El mundo entre nosotros Capítulo 43 #2
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Capítulo 43 #2

fue un poco regular. Y Tom, entre que no tenían mucho dinero y que estaban los problemas con su padre, pues tampoco podía pensar en venir a Madrid antes del intercambio.

—Y yo, Tom. Uf, no sabes cuánto —aseguré.

—Tengo ganas de conocer a tu familia y a tus amigos. Es que… no sabes cuánto necesito este viaje, Mateo. Bueno, sí lo sabes. Si hablamos todos los días.

—Claro que lo sé. Porque yo estoy igual.

Dios, cualquiera que nos escuchara…

—Roy ya habría soltado alguno de sus comentarios. Lo sabes, ¿no? —Mi chiste le provocó un ataque de risa de esos explosivos que tenía siempre. Tanto que hasta se puso a toser sin parar durante unos segundos—. Bebe agua, que te vas a ahogar.

—Nada… ya-ya me conoces. Se me pasa… —Siguió tosiendo un rato más hasta que por fin pudo volver a hablar—. Oye, Mateo, quiero decirte algo antes.

—Dime, claro.

Pero no contestó. Escuché los maullidos de Terrible de fondo. Seguramente se le habría lanzado encima o le habría pisado la cola. Vete tú a saber.

—Ten cuidado que hay veces que se lanza a por los ojos —bromeé. Pero Tom seguía sin hablar.

Escuché un golpe seco, como si se hubiera caído el móvil al suelo. Y nada más. Silencio. Tanto que me empecé a preocupar. Porque no es que hubiera silenciado la llamada, ya que podía escuchar el ruido que venía del otro lado de la línea.

—¿Tom? ¿Estás ahí? ¿Estás bien? Tom… ¿Tom?

Nada.

No respondía.

Dios, joder, ¿qué pasaba? ¿Se… se habría caído o algo?

Era muy raro que no contestara. Empecé a temerme lo peor.

¿Qué podía hacer a tantos kilómetros de distancia?

¿Y Debbie? ¿Es que no estaba por ningún lado?

Volví a escuchar a Terrible maullar, pero no se escuchaba nada más.

Así que volví tras mis pasos, camino de la cocina, bajando a toda velocidad, dando un salto cuando aún me quedaban cinco escalones y casi me comí la pared de enfrente.

Di tal golpe que mi madre salió de la cocina, asustada.

—¿Mateo? ¿Qué pasa? ¿Qué ha sido ese ruido?

—¡Mamá! ¡Es Tom! ¡No responde! —exclamé, fuera de mí. Mi madre no entendió nada, claro. Se limitó a mirarme, confusa y perdida, con las manos abiertas y negando con la cabeza.

—¿Qué pasa?

—¡Tom! ¡Tom! —Seguí corriendo hasta la cocina. Dejé el móvil sobre la mesa y lo puse en altavoz—. ¿Estás ahí? ¿Tom? ¿Me oyes?

—¿Qué ocurre? ¿Qué son esos gritos? —preguntó mi abuela. Pero yo solo podía centrarme en la llamada con Tom, deseando escuchar aunque fuera un susurro de su voz. Mi corazón parecía tener ganas de salir por mi boca y huir lo más lejos posible.

—Mateo —me llamó mi padre, acercándose con cautela y poniendo su mano sobre mi espalda—, ¿qué pasa? ¿Le ha pasado algo a Tom? ¿Es eso?

Me costaba respirar. Me costaba incluso contestar a una pregunta tan sencilla como esa. Porque no sabía qué hacer. Estaba totalmente bloqueado.

—Sí, eh… sí. No sé. No lo sé. No sé —repetía una y otra vez. Mi padre cogió el teléfono para ver si escuchaba algo—. Estábamos hablando y-y de repente… se puso a toser. Me dijo que me tenía

que decir… y escuché el maullido de Terrible y un golpe como si se hubiera caído algo… Y no ha vuelto a decir nada. Pero la llamada sigue y… y…

—¿Quién es Terrible? ¿Qué dice? —mi abuela.

—¡Es su gato, joder! —bramé.

—¡Mateo! ¡No hables así a tu abuela! —me reprendió mi madre.

—Vamos a sentarnos, hijo —murmuró mi padre con suavidad, y apartó una silla, haciendo presión con su mano sobre mis hombros para que tomara asiento.

Yo no tenía fuerzas para negarme a nada, la verdad—.

Seguro que hay una explicación —inquirió con suavidad.

Sabía que no podía hacerme pensar mucho más, porque yo estaba al borde del llanto de los nervios que estaba teniendo.

—Estábamos… estábamos hablando de las ganas que teníamos de que viniera… —musité.

—¿Tienes el teléfono de su madre? ¿Podríamos llamarla?

—¿Cómo? Eh… —me costaba pensar, pero claro. Tenía razón—. Te-tengo el teléfono de Debbie. Su ma-madre.

—Vale. ¿Puedes dármelo y la llamamos desde mi móvil? No cuelgues tu llamada con Tom, por si acaso.

—Sí, eh, cla-claro.

Me devolvió el móvil y yo lo cogí con las manos temblándome.

Mi padre me las cogió, haciendo que dejara de temblar, tratando de calmarme con su tacto.

Dirigiéndome poco a poco, porque sabía que yo era incapaz de tomar ninguna decisión en ese momento.

Busqué el número de Debbie y mi padre lo marcó desde su móvil.

Sin embargo, Debbie no lo cogía. Claro. Vería un número extranjero y no se atrevería a descolgarlo.

Seguramente pensaba que era un timo telefónico o algo parecido.

—¿No lo coge? —pregunté, de los nervios.

—Probemos desde el tuyo.

—¡NO! ¡No puedo colgar! ¡No puedo colgar la llamada! —bramé.

—Hijo, escúchame. Su madre no coge el teléfono porque no reconocerá el número. Si tiene el tuyo guardado, será mucho más fácil. Será solo un segundo. Ya verás.

—¿Y si no lo coge y perdemos la llamada con Tom? —sollocé.

—Lo cogerá. Ya verás. —Y, mientras me lo decía, mi madre llegó por detrás y también puso su mano sobre mi espalda, acariciándome suavemente.

Me costó, pero al final aflojé y mi padre volvió a coger mi móvil.

Colgó la llamada de Tom y ahí mis lágrimas empezaron a salir a borbotones de manera incontrolable.

Buscó de nuevo el número de Debbie y llamó.

«Joder, por favor. Que lo coja. Necesito que lo coja.

Que responda a la llamada. Por favor. Por favor».

— Mateo? Hello, love. How are you?

—escuché la voz de Debbie, tan británica como siempre.

— Debbie! It’s Tom! Go to his room! —

grité como si me fuera la vida en ello.

— Tom? What happened with Tom? —

sonaba preocupada a la par que confusa.

—His room! Something… something happened!

No respondió, pero la escuché corriendo por la casa, subiendo las escaleras y llamando a la puerta de la habitación de Tom.

— Tom, love? —

preguntó y, como nadie respondía, escuché cómo abría la puerta—. Tommy! Breathe, love, breathe!

—

¿Debbie? ¡Qué pasa? ¿Está bien? ¿Qué le pasa? —grité, pero Debbie no respondió. No me decía nada. ¡Y yo solo necesitaba saber lo que estaba ocurriendo! ¡Porque me estaba volviendo loco y…! Y la llamada se cortó—. ¿Debbie? Are you there?

¿Debbie?

Me separé el teléfono de la oreja y vi que había colgado. Empecé a sentir unas náuseas enormes, con el corazón encogido

y la respiración acelerada. Tanto que no podía controlarla.

Sabía que mis padres me estaban hablando, pero no entendía ni una palabra.

Los escuchaba como si estuviera bajo el agua, como un eco lejano.

Me acerqué al fregadero y vomité. Mi madre corrió en mi ayuda y me acarició la espalda.

Mi padre cogió una botella de agua de la nevera y me la ofreció.

Yo… yo solo podía pensar en Tom. Pensar en que algo terrible le acababa de pasar.