El mundo entre nosotros Capítulo 42
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Capítulo 42

Esa última noche fue la más especial de todas, sin lugar a dudas.

Sé que lo digo mucho, pero es que cada día que pasaba superaba al anterior.

La canción que me había compuesto Tom, «Kintsugi», era literalmente pura magia.

Ese tipo de música que conecta contigo a todos los niveles y te hace sentir emociones diferentes.

Algo que no eres capaz de sentir de otra forma.

Solo podía fijarme en la boca de Tom mientras pronunciaba cada palabra.

Sentía un escalofrío cada vez que pensaba que todas iban dirigidas a mí.

Y sí, me puse a llorar. No descontroladamente, pero sí rodaron por mis mejillas lágrimas de emoción, de esas que surgen sin que puedas hacer nada por evitarlo.

Porque, cuando Tom susurraba, lo hacía directamente hacia mi corazón.

Northwood me había cambiado por completo.

Antes no era capaz de llorar en público ni de emocionarme. Estaba todo el día amargado, de mal humor. Enfadado con el mundo. Ni siquiera era capaz de decir públicamente que era gay, que me gustaban los chicos. Todo eso había cambiado. Todo había quedado atrás.

Y, aunque me daba pena tener que irme, incluso sentía miedo de volver a Madrid y enfrentarme a mi antigua vida, también

tenía ganas. Ganas de probar ese nuevo yo. Ganas de ponerlo a prueba.

—« Kintsugi…

» —añadió Antonia de fondo, en un susurro que se fue apagando al igual que la guitarra de Roy.

No paré de aplaudir mientras toda la banda hacía reverencias, saludando al público, que, en ese caso, era solo yo.

Tom se acercó al borde del escenario y me tendió la mano.

Yo me levanté de la butaca y fui directo hacia él, cogiendo su mano y subiendo con todo el grupo.

—Gracias, gracias y gracias. I mean… thank you. You are the best.

—We know —

replicó Roy, resoplando y haciendo que su flequillo ondeara. Todos se echaron a reír y estuvimos improvisando los seis juntos casi toda la tarde, con Andrew grabando.

Hablamos de todo. Bailamos. Hicimos el tonto.

Por supuesto, también comimos todas las patatas fritas que pudimos comprar.

Y terminamos viendo uno de los entrenamientos de dos equipos de críquet, tirados en el césped, esperando a que llegara el atardecer, convirtiéndonos en auténticos reyes de la tarde. Los reyes de Northwood.

La despedida fue complicada. Tampoco pensaba que fuera a ser fácil.

Sabía que iba a costar. Sin embargo, estábamos tan cansados después de todo el día sin parar que quizá eso nos anestesió un poco, que era justo lo que necesitábamos.

Andrew fue el primero de todos en despedirse de mí.

Me abrazó y me dio las gracias por haber llegado a la vida de Tom.

Luego le tocó el turno a Iwan. Primero me dio la mano, pero, en cuanto se la estreché, tiró de mí (con más fuerza de la que esperaba) y también me dio un abrazo de esos de oso.

Y, tras Vanessa, Antonia me dio tal abrazo que casi me tira al suelo, sin dejar de insistirme en que la escribiera cada semana, que quería saber de mí. « Don’t forget us

» .

Roy… Bueno, Roy fue Roy. Se negó a darme un abrazo, aunque podía notar que estaba luchando por

no llorar. Se limitó a decirme un « take care»,

que fue recibido con abucheos de todo el grupo. Tampoco le podía pedir mucho más.

Y como había dicho, la noche fue la más especial de todas.

Después de cenar los cuatro juntos, Tom y yo nos fuimos a dormir.

Obviamente en su cuarto. Y, aunque comenzamos solo abrazándonos y mirándonosen la oscuridad, acabamos besándonos sin poder (ni querer) impedirlo.

No recuerdo quién se lanzó primero de los dos.

Pero qué más daba. Lo importante era que mi lengua ya había memorizado cada parte de su boca.

Desde sus dientes hasta su paladar. Mis manos se sabían a la perfección cada lunar, cada marca de su espalda.

Pero también ese camino que llevaba desde su pecho hasta su entrepierna.

Un camino que iba a recorrer por última vez.

A la mañana siguiente, Angie llegó a casa a la hora acordada.

Mi vuelo salía a la una de la tarde, así que teníamos que salir en dirección a Heath­row a las diez y media.

Se tardaba unos treinta minutos en llegar si no había problemas de tráfico.

Y Angie quería asegurarse de que yo llegara bien y con tiempo.

Obviamente, salió del coche con un cigarrillo pegado a los labios.

Como siempre. Llevaba unas gafas de sol rojas y ovaladas, una chaqueta vaquera y una falda larga de color granate.

Tom, Debbie, Emma y yo ya estábamos en la entrada de la casa, esperando con mi maleta y mis dos mochilas repletas; ya no solo de la ropa que había llevado, sino de recuerdos de esas semanas en Northwood.

Angie asintió, indicándome que me esperaba a una distancia prudencial, dejándome espacio, y se apoyó sobre el capó, mirando el sol y echando el humo lentamente, formando una pequeña nube a su alrededor.

Yo pensaba que, al menos, se acercaría para ayudarme con mi equipaje, metiéndolo en el

maletero o algo así. Pero Angie nunca hacía lo que esperabas de ella.

—Bueno… pues hasta aquí —dije, tembloroso. Me había preparado mentalmente, pero uno no se da cuenta de cuánto odia las despedidas hasta que tiene que despedirse de alguien que le importa de verdad.

—Por ahora —añadió Tom, sonriente.

Terrible maulló desde los brazos de Emma y supuse que esa era su forma de decirme adiós en su idioma gatuno.

Emma se acercó, lo dejó en el suelo y me abrazó.

No me dijo nada. En ella todo era bastante mecánico, como si fuera un robot con cuerpo de niña.

Pero me gustó sentir su abrazo. Porque me gustaba pensar que, después de todo, también había conseguido conectar con ella, pese a que hubiera tratado de cortarme el pelo una de las primeras mañanas.

—Gracias por todo, Debbie. You are the best mum in the world

—le agradecí, pero Debbie me interrumpió, poniendo la mano casi delante de mi cara. Con la otra sacó algo de su bolsillo. Un papel. Lo desdobló con cuidado y se aclaró la garganta.

—Hola, Mateo —comenzó a leer, concentrada. Aunque parecía que le costaba, así que se puso unas gafas finas de lectura para poder ver mejor la letra—. Solo quiero decirte que eres un chico maravilloso y que me gustado…

—Me ha gustado —le susurró Tom.

—Y que me ha —remarcó la palabra con fuerza— gustado mucho este mes contigo. Te vamos a echar de menos. Pero las familias nunca se dicen adiós. Así que te voy a decir hasta luega.

—Hasta luego.

— Oh, fuck! —

protestó Debbie ante una nueva corrección de Tom, que se echó a reír.

— You’re doing amazing, Debbie. Keep going —

insistió su hijo.

—Así que te voy a decir hasta luega

… luego. A partir de hoy, tengo tres hijos. Tommy, Emma… and you, Mateo. Thanks for everything.

Levantó la vista del papel y lo volvió a doblar con cuidado. Se quitó las gafas y me miró con ternura.

— Thank you, Debbie. You are amazing.

—I swore I would’t cry… and look at me —

sollozó y abrió los brazos, invitándome a acercarme a ella. Nos abrazamos y me acarició la cabeza con suavidad—. Escribe cuando llegas

.

—Claro. I will —

prometí. Debbie se separó de mí y, cogiendo a Emma de la mano, dio unos pasos hacia atrás, dejando que Tom y yo tuviéramos un poco más de intimidad.

— So… this is it —

susurró Tom—. Somos demasiado intensos, ¿verdad?

—Nunca se es demasiado intenso —repliqué.

—Te metí el libro que te compré en la maleta —señaló con picardía.

—Y yo te dejé el que te compré sobre tu cama. —Tom sonrió con amargura, sabiendo que ya tocaba la despedida.

— Don’t be a stranger, ok?

—I won’t.

—I know I love you, Mateo. —

Puso su mano sobre mi mejilla. Yo dejé caer mi cara contra su palma, sintiendo su calor una última vez.

— I know I love you too, Tom.

Nos dimos un beso en los labios, deseando que durara para siempre.

Nos separamos por fin y, mientras yo andaba hacia el coche de Angie, Debbie y Emma hicieron lo mismo hacia Tom, colocándose junto a él.

Angie terminó su cigarrillo, lo apagó contra el cemento de la carretera y, colándose por la ventanilla, lo tiró dentro del cenicero del coche.

Me abrió el maletero y yo fui metiendo todas las cosas dentro, evitando por todos los medios darme la vuelta. Porque sabía que me iba a echar a

llorar. Todavía más. Cerré el maletero y fui directo al asiento del copiloto, pero, cuando abrí la puerta, Tom gritó:

—¡Mateoo!

Me giré con los ojos llorosos. Tom ya estaba llorando y se agarraba con fuerza a la mano de su madre.

—¿Sabes una cosa?

—Dime —respondí.

— You are the guapest guy in Norhtwood!

—Y se echó a reír.

Me despedí agitando la mano, con las lágrimas cayéndome por la cara.

Cerré la puerta y por el retrovisor vi que los tres no dejaron de mover sus manos mientras Angie apretaba el acelerador y nos alejaba de allí.

Los observé hasta el último momento. Hasta que estaban tan lejos que era imposible distinguirlos.

Pasamos por delante de Northbloom, giramos en la calle donde estaba el St. Mary’s School, atravesamos la carretera que pasaba junto al parque que conocí el primer día y salimos a la autopista, camino del aeropuerto, dejando Northwood atrás.

No quería armar un espectáculo delante de Angie, pero me estaba costando horrores reprimirme.

Quería gritar. Quería decirle que diera la vuelta, que quería volver con ellos.

¿Por qué no podía durar más tiempo el intercambio?

Angie no dijo nada y se lo agradecí. Soltó el volante, como en ella era habitual, para abrir la guantera y sacar un paquete de clínex.

—Para ti. —Me lo dejó caer sobre el regazo para volver a coger el volante.

—Gra-gracias.

—No te preocupes. Cinco meses pasan muy rápido —trató de consolarme.

—Ya… supongo —musité.

— You remind me… of me. My first love was from Northwood too. —

Al ver que yo no respondía, siguió con su historia—. Estuvimos juntas casi cinco años.

—¿Y qué pasó? —pregunté, más por educación que otra cosa, mirando por la ventanilla, tratando de controlar los nervios que me consumían poco a poco.

— Life, I guess —

dijo, encogiéndose de hombros—. El primer amor es… amazing. You will remember this trip forever.

—I know —

contesté, mustio y amargado.

Claro que lo iba a recordar.

Para siempre.

El vuelo fue horrible. Estar allí arriba, encerrado, sin contacto con el mundo exterior. Sin poder hablar con Tom. Sin poder escribirle cada cinco segundos…

Me había acostumbrado a hacer todo con él.

Y ahora iba a ser completamente diferente.

Sabía que me acostumbraría a ello en cuanto llegara a Madrid y pasara un par de días en casa con mi familia.

O en el colegio con mis amigos Juan y Alejandra.

Lo sabía. Sin embargo, hasta que llegara ese momento…

tenía que pasar por todo lo demás. Traté de dormir un rato, pero, cada vez que cerraba los ojos, veía su cara a mi lado.

Los dos tumbados en su cama, mirándonos, sin hacer nada más.

No sabría decir cuántas veces vi el vídeo que grabó Andrew de la banda tocando la canción que me había compuesto Tom.

«Kintsugi». ¿Había algo más bonito que alguien compusiera una canción pensando en ti?

Cuando salí del avión y recogí mi maleta, allí me esperaban todos.

Y cuando digo todos, quiero decir todos.

Estaban mis padres, mis abuelos, mi tía Julia…

con mi primo Bruno, que tenía una cara de «estoy aquí obligado» increíble.

Incluso Juan y Ale estaban ahí, sujetando un cartel en el que podía leerse:

«Bienvenido a casa». Aunque me diera pena dejar a Tom, la banda y a Debbie atrás… es verdad que Madrid seguía siendo mi casa, y me emocioné al verlos a todos allí.

Dios, debía de tener una cara demacrada después de haber estado casi toda la mañana llorando. Juan y Ale echaron a correr hacia mí y fueron los primeros en abrazarme, como si llevaran sin verme un año.

—¿Estás llorando, Mateo? —me preguntó Alejandra, sorprendida.

—Es que… tenía muchas ganas de veros —admití. Creo que era la primera vez que me habían visto llorar desde que los conocía.

—Si que te ha cambiado Northwood, ¿eh? Estás… muy guapo. Has vuelto guapísimo —señaló Juan entre risas.

—¿Es que antes no lo era? —repliqué.

—Siempre lo has sido, Matthew. Nos tienes que contar todo sobre Tom, ¿eh?

—Claro —contesté. Hablar de él me iba a venir bien. Porque sería como tenerlo cerca.

—Bienvenido de nuevo, hijo —saludó mi padre.

Me miró, sonriente, y tiró de mí para abrazarme con fuerza.

Mi madre, que esperaba justo detrás él, estaba visiblemente emocionada.

«Joder, sí que me habían echado de menos».

Después de saludar a todos, fuimos hacia el aparcamiento para coger los coches en los que habían venido a buscarme.

Y no fue hasta que me senté en el asiento de atrás que pude mirar el móvil.

Tenía un mensaje de Tom preguntándome si había llegado ya a Madrid.

Y, en cuanto le iba a contestar, me llegó otro mensaje de Antonia, preguntándome lo mismo.

Luego uno de Iwan. También tenía uno de Vanessa. E incluso uno de Roy.

Y yo no podía ser más feliz mientras les contestaba.