Capítulo 35
No pudimos tocar la canción entera más de tres veces, porque Hugh nos interrumpió muy pronto.
Tenía que limpiarlo y ordenarlo todo antes de que llegara el público para la presentación literaria.
Por suerte, algo habíamos adelantado. Yo había dejado mi vergüenza atrás y había cantado los coros que normalmente hacía Antonia.
Y no lo había hecho nada mal. Aun así, lo más sorprendente de todo era que no me había picado la espalda ni una sola vez.
Eso sí que era una buena señal. Vanessa, Iwan y Antonia se quedaron en el festival, ya que habían venido los padres de todos (¡y Rufus!
, que, en cuanto me vio, casi se me tira encima) y querían aprovechar la tarde dando una vuelta entre los diferentes puestos; especialmente Olly, que lo único que buscaba era montarse en el castillo hinchable de la entrada.
Sin embargo, Roy no quiso quedarse. Así que nos fuimos los tres, es decir, Roy, Emma y yo, caminando de vuelta a casa.
Sobre todo, porque él me había insistido en que quería ir a ver a Tom, para ver qué tal estaba.
— I’m not staying. Don’t worry. I only want to check on him
—me explicó para tranquilizarme mientras pasábamos junto a la iglesia.
—Ah, no, no. No es mi casa. Tú haz lo que quieras —fue mi respuesta. Quizá un poco agresiva de más, pero es que, a veces, era la única forma de tratar con Roy.
Tampoco es que habláramos mucho durante el camino a casa.
Emma seguía dándome la mano, y Roy, en vez de ir dos metros por delante, caminaba en paralelo, a mi lado.
Con las manos en los bolsillos y la capucha de su sudadera a medio poner.
Seguía siendo un enigma para mí. Aunque poco a poco iba consiguiendo descubrir sus matices.
Al menos ya me hablaba de vez en cuando, y no solo con borderías.
— Oi, zombie boy!
—«Mierda». Delante de nosotros, bajando la cuesta, apareció el estúpido de Kyle (sí, con su chándal de Adidas de siempre y seguramente apestando a Cheetos de nuevo) con su cuadrilla de escuderos. La última vez que lo había visto me había llamado faggot
y había jurado que me mataría.
—No te pares, Roy. Sigamos andando —susurré entre dientes, porque no quería movida, y mucho menos delante de Emma. Pero Roy hizo caso omiso y se detuvo mientras los otros se acercaban peligrosamente—. Roy, por favor.
— Last time I warned you —
comenzó a decir el bruto de Kyle. Más bien, a gruñir—. Don’t you ever show your face round Blackhill again. And now, here we are.
—This is not Blackhill —
intervino Roy, algo confundido por la situación—. Do you have a problem with Mateo?
—Ah, his name is Mateo… —
repitió uno de los chicos.
— His name is zombie boy —
le corrigió Kyle.
— His name is Mateo —
insistió Roy, y vi cómo apretaba los puños dentro de los bolsillos.
— Who the fuck are you? —
respondió Kyle, agresivo, dando un paso más hacia nosotros y provocando que Emma diera un pequeño bote hacia atrás, asustada. Roy lo vio, y eso le enfureció más si cabe.
— Get out of the way —
dijo Roy, resoplando.
— Why? You want me to move for this… faggot?
Roy no le dio tiempo ni a pensar. Fue escuchar esa palabra y lanzarle un puñetazo directo en la nariz, lo que estuvo a punto de tirarlo hacia atrás de la fuerza con la que le dio.
Nada más hacerlo, agitó su mano, dolorido, y vi que se había hecho sangre en los nudillos. O quizá era sangre de la nariz de Kyle.
— What the fuck, bro? —
replicó el susodicho, sollozando y tratando de contener la hemorragia que seguramente le había causado Roy.
— Don’t ˝bro˝ me. Call him that word again… —
No terminó la frase, tampoco era necesario—. C’mon, Mateo. Let’s go.
Me indicó con los ojos que siguiera andando.
Kyle y sus dos amigos nos miraron con una expresión de sorpresa dibujada en sus caras, pero no dijeron nada más ni se esforzaron en seguirnos.
No conocía esa faceta de Roy. Y mucho menos me esperaba que fuera a defenderme de unos estúpidos abusones de mierda.
— Thanks —
le agradecí cuando ya nos habíamos alejado lo suficiente.
— Whatever —
respondió él. «En su línea».
Una vez en casa de Tom, este estaba esperándonos en el umbral de la puerta, con un chándal gris y cara de cansado.
Nada más vernos, nos sonrió, feliz, y abrió los brazos para recibir a Emma, que fue corriendo hacia él.
Tom la levantó en el aire, dando un par de vueltas, y volvió a dejarla en el suelo para que entrara en casa.
— How are you? Are you alright? Do you need something? —
preguntó Roy, queriendo asegurarse de que su amigo estaba bien.
—Estoy bien —respondió Tom, calmándolo un poco.
—La próxima vez —cambió al español de pronto—, tienes que estar atento al teléfono.
—Toda la razón —aseveró, admitiendo su parte de culpa—. Do you want to stay? For dinner, I mean?
—No. I have to go back…
—Parecía que Roy iba a darnos más explicaciones, pero su respuesta termino ahí.
— Are you sure? —
insistió Tom.
— Yeah —
resopló y se quedó en silencio. No tenía muy claro si estaba esperando que Tom le insistiera un poco más o qué. Pero no sucedió. Si eso era lo que quería, le salió mal la jugada.
— Oh. OK. Thanks for coming, Roy —
dijo Tom al final. Tampoco es que pudiera decir mucho más.
— Whatever.
Roy esbozó una sonrisa muy disimulada, casi tan disimulada que era muy difícil verla a no ser que te fijaras bien, y se fue. Con su guitarra colgada al hombro y sin mirar atrás.
—¿Qué tal Emma? —se interesó Tom, dejándome pasar, por fin, al interior de la casa.
— She’s fine —
respondí—. I think.
Me ha hablado, ¿sabes? No en ese extraño idioma suyo, no. Me ha hablado de verdad. —Tom cerró la puerta, mirando a Emma. Esta se mantenía en silencio.
Una vez dentro de casa, fue directa hacia el sofá, a su sitio de siempre, esperando a que Terrible se acercara.
Tardó un poco, pero finalmente apareció.
Bajó las escaleras cuidadosamente y, al ver a Emma, maulló y fue hacia ella, contoneándose, moviendo el culo de un lado a otro, hasta que llegó al sofá.
Maulló una vez más y se dejó coger por Emma, que lo alzó con cuidado.
Este se colocó sobre su regazo y se dejó acariciar.
—Gracias —me dijo Tom mientras yo me quitaba los zapatos—. Gracias por cuidar de ella. Eres el mejor. No sé qué habríamos hecho sin ti.
—Os las habríais arreglado. Como siempre hacéis.
Tom sonrió y se acercó, pero, en vez de darme un beso, simplemente me dio las manos.
—Que sepas que te besaría ahora mismo —me confesó—, pero estoy enfermo y no quiero contagiarte. Sobre todo si mañana tienes que cantar —sonrió.
—Calla, que estoy de los nervios. He cantado delante de Roy y de toda la banda. Dios, espero haberlo hecho bien. A ver, creo que sí. Pero… es mucha presión.
—Seguro que has estado genial. Me da mucha pena… —Carraspeó un poco—. Me da pena no poder estar con vosotros en el escenario mañana.
—¿Tan mal estás? —quise saber. A ver, se le notaba en la voz. Apenas podía susurrar, y podía notar el esfuerzo que hacía cada vez que hablaba más de dos palabras seguidas.
—Se me pasará —me tranquilizó—. It’s not my first time.
—
¿Afónico? —pregunté.
—¿Afónico? ¿Así se dice?
—¿Cómo lo llamáis aquí?
— Hoarse.
—
¿ Horse?
Espera, ¿qué? ¿Cómo caballo? —No tenía sentido. Pero había aprendido que el inglés no siempre lo tenía, la verdad. Tom se echó a reír al momento.
—No. Aunque se pronuncian igual las dos palabras —me aclaró.
—Qué lío, ¿no? —Tom se encogió de hombros, indeciso.
—Bueno, por cierto, te tengo que contar una cosa. Roy se ha peleado… ¡Por mí! Es decir, defendiéndome. —La cara de Tom fue todo un poema—. Nos cruzamos con el imbécil ese de Blackhill. Trató de hacerse el chulito y Roy le partió la nariz de un puñetazo.
—¡¿En serio?! —me dijo con sorpresa. No se lo podía creer.
—Sí, sí.
—Roy no suele ser agresivo. Nunca se mete en peleas. ¿Qué os ha dicho para que se pusiera así?
—La palabra que empieza por… F.
Tom se llevó la mano a la boca, estupefacto.
— He did not!
Ahora entiendo la reacción de Roy… —señaló.
Justo en ese momento apareció Debbie, saliendo de la cocina, con las manos manchadas de harina y con un delantal de color rosa que no conocía, y eso que creía que ya se los había visto todos. En ese podía leerse un mensaje también, como siempre: 007. License to cook.
— Mateo! Come here, love!
—gritó, entusiasmada, y abrió los brazos, haciendo gestos para que me acercara. Aunque no hizo falta porque ya vino ella. Me agarró entre sus brazos y me estrujó contra su pecho, sin darse cuenta de lo incómodo que era—. Lo siento —paladeó la disculpa casi como si estuviera saboreando las palabras.
—No pasa nada. —Conseguí separarme para recuperar la respiración.
— Tom just told me… Emma was with you the whole time. —
Y miró a una Emma totalmente concentrada en su tablet.
— Yeah, yes. She was with me.
—You are the best.
El… el mejor —afirmó, orgullosa, mirando a Tom de reojo para ver si había acertado con una palabra que, seguramente, él le hubiera enseñado.
— Thanks —
respondí, tratando de sonar lo más agradecido posible.
— I’m making Northwood knots. Do you want to learn how to make them?
—Me hizo un gesto para que la siguiera a la cocina.
—¡Claro! ¿Vienes, Tom?
— Yeah. Why not. It could be fun. —
Y, cogiéndome de la mano, casi igual que su hermana, los tres entramos en la cocina y pasamos toda la tarde cocinando juntos, con Debbie
contándonos historias de cuando tenía nuestra edad. Peleas en su colegio, su primer amor (« he was from Italy. Alberto was his name, and he was bellísimo»)
y cómo había aprendido la receta de los knots
gracias a su abuela.
—¿A tu abuela… —empezó a decir, pero no tenía muy claro cómo seguir— le gusta cocinar?
—No mucho, no. Mi madre cocina más —le expliqué—. O mi abuelo. Mi abuelo cocina que te cagas.
—¿Que… te… cagas?
—Es una expresión. Tipo «muy bien» o algo así.
Debbie asintió, como si le viera todo el sentido del mundo, para seguir amasando con fuerza.
Tom nos miraba, divertido, sentado en una de las sillas de la cocina, con la prótesis quitada, y colocando el resto de su pierna sobre otra de las sillas.
De vez en cuando se masajeaba la zona justo por encima de la rodilla y podía ver cómo le tiraba en algunos momentos. Como si todavía le doliera.
— Now, you have to fold it like this.
Me fue enseñándo cómo terminar de amasar. Cogía el extremo de la masa y lo pasaba por encima. Luego lo soltaba y cogía el otro extremo y hacía lo mismo. Como si estuviera haciendo capas.
— Stretch —
decía cuando tiraba de la masa—, and fold. Try it.
—
No sé yo… —Me acerqué para tratar de hacer lo mismo que ella.
Simplemente cogía, estiraba y luego la doblaba por encima.
Así varias veces sin parar. Al principio se me pegaba la masa en las manos, pero luego conseguí pillarle el truco y se me empezó a dar bastante bien. Vamos, que parecía hasta un repostero.
—¡Perfecto! —me felicitó—. Now… —
Echó un vistazo a la hoja de papel donde estaba la receta. Parecía muy antigua. Ya no solo por el papel en sí, sino por la letra con la que estaba escrita. Debbie me pilló mirándola y me explicó que era una de las que le había dejado su madre.
—La abuela Emilia —me explicó Tom—. Yo casi no la recuerdo. Era muy pequeño cuando murió. Emma no llegó a conocerla.
—Oh, qué pena. —Contemplé a Emma, que había entrado hace rato a la cocina para sentarse al lado de su hermano—. Seguro que era genial.
—Era un poco… ¿cómo decirlo? ¿Cabrona? ¿Eso está bien dicho? —Yo me eché a reír por culpa de la burrada que acababa de decir Tom. Por suerte, Debbie no sabía lo que significaba.
—Supongo que sí, sí —conseguí decir, aunque seguía riéndome.
— She was actually nice… deep down. Deep deep down. —
Tom se echó a reír también.
¿Los knots
que hizo Debbie? Estaban para chuparse los dedos.
¿Los que hice yo? Bueno, no me quedaron especialmente bien.
Primero porque los amasé demasiado poco.
Segundo, porque la forma me quedó fatal.
Y tercero, porque me pasé horneándolos. «Ya aprenderás», me alentó Debbie.
Ella hacía que todo pareciera tan fácil…
Aun así, se los comieron para no hacerme el feo.
Llevaba con ellos solo tres semanas y casi los sentía como mi familia.