El mundo entre nosotros Capítulo 44
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Capítulo 44

Tuvieron que pasar casi dos horas para que pudiéramos saber algo de lo que había pasado con Tom.

Fue Debbie la que me llamó, entre lágrimas, pero tratando de hablar sin trabarse.

Se la notaba muy nerviosa y, como yo estaba igual, se hacía difícil que tuviéramos una conversación.

Así que mi padre cogió el teléfono por mí. Menos mal que sabía inglés.

Tom había perdido el conocimiento y estaba en urgencias, en revisión.

Sin embargo, por ahora, no sabía nada más.

Era verdad que Debbie siempre se asustaba muy rápido, pero una cosa era un ataque de tos y otra muy diferente que se desmayara en su cuarto y perdiera el conocimiento.

Eso ya eran palabras mayores. Yo no podía dejar de pensar en todo el tiempo que había tardado en avisarla para que fuera a ver a su hijo a su habitación.

Si no llega a ser por mi padre, ni siquiera se me habría ocurrido.

Tom se habría quedado ahí, tirado en el suelo…

No podía pensar en ello.

Lo importante es que habían llegado al hospital y ya estaba siendo cuidado.

Solo nos quedaba esperar a que saliera algún médico y le dijera a Debbie qué había pasado y si estaba bien.

Esa mañana yo había tenido mi primer ataque de ansiedad.

Si no llega a ser por mis padres, me habría ahogado ahí mismo en la cocina.

Me ayudaron a que me calmara y a pensar en

mi respiración. Tardé, pero lo conseguí. No obstante, ahora que sabía que Tom estaba en urgencias, el corazón volvía a latirme con fiereza. Porque yo, como Debbie, temía que volviera al hospital. Sabíamos lo que podía significar, aunque ninguno quisiéramos decirlo en voz alta.

—Mateo, ve a dormir un rato. En cuanto haya novedades, nosotros te avisamos —sugirió mi padre.

—No —espeté—. No puedo dormir ahora. Tom me necesita.

—Pero no puedes hacer ahora nada, hijo —me recordó mi madre—. Solo podemos esperar a que su madre vuelva a llamar. En cuanto sepan algo, seguro que nos llaman.

—Da igual. No quiero dormir —insistí.

Mis padres se miraron, nerviosos, comunicándose con la mirada. De algo tenía que servir que llevaran tantos años casados.

—Vale, cariño. Ven a la cocina conmigo, que una de las infusiones de la abuela te vendrá bien —propuso mi madre, y yo, aunque reticente, acepté y bajé de la mano con ella. Mi padre tenía tanto mi móvil como el suyo en las manos, expectante de cualquier llamada o mensaje que pudiera llegarnos.

Mientras me tomaba la tila, llamaron al timbre. Mi abuelo abrió y, al rato, Sara, la responsable del intercambio, entró en la cocina.

—Buenos días —saludó muy educadamente.

Me giré para ver quién era y, al ver a Sara, el estómago se me cerró al momento. ¿Es que tendría alguna novedad? ¿Sabría algo que nosotros no?

—Buenos días —saludó mi madre, que seguía acariciándome la espalda—. Sara, ¿verdad?

—La misma —dijo ella con esa seguridad con la que siempre hablaba—. No quería molestarlos tan pronto, pero no sé si han podido hablar con la familia Green, pero…

—Sí, ya hemos hablado con ellos —intervino mi madre—. Hemos hablado con su madre.

—Oh, ah… vale —comenzó Sara, como decepcionada por no haber llegado a tiempo—. Solo quería avisarles de que, por ahora, Thomas Green no va a poder venir hoy al intercambio.

—¿Sabes algo más? ¿Cómo está? —pregunté, mirándola directamente.

Me vi reflejado en su mirada, porque su expresión cambió a una de pena absoluta, como si hubiera visto un perrito abandonado en la calle. Sara buscó un poco de apoyo en mi madre o en mi tía Julia, pero ellas también estaban expectantes, para saber si traía noticias, algo nuevo que no supiéramos.

—Su madre… ehm… solo me ha dicho que pasará el día ingresado.

Tienen que hacerle más pruebas aún. No sabemos mucho más —admitió Sara.

Estábamos todos igual. Con el corazón en un puño, esperando saber algo que nos…

que me pudiera dar esperanza de que Tom estaba bien, de que se iba a recuperar, como siempre lo hacía.

Ese día no fui a clase. Ni yo tenía fuerza ni mis padres la tenían para obligarme a ir.

Así que estuve toda la mañana sentado en la mesa de la cocina, dándole vueltas con una cuchara a la infusión que me había preparado mi madre (no había bebido ni un sorbo) y mirando cada cinco segundos mi móvil, pese a que lo tenía con el volumen en alto.

Daba igual. Necesitaba entrar cada minuto en nuestro historial de mensajes, siempre pensando que me había escrito y se me había escapado la notificación.

Pero nada. Cero. Estaba totalmente desaparecido.

Escribí varias veces a Debbie, pero ni siquiera le llegaban los mensajes. Debía de estar pasándolo fatal.

No fue hasta después de comer que mi móvil empezó a sonar. Una llamada.

—¿Debbie? How is he?

¿Cómo está?

— Hey, Mateo…

—No era la voz de Debbie, sino de Tom. Se le notaba cansado. Hablaba en susurros y le costaba mucho respirar. Estuve a punto de ponerme a llorar solo de escucharlo, porque tuve la peor sensación del mundo nada más oír ese Hey, Mateo.

Una puñalada al corazón.

—Hey, Tom… —No quería hablar más alto que él ni ponerlo nervioso. Tenía que estar calmado. Por él—. ¿Cómo estás?

— I just… I didn’t want you to freak out.

—

Creo que ya es tarde para eso. —Lo escuché reír débilmente.

— It’s fine. They’re just running some tests.

—¿Y tú cómo te sientes? —Estaba haciendo un esfuerzo titánico relajando mi voz y respiración.

—Cansado. Muy cansado. —Dejó un silencio de varios segundos antes de seguir hablando—. Siento… siento el susto que te he dado antes.

—No pasa nada. Lo importante es que estés bien.

—¿Estás llorando? —preguntó, inquisitivo. ¿Tanto se me notaba?

—No, no. Para nada.

— You know you are… a terrible liar. —

Y escucharle decir eso me hizo reír.

—Antes… ibas a decirme algo —le comenté con suavidad. No quería hacerle pensar de más. No en esa situación.

—No lo sé… no recuerdo.

— You are a terrible liar too —

bromeé, y Tom empezó a toser. Escuché a Debbie de fondo tratando de quitarle el móvil, pero Tom se lo impidió.

—Tengo que colgar. ¿Hablamos esta noche? ¿Podrás?

—Claro. Por supuesto.

— Great —

suspiró—. Gracias, Mateo.

—No me des las gracias. —Las lágrimas volvieron.

—Claro que te las doy. Me has… cambiado la vida, Mateo Luarte. —Escucharlo tomar aire para decir cada palabra me

dolía físicamente, me daba la impresión de que se estaba ahogando—. You are a real kintsugi. My heart…

—Tom, love, yo have to… —

Debbie estaba inquieta y, seguramente, muy nerviosa por la situación. Pero solo necesitaba un segundo más. Un segundo más escuchando su voz.

— My heart’s not broken… anymore.

Tom volvió a toser y Debbie cogió la llamada, diciéndome que su hijo necesitaba descansar y que me informaría de cualquier novedad tan pronto como supiera algo. Yo insistí en que le dijera que lo quería. Que quería a su hijo por encima de todas las cosas. Debbie me aseguró que se lo diría y colgó.

Y esa noche esperé.

Esperé.

Esperé.

Pero el tiempo pasaba y no recibía ninguna llamada de Debbie.

Ni de Tom. Ni de nadie. No pude pensar en otra cosa en todo el día.

Vinieron Ale y Juan a visitarme, por lo menos me ayudaron a distraerme un poco.

Aunque, en cuanto había un poco de silencio, volvía la voz de Tom a mi cabeza.

¿Qué estaría pasando? ¿Estaría ya bien? ¿Le habrían dado los resultados? ¿Podría irse a casa?

Me quedé dormido con el teléfono en la mano, con la cabeza apoyada en la mesa de la cocina.

Pensaba que, si me movía del sitio, si me cambiaba de habitación, eso le traería mala suerte.

Así que no me moví. Todos se fueron a dormir menos yo.

Nadie se atrevía a llevarme la contraria.

Le escribí un mensaje a Tom. Ni siquiera sabía si tendría el móvil cerca, pero necesitaba decirle lo importante que era para mí.

Si no puedes venir a Madrid

iré yo a Northwood

Si te rompes

que sea conmigo

No me contestó.

Sin embargo, a la mañana siguiente, a las seis de la mañana, sonó mi teléfono.

Tardé un rato en desperezarme y entender dónde estaba.

Cogí el móvil torpemente justo cuando se colgó la llamada.

Tenía varias perdidas de Debbie. Iba a llamar yo cuando ella se adelantó.

Inspiré profundamente y deseé con todas mis fuerzas que lo que fuera a decirme, fuese algo bueno.

«Tom está curado. Hemos vuelto a casa. Ven a vernos a Northwood». No me hacía falta nada más.

—Debbie… —dije, descolgando la llamada. Solo pude escuchar su llanto desconsolado.

— Mateo, love… I… I need to tell you something…