías, y yo juraría que estuvo a punto…, pero decidió meterse de nuevo en su habitación y cerrar la ventana. Roy siendo Roy—. Bueno, lo hemos intentado, ¿no?
— Let me talk to him
—se ofreció Debbie, remangándose la chaqueta y yendo directa hacia la puerta de la floristería, pero Noah la detuvo.
— Easy, Green. Easy. We need to give him some space…
—More? —
preguntó Debbie con ese acento tan suyo.
La puerta se abrió y salió de su interior el padre de Roy, mirándonos uno a uno, sin creerse que todos estuviéramos ahí, delante de su negocio, a las siete y media de la mañana. La
madre de Iwan fue la más rápida y le explicó que estábamos ahí buscando a su hijo para que viniera con nosotros. Obviamente, tanto él como la madre de Roy, que salió pocos segundos después a ver a qué venía tanto alboroto, querían acompañarnos también.
— Are you mental? What the hell are you guys doing here?
Roy estaba justo detrás de sus padres, vestido con un chándal completamente negro, la capucha puesta y cara de acabar de despertarse.
Sus ojos pasaron de mirarnos a nosotros al resto del grupo, no entendiendo nada.Vanessa se hizo un hueco entre todos y fue directa a por él, empujándolo contra el escaparate.
— We needed you, Roy! Where were you? —
Y, en su voz, se podía notar un dolor que todos compartíamos.
— What the fuck? —
protestó él, sobrepasado por la situación.
— Take it easy, Vanessa —
le dijo su madre, tratando de apartarla suavemente de Roy.
— We all handle this stuff in our own way. Remember?
—añadí yo. Porque podía entender que Roy no hubiera sido capaz aún de hablar con ellos, de hablar de lo que había pasado. Porque podía verme reflejado en esa decisión. Si yo ni siquiera les había avisado de que estaba en Northwood…
— Mateo…?
—Nuestras miradas se cruzaron—. What are you doing here?
¿Qué estás haciendo aquí?
—Reunión de la banda. —Guiñé un ojo.
No sabía qué podría estar pasando por la cabeza de Roy en esos momentos.
Siempre había sido un chico muy difícil de leer.
Sus intenciones nunca estaban claras del todo.
Pero podía ver en sus ojos cómo estaba tratando de contener su pena un día más.
No quería derrumbarse ahí, delante de todos, y podía notar lo mucho que le estaba costando.
Así que tuve que dar yo el primer paso. Me acerqué a él, temeroso de que pudiera apartarse, y lo abracé.
— What… are you doing?
—
Tenía ganas de verte. —Esa frase fue la que lo derrumbó. Empezó a llorar, apretando con fuerza la mandíbula y, poco a poco, fue subiendo sus brazos por mi espalda, hasta que los dos nos fundimos en un abrazo que significaba mucho.
— I’m…
—
No hace falta que digas nada, Roy.
— I’m sorry, Mateo. I’m so sorry —
sollozaba, susurrándome sus disculpas al oído—. For everything. For being such an asshole. I’m really sorry.
— No need —
fue mi respuesta. Me apretó con fuerza y apoyó su cabeza sobre mi hombro.
Y, en ese momento, se unió el resto de la banda.
Primero Antonia, luego Iwan y, por último, Vanessa.
La banda reunida de nuevo, con Roy en el centro, y descargando nuestra tristeza, nuestra rabia…
pero juntos. No sabía cuánto lo necesitaba hasta ese momento.
Había sido una buena idea ir a Northwood. Porque eran mis amigos. Era mi familia.
— Ok. Enough —
declaró Roy tras un par de minutos de abrazo, y todos nos fuimos separando—. Me alegra verte, espaniolito
—me dijo, limpiándose las lágrimas de la cara.
—A mí también, Roy —sonreí, con la piel de gallina por la emoción de escucharlo decirme algo positivo.
Sus padres se encargaron de cerrar la floristería antes de abrirla siquiera. Los tres se unieron a nuestra marcha, con la meta en el punto más alto de Northwood: el mirador de Hog’s Back.
La siguiente parada fue el club de críquet, que a esas horas estaba cerrado, salvo por un par de jardineros que estaban arreglando el campo y tratando de retirar el agua de los charcos tan enormes que se habían formado en el centro.
Además, había alguien que los dirigía: Hugh, apoyado en su bastón de siempre, indicando con la mano continuamente.
Pasamos por el lateral, sin meternos de lleno, y mientras los demás seguían caminando,
me acerqué a la valla para llamar a Hugh.
Porque si había alguien que querría unirse a nosotros, desde luego era él.
Tardó un poco en reconocerme, pero, en cuanto lo hizo, me sonrió, feliz, y vino hacia mí, cojeando bastante más que la última vez que lo había visto.
Cuando lo tuve cerca, me di cuenta de lo mucho que había envejecido en esos últimos cinco meses.
¿Sería por la muerte de Tom? Seguramente le habría pesado como una losa.
— Hello, Hugh. I’m Mateo…
—me presenté.
— Yes. I remember you, Mateo.
El chico español —asintió, convencido—. What are you doing here? Have you heard…?
—Yes —
le interrumpí, porque ya sabía qué me iba a decir—. We are doing this walk
—comencé a explicarle—. We didn’t plan it… people just kept showing up. We’re walking up to the top. To… Hog’s Back Viewpoint. And because you meant a lot to him… I thought you might want to come with us.
Hugh me miró, pensativo, y luego se dio la vuelta para volver con los jardineros que trabajan sin descanso. Estuvo un rato hablando con ellos hasta que volvió conmigo.
— Of course I’ll walk with you —
sentenció.
Y, aunque le costaba caminar, se unió a nuestra marcha, en la que ya éramos más de veinte personas, todas unidas por un punto en común: Tom.
Recorriendo todo el pueblo, con gente mirándonos, sorprendidos.
Incluso algunas personas que preguntaron a los adultos también se unieron a nuestro paseo.
Como si todo Northwood quisiera hacerle un homenaje a Tom, a uno de los suyos.
Sin embargo, cuando llegamos arriba, al mirador de Hog’s Back, las vistas tampoco eran tan espectaculares como yo esperaba.
Siempre había creído que, cuando hablaban del punto más alto de Northwood, sería un lugar desde el que se vería todo.
Cada rincón del pueblo, cada detalle, como si estuviéramos en lo alto de una montaña o algo así. La realidad era algo diferente. Sí
que estábamos en una especie de colina, con algunos árboles a nuestra espalda y una enorme explanada de hierba por delante.
Y se podía ver algo de Northwood, pero no era una vista digna de un mirador, eso desde luego.
Allí, en lo alto, justo en el extremo, había otra persona más.
La que faltaba: Angie. Se giró, moviendo su pelo de una forma bastante cómica, y me sorprendió no verla fumando como solía hacer delante de mí.
Fue verme y una enorme sonrisa se le dibujó en el rostro, abrió los brazos y se me acercó, dispuesta a darme un buen abrazo.
—Buenos días, Mateo. ¿Qué tal estás? —Su español seguía teniendo ese acento tan marcado.
— Good morning, Angie —
sonreí, y nos abrazamos. Ella había sido la primera persona que había conocido en Northwood. Y, por muy peculiar que fuera, le guardaba un cariño especial. Sentía que era una especie de puente para mí. Al estar allí con nosotros, ya no me hacía sentir un forastero, sino parte del pueblo.
— It looks like almost everyone in Northwood came with you —
comentó, mirando hacia la multitud.
—Sí, se ha ido añadiendo más y más gente. —Miré hacia atrás, y es que el grupo que había sobre la colina era de casi cincuenta personas.
—I’m so glad to see you, Mateo. We’ve missed you.
—Y yo a vosotros.
Estábamos en el lugar desde donde todos los habitantes del pueblo veían los fuegos artificiales la noche de Guy Fawkes.
Pero, por culpa de la tormenta, ese año no lo habían podido disfrutar.
Ese año, habíamos cambiado la tradición.
Todo por recordar a una persona que nos había marcado a cada uno de una forma diferente.
Yo sabía que iba a tardar mucho en superarlo, en cerrar esa herida que me desgarraba por dentro.
Quizá nunca la cerraría y aquel paseo solo era un parche
momentáneo. Tal vez fuera un trauma con el que tendría que vivir el resto de mi vida.
Sin embargo, en ese momento, ahí arriba, rodeado de toda la gente que lo había querido, y que siempre lo hará, era capaz de mirar hacia delante sin ponerme a llorar.
— What a shitty view —
refunfuñó Roy, y todos nos echamos a reír. Porque tenía un poco de razón. Roy siendo Roy. Hasta en los momentos menos indicados.
Debbie se acercó y me dio la mano. No dijo nada. Simplemente quería que notara que estaba ahí para mí. Ya me lo dijo en nuestra despedida: «A partir de hoy, tengo tres hijos. Tommy, Emma… and you, Mateo. Thanks for everything
». Y también me lo había dicho esa mañana: «
W ouldn’t it be better with your family by your side?».
Porque Emma y ella ya eran mi familia. Como también lo era Antonia, Vanessa, Iwan… incluso Roy. Todas esas personas que estaban allí arriba, conmigo.
Cerré los ojos y deseé con todas mis fuerzas que Tom estuviera ahí con nosotros, para que pudiera ver lo importante que había sido, lo mucho que nos había cambiado a todos.
Lo mucho que me había cambiado a mí. Y, aunque sonara cursi, estaba seguro de que, de alguna forma, él estaba ahí.
Porque esa conexión invisible que nos unía a todos…
era gracias a él. Me lo imaginé a mi lado, dándome la mano, sonriéndome, llamándome « el chico más guapest de Northwood
». Había fantaseado muchas veces con cómo habría sido esa última llamada que nunca tuvimos. « My heart’s not broken… anymore
» ,
fue lo último que me dijo. Ahora era mi corazón el que estaba roto.
Pero allí arriba del mirador, observando a toda la gente que me importaba alrededor, entendí que estaba empezando, poco a poco, a sanar.
Al final, Northwood siempre sería un lugar al que poder volver, pese a que el mundo se hubiera interpuesto entre nosotros.