Capítulo 36
A diferencia del miércoles, ese día realmente sí tenía ganas de actuar en el Sunset Festival de Northwood.
Después del ensayo del día anterior, se me habían quitado los nervios.
Me daba pena que Tom no pudiera volver a subir al escenario después de lo mucho que había luchado por el grupo y con las ganas que tenía de que por fin los seleccionaran para la final.
Tendría que dejárlo todo para hacerle un buen homenaje, eso desde luego.
¿Pude dormir algo? Pues no mucho, la verdad.
Después de pasar toda la tarde y parte de la noche en la cocina con Debbie, cocinando y cantando canciones de The Beatles, porque se habían empeñado madre e hijo en enseñarme los clásicos del grupo, subí a mi dormitorio para hablar con mis padres y contarles lo que había pasado.
—Ese Tom es muy guapo, y parece muy simpático —comentó mi padre, que no daba puntada sin hilo. Aunque yo no se lo había contado, muchas veces me había hecho sospechar que sabía de sobra que yo era gay.
—Sí, lo es. Os caerá genial cuando venga a Madrid. —Claro, cuando viniera a Madrid, tendría que decirles a mis padres que éramos novios, ¿no? No me iba a quedar otra. Tendría que preparar el terreno antes.
—¿Tienes ganas de volver? —me preguntó, y una sensación agridulce me pellizcó el corazón.
—La verdad es que aquí me lo estoy pasando genial. Y oye, que estoy aprendiendo inglés y todo —añadí, porque sabía que esa iba a ser su siguiente pregunta—. Pero también os echo de menos. —Era verdad, por muy cómodo que estuviera en Northwood, ellos eran mi familia.
—Nosotros a ti también —me dijo, sonriendo con la mirada—. Disfruta de estos últimos días, y tráele algún imán a tu abuela, que sabes que le encantan.
—El domingo iremos a Londres, creo. Así que le puedo comprar algo allí. A todos, vaya.
—A nosotros no nos traigas nada, que no hace falta —intervino mi madre. Siempre intentando que yo no gastara nada de mi dinero en ellos. Mi dinero era para mí.
—Bueno, ya veré.
—Dijo un ciego y nunca vio.
—Ay, papá, por favor —le repliqué entre risas—. Voy a colgar, que mañana hay colegio.
—Descansa, hijo.
No obstante, dio igual que me fuera a dormir pronto. No conseguí pegar ojo hasta las tres de la madrugada o así, cuando ya estaba desesperado por coger algo de sueño. Aunque, cuando quise darme cuenta, ya me había quedado dormido y eran, de repente, las siete.
Esa mañana, Tom tampoco vino a clase. Quería estar bien para el festival de por la tarde y esa noche aún había tenido unas décimas de fiebre.
Mejor quedarse en casa, beber mucha agua y descansar para vernos ganar en directo.
Porque íbamos a ganar. Tenía cero dudas.
«Butterfly» era un temazo y The Turlips era la mejor banda de Northwood con diferencia.
Emma se portó de maravilla y estaba preparada a tiempo para que pudiéramos llegar al colegio sin retrasarnos. Porque yo no
pensaba volver a llegar tarde. Volvimos a caminar de la mano. Al final parecía estar bajando sus defensas conmigo y acogiéndome como a alguien más de la familia, aunque fuera solo por unos días.
Cuando llegué a St. Mary’s, toda la banda estaba esperándome junto a nuestro árbol de siempre.
Emma se fue corriendo a su clase y yo me quedé fuera hablando con todos.
Vanessa nos explicó que seríamos la segunda banda en salir a tocar (ni idea de cómo lo sabía) y que, después de que tocaran los cinco grupos de la final, subiría al escenario una banda tributo de Paul McCartney.
Cuando terminaran, el jurado decidiría los vencedores al igual que el primer día.
No solo en función de su criterio, sino de la cantidad de bengalas encendidas durante la actuación.
Y ahora la gente ya conocía todas las canciones, así que la competencia iba a ser feroz.
Al menos no daban lluvia y el cielo estaba totalmente despejado.
Pero claro, eso en Northwood no era garantía de mucho, la verdad.
— Relax. We are going to win —
nos dijo Iwan mientras íbamos hacia la entrada del colegio, justo después de que sonara el timbre. Se metió la mano en uno de los bolsillos de su pantalón y sacó una especie de pluma negra enorme que parecía estar plastificada. Empezó a ondearla en el aire.
—¿Qué es eso? —pregunté, extrañado.
— Ryan’s feather. He gave it to me like… two years ago. It’s good luck.
—
¿Ah, sí?
— Yeah! Totally! You’ll see.
—Estaba totalmente convencido, Vanessa, sin embargo, se reía de fondo.
—Queremos conocer a Ryan, Iwan —le dijo Antonia, totalmente en serio.
— Maybe he’ll come tonight… —
respondió él, haciéndose el interesante. Iwan hablaba poco, la verdad, pero, cuando lo hacía…, era el más raro de todos, desde luego.
Ese viernes era el último día que tendría clase de English Literature
antes del examen de la semana siguiente.
No había terminado aún el libro y Mr. Whitmore lo sabía.
¿Cómo iba a terminarlo en esas semanas de tantas emociones?
¡Si es que era imposible! ¡Tan largo y encima en inglés!
Así que, cuando terminó la clase, vino a hablar conmigo y me dijo que, en el examen, contestara lo que pudiera.
—No va a ser difícil… —me adelantó. La última vez que me dijo eso un profesor, saqué un dos en el examen.
Por lo que sea, ya no me fiaba de esas cosas.
Sin embargo, el profesor Whitmore era majo conmigo.
En general todos lo habían sido, tratando de que yo aprendiera lo mejor posible.
Al final, iba a echar de menos hasta el colegio.
Nunca lo imaginé. Quizá porque, por primera vez desde que recordaba, me había sentido un adulto, independiente y, sobre todo, escuchado y respetado en clase.
Tom vino a recogerme a la salida del colegio y, mientras los demás volvían a sus casas para prepararse para el concierto, Tom y yo nos fuimos a comer fisch&chips
a Captain Rock ,
el primer sitio al que me llevó a comer en mi primer día en Northwood, cuando solo nos conocíamos de unas horas y aún no era capaz de pillar su humor o su forma de ser.
Recordaba cómo se enfadó cuando lo defendí delante de Kyle y los brutos de sus amigos, pero también cómo nos reconciliamos haciendo kárate en el parque, acabando los dos en el suelo, uno encima del otro.
Tres semanas después, nos habíamos vuelto inseparables.
De hecho, no solo nos habíamos convertido en pareja, sino que nos habíamos dicho «te quiero».
Era el primer chico al que se lo había dicho en mi vida.
Primer chico al que había besado.
Primer chico al que le había dado la mano.
Primer chico al que había visto desnudo y el primero que me había visto desnudo a mí.
—¿En qué piensas? —me preguntó Tom después de llevarse un buen trozo de pescado rebozado a la boca.
—Nada, nada. En el primer día que vinimos aquí.
El restaurante estaba lleno. Se notaba que era viernes.
Habíamos conseguido una mesa de milagro.
Al principio la habíamos tenido que compartir con una pareja que hablaba en un idioma que no reconocimos ninguno de los dos.
Podría ser desde polaco hasta ucraniano.
Quién sabe. Pero comieron muy rápido y se fueron antes casi de que nos sirvieran a nosotros la comida.
Tom ya estaba bastante mejor, pero su garganta aún no estaba recuperada.
Llevaba un pañuelo atado en el cuello, de color granate, y estaba todo el rato recolocándoselo, tratando de mantener cubierta la garganta en todo momento.
Tampoco dejaba de beber agua. Templada. Nada de agua fría. Así se lo había recomendado el médico.
—Menos mal que estás tú y puedes cantar por Antonia… Aunque me habría gustado que cantaras tú mi parte —murmuró, todavía con ese toque rasposo en la voz.
—¿Yo? Qué dices. No sé cantar tan bien ni de coña. Bastante que sé hacer los coros. Más o menos. Yo hago lo que puedo con lo que tengo —bromeé.
—Te he escuchado cantar. Don’t lie to me, Mateo Luarte. —
Me dio un manotazo amistoso en la mano. Lo miré y tenía restos de salsa tártara por toda la boca. Me eché a reír, pero Tom se quedó pillado, sin entender muy bien lo que pasaba.
—Estás todo manchado… —Cogí la servilleta, me acerqué un poco y le limpié la boca con cuidado, mientras Tom me miraba, totalmente embelesado—. ¿Qué?
—Que sigues siendo the guapest of Northwood,
Mateo. —Sacó la lengua y me lamió la punta de la nariz.
—¡Qué haces!
—¿No puedo chuparte la nariz? —dijo, fingiendo sentirse ofendido—. Entonces esta relación se ha acabado. Para siempre.
Sin darle tiempo a reaccionar, saqué la lengua y le lamí yo la punta de la nariz, pillándolo totalmente desprevenido.
— Oh! So that’s what it is! —
Se levantó y se sentó en mi lado del banco, tratando de hacerme cosquillas y coger mis brazos, inmovilizándome.
Pero claro, yo me resistí todo lo posible.
Y estuvimos así cerca de cinco minutos, luchando entre los dos, a ver quién era el primero en conseguir vencer al otro.
Hasta que nos cansamos (y la mesa de atrás nos llamó la atención porque no dejábamos de armar escándalo).
«Vale, relax. Que estamos enamorados»—. ¿Tienes ganas de conocer Londres?
—Muchísimas, la verdad —admití, comiéndome la última patata de mi plato.
—Me gusta Londres. Pero no es mi ciudad favorita —confesó Tom, jugando con el puré de guisantes de su plato.
—¿Cuál es tu ciudad favorita?
—Northwood.
—Pero Northwood no es una ciudad, ¿no? Eso es trampa.
—Tampoco he estado en ningún otro sitio fuera de UK
—admitió con tristeza.
—Yo tampoco.
—¿En serio? —Se le iluminó la cara—. Podríamos viajar juntos.
—Claro. ¿Dónde quieres ir?
—Uy, tricky —
dijo mientras se llevaba la mano a la barbilla y se daba toquecitos, pensando—. ¿Dónde quieres ir tú?
—Me gustaría conocer Italia. Y también me gustaría conocer Japón.
—¡Japón! ¡Claro! Ya tenemos destino —sentenció Tom, aplaudiendo, pero al momento se puso a toser.