Capítulo 39 #3
Nos bajamos en la estación Monument y, tras unos minutos andando, llegamos a una especie de iglesia abandonada llamada St Dunstan in the East. Estaba en ruinas.
Tom me contó que la destruyeron casi por completo durante los bombardeos de la II Guerra Mundial y ahora estaba abierta al público, reconvertida en una especie de jardín, porque la vegetación había tomado protagonismo.
Todo estaba repleto de árboles, enredaderas, musgo y plantas verdes enroscándose por la fachada.
Era un sitio mágico, como de una película de fantasía.
Y, por suerte, solo había un par de personas sentadas en unos bancos de madera dispuestos en forma de círculo.
Una de ellas era un hombre con bufanda roja y chaqueta gris que leía un libro muy concentrado.
Otra de ellas, una chica un poco más mayor que nosotros, que no dejaba de hacer fotos con una cámara profesional.
La luz allí era diferente, como si se hubiera quedado congelada en el tiempo.
Se colaba entre las ramas, haciendo un efecto precioso en el suelo, como si fuera un mosaico dibujado en el cemento.
— You know what that is? It’s called komorebi.
—
¿Komorebi?
—Sí. Es la luz del sol que se filtra entre las hojas de los árboles. Like that. —
Señaló a la zona del suelo donde yo estaba mirando antes—. Una palabra japonesa.
—No la conocía —admití.
—Yo la descubrí por un libro que leí cuando era más pequeño —recordó—, y me pareció precioso. Such a beautiful concept, don’t you think?
—Yes. It is beautiful.
—En ese libro te explican que being someone’s komorebi is also about becoming their friend. But there are just a few things you need to do to get there
.
—¿Cuáles? —quise saber.
—No lo recuerdo. Lo leí de pequeño. I think…
Regalar algo que quieras mucho a la otra persona… reír con ella hasta quedarte sin aire… What else? Ah! Counting stars…
—
Me encantaría leerlo.
—Te lo dejaré.
Lo observé un rato más mientras Tom, suspirando, andaba hasta uno de los bancos y se dejaba caer sobre él, agotado.
—¿Estás bien?
—Sí, sí —me tranquilizó—. Solo un poco cansado. Todo el día andando… is taking it’s toll.
—
Descansemos un rato. Aún son las cinco de la tarde. Tenemos una hora hasta que quedemos con Debbie. Podemos estar aquí más tiempo —aventuré y me senté junto a él en el banco.
—Vale. Gracias, Mateo —agradeció, dejando caer su cabeza suavemente sobre mi hombro.
Yo hice lo mismo, colocando mi cabeza sobre la suya, mirando el paisaje de esa extraña iglesia abandonada, como si los dos estuviéramos en un cuento y nada pudiera salir mal.
Simplemente descansando, sintiéndonos el uno al otro, haciendo que nuestra respiración fuera una sola.
—¿Te das cuenta… de que hemos ganado el Sunset Festival? —le susurré, porque tampoco quería hablar demasiado alto. Ese lugar seguía conservando esa especie de aire sagrado, pese a estar en ruinas.
—Wow —se limitó a decir—. Nos diste suerte, Mateo. Te lo dije.
—No sé si yo hice algo… El mérito es todo vuestro.
Tom se limitó a sonreír y a suspirar de nuevo. Sí que estaba cansado, la verdad.
—¿Qué tal estás con lo de tu padre? No te he vuelto a preguntar, porque no sabía si querías hablar de ello o no… Pero si necesitas… hablarlo, sabes que puedes contar conmigo.
— Thanks, Mateo. But I’m fine —
respondió con dejadez—. Well… fine…
Lo odio. Pero no lo odio. Es mi padre y, aunque lo intente, me cuesta mucho verlo de otra forma. Do you know what I mean?
—I guess —
respondí, encogiéndome de hombros—. Pero no se comporta como un padre, la verdad.
— I know. But… it’s complicated
. Sé que tendré que hablar con él. En algún momento. Lo sé. Pero no tengo fuerzas. Not yet.
—
No tienes por qué tenerlas. Quizá no se merezca una conversación contigo…
—No es porque se la merezca, sino porque quiero preguntarle cosas.
Quiero que me mire… y me diga la verdad…
. —Se quedó en silencio unos segundos, para procesar lo que acababa de decir—.
Debbie me dijo que la asistente social vendría la semana que viene para hablar conmigo y con Emma. No sé qué puede pasar.
—Seguro que irá bien. Debbie es una buena madre. Tu padre es un monstruo. ¡Que lo investiguen a él! Y si no, pues voy y le pego una patada bien pegada. ¡O mejor, una llave de kárate! ¡Yiaaah! —E hice un movimiento con las manos que provocó que Tom se partiera de risa.
— What if you stayed? —
Me dijo de repente, apretándome el brazo con las manos.
—¿Cómo? —Sus ojos buscaban los míos, queriendo conectar conmigo una vez más.
— I don’t want you to leave, Mateo.
No te vayas.
No podía pedirme eso. Porque… se me partía el alma.
— I wish —
fue lo único que me salió decirle.
—¿Me enseñarás tus sitios favoritos de Madrid?
—Claro. Todos y cada uno de ellos. Y conocerás a mis amigos y mi instituto… Mi cuarto, que no es, ni de lejos, tan molón como el tuyo.
—Seguro que sí.
—Lo comparto con el idiota de mi primo Bruno, que es superdesordenado y lo deja todo tirado siempre.
No hay espacio para tener una librería como la tuya, por ejemplo —le expliqué—.
Pero da igual. Lo pasaremos genial. Y oye, que aún me quedan tres días aquí, ¿no? Bueno, dos y medio, pero algo es algo.
— Yes —
afirmó con voz triste. La misma tristeza que sentía yo al pensar que íbamos a tener que separarnos dentro de tan poco tiempo. Se me había pasado volando el mes en Northwood—. I… I need you, Mateo —
murmuró en un hilo de voz, casi como si estuviera quedándose dormido.
—Tom, yo…
— Excuse me —
dijo Tom de pronto, un poco más alto, interrumpiéndome y dirigiéndose a la chica que estaba haciendo fotos. Esta se giró para mirarnos, dudando de si se lo habíamos dicho a ella—. Could you take us a photo, please? —
le preguntó, tendiéndole su cámara de fotos desechable. La chica pareció dudar unos instantes, pero al final se acercó. Guardó la suya dentro de su funda y cogió la cámara de la mano de Tom.
— Sure —
contestó. Dio unos pasos para atrás y miró por el objetivo, tratando de encuadrarnos bien. Yo fui a colocarme mejor, pero Tom me lo impidió.
—No te muevas. Quédate como estás. Así está perfecto.
— Ready? —
preguntó la chica.
— Ready —
respondió Tom.