El mundo entre nosotros Capítulo 43
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Capítulo 43

Madrid

Cinco meses después

No podía creerme que fuera a ver a Tom de nuevo después de todo el verano separados.

Northwood sonaba ya a algo tan lejano… Sin embargo, lo seguía teniendo cerca, como si hubiera estado la semana anterior y no cinco meses atrás.

Sabía que, en cuanto Tom apareciera por la puerta de «Salidas» del aeropuerto, sería como volver a estar allí, en su casa, viendo películas, planeando ensayos con la banda, comiendo las recetas de Debbie sin parar.

Esos meses habían sido extraños. Especialmente las primeras semanas.

No podía dejar de pensar en él y tenía que admitir que estaba de mal humor todo el tiempo. No soportaba ni una de las tonterías de Bruno o las gilipolleces del instituto. Todo me parecía poco. Todo me parecía gris y sin vida comparado con la vida en Northwood.

Pero, al menos, hablaba todos los días con Tom. Si no era por mensajes, era por videollamada. Aunque en casa me resultaba

un poco complicado, porque siempre había alguien escuchando, tratando de cotillear nuestras conversaciones. Una noche que Bruno había quedado con sus amigos, Tom y yo intentamos hacer sexting,

pero estuvo a punto de pillarnos mi madre.

Desde ese momento, debía tener mil ojos y oídos.

Si hacíamos algo, se resumía en pasarnos fotos o vídeos y verlos en el baño.

Y casi siempre recordábamos esa última noche en Northwood.

Nuestra última noche durmiendo juntos. Y cómo nos besamos durante horas.

He dicho que dormimos, pero es un poco mentira.

Porque no llegamos a hacerlo más de media hora.

No podía quitarle las manos de encima.

No era capaz de separarme de él ni un solo centímetro. Y él de mí tampoco.

—¿Qué tal estás? —me preguntó mi padre. Yo estaba terminando el cartel en el que había escrito «TOM GREEN, BIENVENIDO A MADRID». Le había añadido un poco de purpurina (mala idea, porque llevaba todo el día con ella pegada en los dedos) y estaba repasando las letras para que se pudiera ver bien.

—A punto de terminar esto… —dije, concentrado.

—No te vayas a dormir muy tarde, ¿eh? —me aconsejó. Yo me limité a asentir en automático. Se acercó, me dio un beso en la frente y se fue hacia las escaleras, camino de su habitación.

Aún recordaba cuando les conté a mis padres que Tom y yo éramos novios.

Mentiría si dijera que no se me pasaron por la cabeza todas las dudas y preguntas que habíamos hablado Tom y yo.

¿Y si me rechazaban? ¿Y si decían que era un bicho raro o una fase?

¿O que no podían aceptarme como su hijo?

Estuve con el corazón encogido todo el día.

Lo bueno es que luego fue superbién, ¿eh?

Es decir, se alegraron por mí. Mi padre dijo que no era ninguna sorpresa, que ya lo sabían (o lo intuían) desde hacía tiempo y que se alegraban mucho de que tuviera a alguien a mi lado que me hiciera feliz. Sin embargo, el momento fue

horrible, porque tenía tanta tensión acumulada que solo quería gritar. Odiaba tener que haber pasado por todo eso. Mi madre también me dijo que se sentía fatal porque yo hubiera pensado siquiera que me iban a rechazar o algo malo.

—Somos tus padres, Mateo. Te queremos seas como seas.

Lo importante es que eres tú. No necesitamos nada más.

—Probablemente fue lo más amable que me había dicho mi madre en los últimos años.

Creo que contárselo hizo que tuvieran más ganas de que viniera Tom y comenzar el intercambio.

Al final, no todos los días se conocía al novio de tu hijo, ¿no?

Durante el verano no solo había hablado con él, sino con el resto de la banda, porque seguíamos teniendo un grupo en conjunto.

De vez en cuando me enviaban fotos desde el club de críquet o Northbloom.

Incluso Roy me había escrito alguna vez por separado para preguntarme que qué tal estaba, aunque siempre con alguna excusa absurda.

Supongo que para no reconocer que realmente también se preocupaba por mí.

No podía ser más orgulloso. Pero con la que más hablaba, después de Tom, era con Antonia.

Por supuesto. Y me había dicho que vendría a Madrid a finales de año, porque sus padres querían ver las luces de la ciudad; cosa que no entendía, y más teniendo Londres cerca, que seguramente sería mucho más bonito.

Sonó mi teléfono móvil y el corazón me dio un vuelco de la emoción. Era Tom.

Nos vemos mañana, guapo

Aún no me creo que vayas

a venir a Madrid

Ni yo. Pero no sabes las ganas

que tengo de verte

Lo sé

Porque yo tengo las mismas

O más

Eso es imposible

Descansa, amor

Te quiero

Buenas noches, Tom

Te quiero

Tom estaba con ganas. Sobre todo, después del mes de agosto que había pasado, con revisiones continuas.

Siempre había algún pequeño susto. «Es porque hago demasiado esfuerzo.

Pero claro, no voy a estar todo el día en casa sin hacer nada, ¿verdad?

», me decía siempre. Y claro, ¿qué le iba a decir yo?

Que se lo tomara con calma. Que no pasaba nada por descansar un poco más de la cuenta.

Obviamente estuve toda la noche sin dormir de los nervios.

Cuando me desperté esa mañana, no podía parar.

Necesitaba ir ya al aeropuerto y esperarlo allí.

Necesitaba verlo, abrazarlo. El vuelo era muy pronto, así que llegaría totalmente agotado del viaje.

Nada que no pudiera curar una buena noche viendo pelis tumbados en el sofá, comiendo palomitas y planeando todo el mes. Juntos.

—Mateo, relájate. Que aún ni siquiera ha salido su avión —trató de calmarme mi padre mientras se servía un café. Eran todavía las siete de la mañana. El vuelo de Tom no salía hasta las diez. Pero yo no podía dormir más.

—Ya, ya lo sé.

—¿Por qué no te vas a dormir un poco más? Yo tengo trabajo que hacer.

—No puedo dormir, papá. Me pondré a ver la tele, tú tranquilo, que no molesto.

No podía contener la emoción. Habían pasado cinco meses… Y sí, pasaron rápido, pero no tanto como me habría gustado. Odiaba esperar. No podía seguir esperando ni un minuto más.

Hacía tan solo dos días que habíamos hablado por videollamada. Me contó lo que le había parecido el libro que le regalé: Aristóteles y Dante descubren los secretos del universo

y, por lo que me dijo, le había encantado. Ahora quería leer la segunda parte, aunque yo no la había leído aún. También me gustó el que él me regaló: Maurice

, de E. M. Forster. Al parecer, era un autor británico muy famoso; incluso habían adaptado muchos de sus libros a películas.

Y, por lo que me dijo, el autor tardó casi sesenta años en publicar la novela.

De hecho, se publicó un año después de su muerte.

«Fue la primera historia con dos protagonistas gay que leí en mi vida».

Aunque algunas partes me costó entenderlas, porque todavía se me resistía leer bien en inglés, he de admitir que el libro me gustó mucho, especialmente el final.

—¿Has pensado ya en planes para hacer con él? —me preguntó la abuela, que justo entraba en la cocina, vestida con su bata blanca de flores y sus zapatillas de andar por casa de color rosa.

—Sí, tengo bastantes pensados, sí.

—Vais a pasar Halloween juntos —añadió mi padre, curioso.

No había pensado en ello, pero era verdad.

Tom se quedaba en Madrid hasta el 2 de noviembre.

Luego regresaba a Northwood, justo a tiempo para la noche de Guy Fawkes.

Le había prometido hacer el camino con él, pero tenía colegio.

¿Cómo iba a conseguir escaquearme? Ni idea.

Pero lo intentaría, desde luego. Quizá cuando mis padres nos vieran juntos, se ablandarían y decidían que podía saltarme un par de días de clase. Tampoco era para tanto, ¿no?

—Lo sé. Tampoco he pensado tanto —admití, cogiendo un dónut glaseado del paquete a medio abrir de la encimera.

—Todos estamos deseando conocerlo. Nos has hablado tanto de él… —comenzó a decir mi padre, pero empezó a sonar mi móvil y sabía que era Tom.

—¡Me llaman! Sorry,

me voy. —Cogiendo otro dónut para el camino, metiéndome el que ya tenía en la boca para sujetarlo con los dientes, salí de la cocina, cruzándome con mi tía Julia y mi madre.

—¿Quién te llama a estas horas? —preguntó mi madre.

—Es Tom. ¡Me voy arriba!

—Déjalo. El amor adolescente es lo que tiene —añadió mi tía, y las dos entraron en la cocina al tiempo que yo descolgaba la llamada ya casi en las escaleras.

— Good morning —

saludé con una sonrisa en la cara.

—Buenos días, Mateo. ¿Cómo está el chico más guapo de Madrid?

—Le preguntaré cuando lo vea —bromeé—. ¿Listo para el vuelo?

—Justo acabo de terminar la maleta —anunció, y escuché un maullido de fondo.

—Veo que Terrible te está ayudando, ¿no?

—Hoy está especialmente nervioso. Quizá porque sabe que me voy. Este gato sabe cosas. Las huele —susurró, como si Terrible pudiera entenderle.

—Nunca hay que subestimar a Terrible —continué la broma.

—¿Vas a venir a buscarme al aeropuerto? —quiso saber, con una voz de preocupación genuina. Pero lo calmé al momento.

—Claro. También viene Sara… Es la Angie de aquí. Y te digo que es mucho más normal.

—Eso no es difícil. I mean… —

Se echó a reír.

—No, desde luego que no. Se la quiere igual. —Nos quedamos en silencio un rato, mientras escuchaba de fondo cómo seguía guardando cosas en la mochila—. Es fuerte, ¿verdad?

— What is?

—

Que vayas a venir a Madrid. Hoy. Vamos a estar juntos en Madrid. Aún estoy que no me lo creo —admití. Era muy raro el hecho de pensar en ello siquiera.

—Sí. La verdad es que es… raro. Pero tengo muchas ganas de verte. Y de abrazarte. Y de besarte.

Escucharle decirme eso hizo que me pusiera rojo de la vergüenza.

Los cinco meses habían sido duros. Mis padres y yo estuvimos a punto de ir a Londres un fin de semana en julio, pero finalmente no pudimos porque la abuela se puso muy enferma y tuvimos que quedarnos. Ahora ya estaba bien, pero su timing