Capítulo 47
Cuando Emma llegó, estábamos inmersos en una limpieza integral de la casa.
Insistí en ayudarla y no lo rechazó. Normal.
Debía de estar sobrepasada. Sin embargo, tampoco sabía qué hacer más allá de ayudarla poniendo un poco de orden en el caos en el que estaba sumida su casa.
Así que hice lo que mejor se me daba: fregar la cocina.
Y, mientras Debbie planchaba y ordenaba la ropa que tenía acumulada, yo fui lavando platos, fregando vasos, tirando a la basura toda la comida caducada que guardaba en la nevera y ordenando los armarios.
Los imanes seguían allí, al igual que las fotos o los folletos de restaurantes para pedir comida a domicilio.
Metí la mano en mi bolsillo y saqué el imán que le había comprado a Tom como regalo.
Lo observé durante un buen rato y lo coloqué en la puerta de la nevera.
Al menos sustituiría el que rompí una de las primeras noches que pasé en esa casa.
Al darme la vuelta, ahí estaba Emma, y juraría que estaba más grande, más alta.
Había crecido un montón en esos cinco meses, como si estuviera empezando a pegar el estirón, y eso que todavía tenía siete años.
Cuando me vio, no sonrió ni dijo nada. Hizo exactamente lo mismo que había hecho su madre al verme en la puerta: abrazarme.
— Are you going to stay? —
me preguntó sin separarse de mí, todavía rodeándome de la cintura.
— Yes. Two or three days —
respondí.
— Only? —
Hizo un puchero—. I want you to stay forever.
—I-I-I can’t. I have to go back, Emma —
traté de explicárselo con la mayor suavidad de la que fui capaz. Emma pareció procesar durante unos segundos lo que le acababa de decir y, cuando lo hizo, se separó.
— Ok —
dijo al fin—. Are you coming with us to Bonfire?
—Yes, yes. Of course. —
Esa respuesta era la que esperaba, porque la hice sonreír. Terrible apareció en la cocina, como siempre que estaba Emma, se subió a la mesa de un salto, maullando y moviendo la cola continuamente.
— He’s happy —
comentó Emma, y se acercó para cogerlo. Aunque Terrible se resistió un poco al principio, al final se dejó hacer. Emma lo acurrucó entre sus brazos y salió de la cocina. Al cabo de un rato, la escuché hablando con Debbie, diciéndole que yo también iba a ir con ellas por la noche.
¿Debería avisar a la banda? Era bastante probable que me los encontrara en el paseo desde la calle central hasta el punto más alto de Northwood.
Iba a ser un poco violento que se enteraran así de que había vuelto, ¿no?
Tenía el teléfono móvil en la habitación.
Cuando terminara de limpiar, subiría a por él y les escribiría en el grupo.
Me costaba horrores verlos, pero, por otro lado, eran una parte imprescindible de la vida de Tom y, quizá, era eso lo que necesitaba para cerrar un poco la herida que me estaba consumiendo por dentro.
Aunque, al final, no tuve que tomar la decisión.
Al menos no ese día. Ya que cayó tal tormenta en Northwood que se tuvieron que cancelar todas las actuaciones y actividades, y recomendaron a la gente que no saliera de casa.
Porque no era solo lluvia, sino tormenta eléctrica, y ver los fuegos artificiales
en el parque, rodeados de árboles, no era precisamente lo más seguro del mundo.
La decepción de Emma fue real. Lloró amargamente toda la tarde.
Debbie ya no sabía cómo calmarla. Yo trataba de ayudar también, pero por dentro me podía la frustración.
Me sentía como si hubiera ido hasta allí para nada.
Es decir, ¿no iba a poder hacer ni siquiera el paseo que le había prometido a Tom?
No podía estar pasando. Tenía que ser una broma.
Para la única cosa que podía hacer por él ahora que ya no estaba… hasta en eso fracasaba.
Bueno, pues saldría yo por mi cuenta. No iban a detenerme, ¿verdad?
Llevaría mi chubasquero, un buen paraguas e iría con cuidado.
Seguro que no era el único que decidía animarse pese al mal tiempo.
El único problema era Debbie. ¿Cómo iba a salir sin que lo supiera ella?
A lo mejor podía aprovechar cuando estuviera dormida, ¿no?
Aunque eso iba a ser una jugada muy fea por mi parte.
¿Cómo le iba a hacer eso cuando me había dicho que quería hacer el recorrido conmigo y con Emma?
Algo me agarraba el corazón por dentro, estrujándolo continuamente.
No me dejaba ni un segundo de respiro. Ya era tarde.
Ya era tarde para todo, por mucho que me empeñara en que no.
Tenía que empezar a admitir la realidad por mucho que me costara. Pero joder, lo mucho que costaba…
— Mateo, thank you for all your help —
me agradeció Debbie en cuanto terminó de ordenar la ropa—. I can’t thank you enough for everything you’ve done.
—You’ve done so much for me too —
respondí.
—Siento… siento que no poder ir… a Bonfire Night.
—
No pasa nada —contesté—. Es lo que tiene Northwood. Aquí la lluvia es una habitante más.
— But we can still try to have a nice night. Don’t you think? —
sugirió.
—Sure.
Debbie hizo jacket potatoes
(patatas asadas) para cenar, con mantequilla y coleslaw
(que era una especie de ensalada de col), manzanas de caramelo y cerveza de mantequilla sin alcohol.
Además, se puso superelegante, con un vestido negro increíble.
Se onduló el pelo, se retocó su maquillaje, se puso tacones y su colgante de oro favorito.
Y me pidió que yo me pusiera lo más elegante posible también.
Ya que no salíamos, al menos íbamos a hacer una cena de gala para nosotros tres.
Cuatro, que había que contar también con Terrible.
Debbie encendió la chimenea (« At least we have one bonfire lit
») y puso música de fondo para que el silencio no nos engullera. Había muchas canciones que no reconocía, como siempre. Y una de ellas pareció hacerle especial ilusión, porque empezó a cantarla, muy concentrada y con las lágrimas rodando por sus mejillas.
—« It was written that I would love you, from the moment I opened my eyes
» .
—La verdad es que la canción era preciosa, y más aún en la voz de Debbie—. « And the morning when I first saw you, gave me life under calico skies
» .
A la vez que cantaba, iba preparando unas tazas de chocolate caliente para los tres.
—« I will hold you for as long as you like. I’ll hold you for the rest of my life
» .
—It’s… so nice. It’s beautiful
—se me escapó decir.
— Do you know the song?
—me preguntó Debbie.
— Actually… no. I don’t.
—Paul McCartney. «Calico skies». I used to sing this to Tom every night when he was little… It helped him fall asleep.
—Sonrió, con ese toque melancólico de quien sabe que no va a poder recuperar algo que el tiempo le ha arrebatado.
Y, aunque no pudimos hacer el plan que teníamos pensado, estuvimos juntos, que era lo importante. Acabamos la noche viendo vídeos de Tom de pequeño en el ordenador. Desde sus
primeras funciones escolares hasta cuando tocó por primera vez con la banda. Y era muy gracioso ver a Roy sin vestir de negro, con el pelo corto y sonriendo. ¡Sonriendo! Ese vídeo debía de estar hecho por inteligencia artificial porque, si no, no me lo explicaba.
Cuando llegó la hora de dormir, Debbie me preparó el mismo cuarto en el que me había quedado en abril, poniéndome sábanas nuevas.
Había metido en la secadora la ropa con la que había llegado por la mañana y estaba seca y perfectamente planchada, con ese olor tan característico a lavanda que me recordaba tanto a Tom y a su ropa cuando me la dejaba.
Llevaba todo el día temiendo que llegara la noche.
Porque, cuando llegaba el silencio, esa oscuridad y todo el mundo dormía, no me quedaba otra que estar solo con mis pensamientos.
Solo con mis recuerdos. Y los únicos que poblaban mi mente tenían a Tom de protagonista.
Sin embargo, no podía permanecer despierto eternamente. Era algo inhumano.
Debbie me dio un beso de buenas noches y se marchó a su habitación, dejándome solo de nuevo.
Por la ventana no entraba más que oscuridad, rota solo por una de las farolas que iluminaban tenuemente la calle.
Escuchaba truenos cada vez más cercanos y la lluvia golpeaba el cristal de la ventana con fuerza.
La tormenta fuera era inmensa. Menos mal que al final me había quedado en casa o no habría conseguido ni dar dos pasos sin empaparme o salir volando detrás de mi paraguas.
Nos habíamos ido bastante pronto a la cama, porque Debbie estaba agotada y se notaba que, como yo, llevaba días sin dormir.
De día me costaba mucho menos conciliar el sueño.
Era la noche lo que me superaba. Era la noche lo que me aterraba siempre.
Me tumbé boca arriba y así estuve dejando pasar el tiempo, tratando de no pensar en nada, de dejar la mente en blanco y coger el sueño.
Era imposible. Sabía, desde que me metí en la cama, que no iba a dormir ni un solo segundo.
Después de casi una hora en la misma posición, decidí salir de entre las sábanas y bajar al salón.
Quizá poniéndome una película de fondo mientras me tumbaba en el sofá…
, con voces de fondo, me resultaría más fácil desconectar y no estar a solas con mis pensamientos y recuerdos.
Cogí la manta y me la coloqué sobre los hombros, casi como si fuera una capa, y salí de la habitación.
El pasillo estaba helado. Menos mal que llevaba zapatillas de andar por casa.
Llegué a las escaleras pensando en que podría coger de la cocina algo para picar mientras me entraba el sueño, cuando me fijé en que la puerta del cuarto de Tom estaba entreabierta.
Sabía que me iba a doler, pero igualmente me acerqué.
Quería volver a ver su habitación. Seguramente Debbie ya la habría vaciado o estaría todo en cajas.
Según iba llegando, mi mente me decía que diera media vuelta, pero no lo hice.
Poco a poco tenía que ir enfrentándome a ciertas cosas y la habitación de Tom era una de ellas.
Llegué a la puerta y me asomé. Todo estaba igual.
No había cambiado nada. Incluso las prótesis estaban ahí.
Y, sobre la cama, estaba Debbie, dormida.
Debía de estar siendo tan duro para ella…
Superar la muerte de un hijo… «Uf, tiene que ser horrible».
Sobre la mesa estaba su móvil y sonaba música a muy bajo volumen.
He’s just a young boy
looking for a way to find love.
Entonces, los escuché. No era la música.
No eran truenos. Era otra cosa. Como pequeñas explosiones lejanas.
¿Serían…? Volví sobre mis pasos, volviendo a dejar la puerta como estaba, y entré en mi cuarto, acercándome a la ventana.
La abrí y el viento entró como un huracán, revolviéndome el pelo y congelándome
al instante. No obstante, por encima del ruido de la lluvia, podía escuchar los fuegos artificiales y los veía.
Decidido, me puse una sudadera y bajé al salón, tratando de hacer el menor ruido posible. Cogí un paraguas, mi chubasquero y las llaves, por si acaso. Me puse mis botas y salí al jardín delantero. Seguía diluviando, pero al menos el viento estaba dando una especie de tregua.
¡BOOM!
Los fuegos artificiales empezaron a decorar el cielo nocturno. Pese a haber cancelado las actividades para la Bonfire Night,
habían decidido mantener la tradición de lanzar los fuegos artificiales.
Y era precioso verlos, dibujando extrañas formas en el cielo, mezclándose con la lluvia y con los relámpagos como si fueran una proyección de la mismísima Vía Láctea, recordándome en ese preciso instante al proyector de estrellas que tenía Tom en su habitación y que usaba cuando componía sus canciones.
No había podido verlos con él, pero al menos había cumplido parte de la promesa.
Y, por primera vez desde que… desde «ese» día, estaba sintiendo algo parecido a la paz interior.
Al parecer, había acertado y el primer paso para recuperarme…
era precisamente haber vuelto a Northwood.
Para cerrar el círculo o, al menos, empezar a hacerlo.