Capítulo 39
Londres era una ciudad inabarcable. Sí, yo vivía en Madrid, que era un lugar caótico, estresante y siempre lleno de gente.
Pero Londres tenía un aura diferente. El aire era distinto.
La gente, el metro, el ambiente. No sabría definirlo, pero tenía algo mágico que me atraía.
Probablemente, tendría que ver el hecho de que llevaba mucho tiempo queriendo conocer la ciudad y de que, además, me había documentado mucho sobre ella cuando me apunté al intercambio.
Y es que, técnicamente, ese era mi primer destino, cuando en teoría iba a vivir con la familia de Ethan Lytton.
¿Habrían sido las cosas muy diferentes si hubiera hecho el intercambio con ellos?
¿Cómo habría sido vivir en Londres, cogiendo el metro todos los días, yendo a museos, a tiendas de ropa y paseando junto al Támesis?
El día anterior habíamos estado organizando el viaje, porque Debbie me preguntó por los sitios que quería ver.
Ellos ya habían estado decenas de veces, por lo que se amoldarían a cualquier cosa que a mí me apeteciera.
Apuntamos Westminster y el Big Ben, por supuesto.
Pero también quería conocer el mercadillo de Camdem, el palacio de Buckingham, Picadilly Circus y, por supuesto, Hyde Park. Y, si había tiempo, el Museo Británico.
—Vamos, que quieres ver todo Londres —bromeó Tom según iba apuntando todas las cosas en una pequeña libreta de color marrón.
—A ver, todo lo que se pueda, sí. Si os apetece, claro.
—Solo hay que organizarse. Todo no vamos a poder, pero lo importante creo que sí. Tú déjame a mí. —Sonrió y empezó a elaborar el horario perfecto para que me diera tiempo a ver todo lo que él consideraba mejor, dejando un par de sitios secretos para sorprenderme.
Cuando llegamos, después de una hora de trayecto, y bajamos del metro saliendo por la estación de Westminster…
y vi el Big Ben…, casime pongo a llorar de la emoción.
Puede parecer una tontería, pero esque verlo en directo era incomparable.
Me sentía en uno de los libros queleía de Sherlock Holmes cuando era pequeño.
O como si fuera James Bond. Siempre que veía sus películas con mis padres, me imaginaba yendo algún día.
Obviamente tendemos a idealizar esos lugares y, cuando los vemos en la realidad, nada es tan impresionante como imaginábamos.
Pero eso, por suerte, no me pasó. Más bien al revés.
Me quedé totalmente enamorado de esas vistas, de la postal que hacía…
—¡Eh! —exclamé cuando escuché el «clic» de la cámara que Tom llevaba colgada al cuello. Una de esas desechables con carrete que luego había que revelar—. ¡No estaba preparado!
— Good! —
sonrió, entrecerrando los ojos por culpa del sol—. Esas son las mejores fotos.
—Pero es que no te he dicho cómo quería…
— Trust me, Mateo.
—Y, por sorpresa, volvió a hacerme otra foto, pillándome desprevenido de nuevo.
—¡Tom! —Su respuesta fue una explosión de carcajadas. Tan fuerte que una familia que pasó a nuestro lado hasta se asustó.
— Do you like it, love?
—me preguntó Debbie, que llevaba unas gafas de concha extragrandes e iba vestida como si fuera
verano, aunque todavía hacía un poco de frío a esas horas de la mañana.
— Yeah. It’s amazing.
—
Siempre dices amazing
—señaló Tom—. Prueba a decir otras palabras.
—¿Cómo cuál?
—Uhm… you could say stunning, breathtaking, impressive, overwhelming…
—Fue enumerando uno a uno todos los sinónimos que se le iban ocurriendo.
— Stunning.
Me gusta.
—O puedes decir que es una pasada también —me dijo, sonriente como el que más.
Le pedimos a un señor que nos hiciera una foto a los cuatro con el móvil de Debbie, pero al final ella nunca estaba contenta, así que se lo pedimos a cinco personas diferentes hasta que estuvo satisfecha con cómo salía en la foto.
Siempre poniendo morros, una pierna por delante y la cabeza un poco hacia atrás.
Como una estrella auténtica. Esa tarde tenía otro concierto en The Hole, así que no íbamos a poder estar más allá de las siete y, ya que estábamos en Londres, quería aprovechar para comprarse algo que ponerse durante la actuación de ese día.
Por ejemplo, una boa de plumas, porque iban a hacer covers
de David Bowie.
Anduvimos por el lateral del Big Ben para poder ver también el Parlamento, que era enorme, y no me cabía en ninguna de las fotos que intenté hacer con mi móvil.
Solo cuando llegamos al parque que hay justo detrás, conseguí que saliera bien.
Una enorme explanada de hierba repleta de gente haciendo yoga, paseando a sus perros, haciendo un pícnic…
o una pareja de dos chicas besándose mientras escuchaban una canción en su teléfono móvil.
Debbie nos compró unas botellas de agua y unas crisps
. Estuvimos ahí tumbados en el césped, mirando el cielo, jugando con un par de flores que había arrancado Emma
de la tierra, regalándoselas a su hermano.
Nuestras cabezas rozándose mientras Tom tarareaba canciones que yo no conocía, pero que, en su voz, eran las mejores que había escuchado nunca, compartiendo unos auriculares conectados a su móvil.
Hacía buen tiempo y por momentos casi parecía verano. Todo era perfecto.
Hasta que Emma empezó a ponerse nerviosa porque tenía ganas de hacer cosas, así que nos tuvimos que levantar, y Tom, resuelto como el que más, empezó a organizar el día. Lo llevaba todo muy bien pensado.
— Ok. Here’s the plan —
anunció este, sacando de su riñonera el pequeño cuaderno marrón donde había estado apuntando las cosas que yo quería ver en Londres, además de desplegar un mapa enorme de la ciudad. A la antigua usanza.
—¿Un mapa? ¿Quién eres? ¿Mi abuelo?
—En un mapa se ve mejor que en el móvil. Ya verás —insistió. El mapa era precioso, parecía antiguo, y lo trataba casi como si fuera un tesoro heredado o algo parecido. Lo abrió por completo y Debbie tuvo que apartarse un poco para dejarle espacio—. We are here.
—Rodeó el Big Ben, haciendo un círculo con un bolígrafo morado.
—El Big Ben —dije yo.
—Exacto. De aquí vamos a Buckingham Palace. It
’ s just a 15-minute walk.
Puede que veamos el cambio de guardia y todo, if we are lucky enough.
—
¡Ah, eso me encantaría! —me emocioné, mirando más de cerca el mapa. Tom dibujo una línea entre nuestra posición y el Palacio de Buckingham.
—Perfecto. Después podemos ir… al British Museum.
—Museum? What? No, thanks, Tommy —
intervino Debbie, subiéndose las gafas de sol y refunfuñando un poco.
— Debbie. It’s going to be amazing. You’re gonna love it. I know. I’m 100% sure.
—I’m not… —
Se cruzó de brazos, bastante en desacuerdo con el plan que estaba montando Tom, aunque este no le hizo ni caso.
— Later… we can go to Gay’s The Word. —
Al escuchar la palabra gay, me puse en alerta. «¿Qué sitio es ese?»—. The UK’s oldest LGBTQ bookshop. We have to go. I always wanted to.
—
Me encanta el plan. ¿Esa era una de tus sorpresas?
— Maybe… —
dijo, haciéndose el interesante—. Luego podemos comer algo y…
— I need to pop into this shop… I can
’ t remember the name. But if you want, after lunch, you lot can go wherever you like, and Emma and I… we
’ ve got our own plans.
—
Cogió a Emma del brazo, acercándola y dándole un beso en la frente—. And we can…
Podemos qüedar
…
—Quedar —le corregí.
—Quedar. Podemos quedar en Picadilly Circus… at 6 pm?
Tom me miró. Yo asentí, porque realmente tampoco tenía mucha idea de las distancias en Londres y de si era una buena idea o no.
Además, tenía muchas ganas de estar los dos solos en la ciudad, investigando sus rincones juntos, sin Debbie, sin Emma, sin nadie alrededor.
Porque era raro aún darnos la mano o besarnos delante de ellas, la verdad.
— Ok! Perfect. —
Se puso en pie—. So… let’s go!
Esa mañana, Tom estaba repleto de energía.
Casi parecía que no había estado enfermo los días anteriores.
Pero sí lo había estado, y Debbie le insistió en que tuviera cuidado y en que descansáramos cada poco.
No quería más sustos. Se había llevado un bastón metálico con el agarre de color negro para poder apoyarse y caminar rápido sin cansarse tanto.
Me daba cosa verlo así, tan indefenso, pero a Tom parecía darle igual.
Él era fuerte y no dejaba de sonreír, tratando de hacerme el viaje a Londres lo más entretenido y divertido posible, contándome curiosidades de la ciudad casi a cada paso que dábamos.
—En ese parque, St. James Park ,
hay pelicans. What’s the word in Spanish?
—
¿Pelícanos?
—Ah, ok. Almost the same…
Llevan en el parque desde el siglo xvii
.
—Dios, pero deben de tener cientos de años. ¿Cómo puede ser? —Tom se echó a reír, tanto que volvió a darle la tos.
—No son los mismos. Los han ido cambiando.
—Vale, claro. Tiene lógica —respondí, un tanto avergonzando.
— I love that park. But I prefer Hyde Park —
expuso Tom.
Según nos íbamos acercando al Palacio de Buckingham, había más y más gente.
Y es que a las once era el famoso cambio de guardia.
Aunque todo empezaba como media hora antes, llegamos justo para poder ver, eso sí, entre cientos de cabezas, a los soldados del palacio desfilando con una música de orquesta sonando de fondo.
A ver, me lo había imaginado mucho más espectacular, pero es que claro, no se podía ver gran cosa.
Tom cogió a Emma y la subió sobre sus hombros, para que al menos ella viera algo.
Pero, después de un rato luchando por hacernos un hueco y siendo literalmente imposible, porque eso estaba lleno de turistas, nos rendimos y nos fuimos de allí.
¿Siguiente parada? Mi favorita: el Museo Británico.
Vale, quizá un museo no suele ser el lugar favorito de un adolescente, pero es que ese era increíble. No. Increíble no. Stunning.