El mundo entre nosotros Capítulo 39 #2
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Capítulo 39 #2

Al ser domingo, era gratis. Tuvimos que hacer una cola de veinte minutos para entrar, teniendo que soportar las continuas protestas de Debbie. Casi como yo cuando me acercaba a un hospital. Los museos parecían ser el enemigo número uno de la madre de Tom, pero este decidió ignorarla.

«Es como una niña pequeña. Solo hay que dejar de hacerle caso y se le pasa», me confesó cuando por fin conseguimos entrar.

Yo solo quería ver la parte de Egipto, que era la que más me atraía.

Aunque era la sala con más gente de todas, pudimos ver momias e incluso la famosa piedra Rosetta.

Sin embargo, lo que más me impresionó fue el gran patio central.

Por lo que me contó Tom, el espacio cubierto de cristal más grande de Europa cuando se inauguró.

Y ahí aproveché, cuando él tuvo que ir al baño, para comprarle un imán con la imagen de la fachada del museo y un cuaderno pequeño que tenía dibujado en la cubierta el cuadro ese famoso japonés de la ola.

«No recuerdo cómo se llama, la verdad». Me gasté veinte libras en las dos cosas, pero me dio igual.

Quería regalarle algo a Tom y fue lo primero que se me ocurrió.

Regalarle algo a mi novio. Lo primero que le iba a dar.

Y, cada vez que pensaba en ello, tenía esa sensación de vértigo en la boca del estómago.

Antes de irnos, Tom insistió en que fuéramos a ver el Ajedrez de Lewis, unas misteriosas figuras de ajedrez que habían encontrado en una isla en Escocia y que tenían unas caras rarísimas, entre inexpresivas y asustadas. No había mucha gente viéndolas, así que pude sacar varias fotos con el móvil.

— Weird, right? —

reflexionó Tom, dándome la mano, mirándolas con curiosidad.

— Blimey, those chess pieces are awful

—comentó Debbie, acercándose todo lo posible para verlas bien, poniendo una mueca de asco.

— Debbie… —

la regañó Tom, pero a Debbie pareció darle igual.

— What?! Look at them! They’re creepy as hell.

—Se santiguó justo después de decirlo.

Y, la verdad, Debbie tenía un poco bastante de razón, pese a que a Tom no le gustara nada que lo comentara así de alto delante de todo el mundo.

Cuando salimos del Museo Británico, aún era la una del mediodía, pero todos empezábamos a tener hambre.

Pasamos por diferentes sitios, pensando dónde comer, hasta que Debbie no pudo más y eligió uno de sus sitios favoritos.

No recuerdo el nombre, pero sé que era una cadena de comida que tenía sándwiches, wraps y sopas calientes.

Y sí, estaba muy rico, pero ese wrap caliente de albóndigas no es que me sentara muy bien que digamos.

Demasiado fuerte, demasiado intenso. ¿Cuál fue la consecuencia?

Mi estómago rugiendo continuamente la siguiente media hora.

— Do you need more money, love?

—le preguntó Debbie a Tom antes de separar nuestros caminos. Ellas iban a hacer recados y a visitar un parde tiendas que quería ver Debbie, y nosotros teníamos otros planes.

— No need, Debbie. We’re fine.

—6 pm. Picadilly Circus.

—Ok!

—Phone on. Volume up

—le pidió Debbie a Tom—. And text me when you get there.

—Will do!

Nos despedimos de ellas en la entrada del local donde habíamos comido y fuimos directamente hacia la librería de la que me había hablado antes Tom, dando un paseo por las calles de la ciudad.

Yo quería cogerlo de la mano, pero no sabía si a él le gustaría o le agobiaría que nos viera todo el mundo, así que me las guardé en los bolsillos.

Después de unos minutos caminando, llegamos a nuestro siguiente destino. La librería se llamaba Gay’s The Word y, según me contó, era la única librería dedicada exclusivamente al colectivo en todo el Reino Unido.

—¿Hay algo así en Madrid?

—Pues no lo sé. Tendría que buscar, la verdad. ¿Supongo? Ni idea. —Pero ya se me había ocurrido un plan perfecto para cuando Tom viniera a visitarme en octubre.

La librería por fuera era pequeña y la fachada estaba pintada de blanco.

Con un amplio escaparate, se podían ver libros actuales expuestos con letreros graciosos, e incluso reconocí alguno de haberlo visto en mi móvil o en alguna red social.

Entramos y a mí al principio me daba un poco de apuro.

Era como salir del armario directamente delante de todo el mundo que estuviera allí dentro.

Sin embargo, en Londres no me conocía nadie, así que, cuando empecé a verlo así, los nervios se disiparon.

Olía a libro antiguo y ambientador de frambuesa.

La caja estaba repleta de pines y bolsas de tela, además de revistas tanto de moda como de fotografía, e incluso con hombres desnudos en la cubierta.

Y, aunque no era muy grande por dentro, estaba repleta de estanterías a rebosar de libros, categorizados por temática o por la identidad u orientación de los protagonistas.

—¿Quieres que cada uno compremos un libro? —me preguntó Tom mientras cogía una de las revistas con un chico con abdominales marcados en la portada. Me los señaló, levantando las cejas.

—Eh, vale, sí.

— I mean,

tú me compras uno a mí y yo uno a ti —explicó mientras dejaba la revista en su sitio.

—Aaaah. Vale, vale. Claro. —Aún me quedaba bastante dinero, así que qué mejor que gastarlo en Tom, ¿no? —Pero no sé qué libro comprarte. Tú tienes muchos.

—Seguro que alguno encuentras.

—No sé yo.

—Optimismo, Mateo. Vamos. —Me dio un apretón de manos, un beso en los labios y se fue a buscar el libro perfecto para regalarme.

—Qué monos. —Escuché que decía una chica justo detrás de mí mientras hablaba con una amiga. Ni siquiera se habría dado cuenta de que la había escuchado. Pero tenía razón en algo: sí, éramos monísimos.

Vale. Ahora, me tocaba buscar un libro para Tom.

¿Cuál podría estar bien? Para empezar, ¿qué libros había leído yo que pudieran gustarle?

Empecé a revisar estantería por estantería, buscando algún título que me sonara, mirando de reojo de cuando en cuando a Tom, que ya tenía tres en las manos.

«Joder, no vale». Él controlaba mucho más que yo.

—Venga, a ver, Mateo, céntrate —me dije a mí mismo.

Y es que había de todo. Demasiado donde elegir.

Demasiadas opciones. Cualquier opción podía ser buena o un desastre.

Porque tampoco sabía las cosas que había leído en su vida.

Y, entonces, lo vi. Uno que descubrí el verano pasado y leí en tiempo récord, aunque solo la primera parte.

Aristotle and Dante discover the secrets of the universe.

Me había gustado mucho y fue el primer libro gay que había leído en mi vida.

Era bastante probable que Tom ya lo tuviera.

No obstante, la edición era bonita y solo costaba nueve libras.

Unos diez euros o así. Eché un último vistazo a ver si se me ocurría otro, pero al final ese fue el ganador.

Si lo había encontrado, eso querría decir algo, ¿no?

—¿Tienes ya el libro? —preguntó Tom, apareciendo justo detrás de mí.

—Sí, mira, es este… —pero, cuando se lo iba a enseñar, me lo impidió.

—No, no. Tiene que ser sorpresa. Si quieres nos lo damos tu última noche, ¿vale? —propuso.

—Vale, venga. Me parece bien.

—Voy a pagar y salgo de la librería, así no veo el que tienes tú.

Asentí, de acuerdo con su plan, y me puse a mirar otros libros mientras Tom compraba mi regalo.

Una vez hecho, me indicó que era mi turno y que me esperaría fuera.

Por suerte, no tuve que hablar mucho con el dependiente.

Intentó hablar conmigo un poco de español, pero no salió como él esperaba, así que, avergonzado, me cobró (haciéndome un descuento porque le caí bien, al parecer) y me dio una bolsa preciosa de color rosa para llevarlo.

Tom me sonrió al salir de la librería y sacó de su bolsa otros dos libros que había comprado para él. Uno era All Boys Aren’t Blue

y el otro, un manga que se llamaba Our Dreams at Dusk.

Yo ni siquiera había pensado en comprarme algo para mí, la verdad.

Fuimos paseando cogidos del brazo hasta que pasamos por King’s Cross, la famosa estación que sale en Harry Potter.

Entramos para verla por dentro. Había una cola enorme para hacerse una foto como si estuvieras atravesando el andén 9 y ¾ con un carrito repleto de maletas pegado a la pared.

Incluso podías ponerte una bufanda y una de las chicas que organizaba la fila te la movía para que pareciera en la foto que la estaba ondeando el viento.

Estuvimos ahí un rato, riéndonos de las poses de la gente, hasta que un hombre que parecía ser un guardia de seguridad de la estación empezó a preguntarnos que qué hacíamos ahí los dos solos. Esa fue nuestra señal para largarnos de allí.

El plan inicial de Tom era ir a un cementerio muy famoso llamado Highgate, pero, según él, nos desviaba demasiado del camino y haría que nos perdiéramos otras cosas igual o más bonitas.

Cogimos el metro en King’s Cross, pero no quiso decirme a dónde íbamos a ir después.

Quería mantener la sorpresa. Sin embargo, yo lo notaba cansado.

Cada vez se apoyaba más en su bastón y, aunque le dije varias veces que podíamos quedarnos sentados en una cafetería hasta quedar con

Debbie, era cabezota como nadie y se empeñó en que teníamos que ir a ese sitio misterioso.