Capítulo 34 #2
, Miss Walsh, daba muy bien la clase, pero tenía tolerancia cero con las faltas de respeto.
Por supuesto que para ella llegar tarde era la más grande de todas.
Fue verme llamar a la puerta y negar directamente con la cabeza.
Solo me dedicó una mirada de reojo antes de centrarse de nuevo en la clase, en los alumnos que sí habían llegado a su hora.
Así que tenía casi una hora por delante para hacer tiempo y, por supuesto, me caería un castigo después.
¿Cómo iba a acompañar a Emma a casa si tenía que quedarmedespués de clase?
—No nos pongamos en lo peor, Mateo —me convencí a mí mismo. Me coloqué bien la mochila en el hombro y anduve hacia la cafetería, dispuesto a volver a desayunar.
La cafetería estaba vacía a esas horas, salvo por algunos alumnos desperdigados en diferentes mesas, enfrascados en
sus cuadernos, haciendo seguramente deberes atrasados… o adelantando tareas para los días siguientes. Y no solo había alumnos, sino algún que otro profesor.
Me acerqué a la barra y le pedí a la camarera un vaso de leche con cacao y un bollo de crema. Me miró como queriendo decirme «tú deberías estar en clase», y me dio lo que le había pedido con cara de sospecha. ¡Y eso que me conocía desde el primer día que llegué a Northwood!
Cogí mi bandeja y busqué una de las mesas del centro de la cafetería.
No solo porque era donde mejor luz había, sino porque era donde nos sentábamos siempre y yo era un chico de costumbres, las cosas como son.
¿Qué iba a hacer hasta ese momento? Ya había guardado el móvil en la taquilla.
Era el momento de leer Grandes esperanzas.
Aunque admitía que el libro estaba muy bien, se me hacía tan cuesta arriba leer en otro idioma que no fuera el mío…
—Venga, vamos a leer un poco —me animé en voz alta. Total, no había nadie cerca que pudiera escucharme y decirme lo loco que estaba.
Abrí el libro por la página sesenta y cinco. Algo había avanzado. No iba a terminarlo de cara al examen del lunes, porque sí, era el lunes, dos días antes de volver a Madrid, pero tendría que hacer un esfuerzo. O eso o le pediría a Tom que me lo resumiera rápido, que él ya se lo había leído.
No llevaba ni diez páginas cuando alguien se detuvo frente a mí, con la bandeja entre ambos, decidiendo si sentarse conmigo a la mesa o no. Alcé la vista y me encontré cara a cara con el director. Con Alistair P. Ashcombe. Lo reconocí por su tatuaje en la mano.
— Good morning, Mateo —
saludó con tal pomposidad que me recordó a un profesor de las películas del siglo pasado como poco. Cerré el libro de inmediato, nervioso, y me quedé unos
segundos en silencio, pensando qué decirle. Hasta que se me ocurrió, claro.
— Good morning, headmaster.
—¿Puedo unirme? —preguntó, señalando su bandeja con la mirada.
—Claro, claro. Es decir, es el director. Puede hacer lo que quiera, ¿no?
Ashcombe sonrió con mi ocurrencia, dejó su bandeja en la mesa y, tras quitarse la chaqueta y dejarla doblada con cuidado en otra de las sillas, se sentó frente a mí. Llevaba una lata de Coca-Cola Zero y una bolsa de patatas fritas Cheese&Onion
. Un desayuno un tanto raro. Debí de mirarlo más de la cuenta, porque sintió la necesidad de explicarse.
—Me levanto a las seis de la mañana. This is my second breakfast.
—
¿Segundo desayuno?
—¿Has leído Lord of the rings
? —preguntó mientras abría su lata y la vaciaba en un vaso con hielo.
—He visto las películas. Son de mis favoritas —respondí, orgulloso.
— The movies are fine. But the books… are great. You see, Tolkien himself taught here a semester. Did you know that?
—No, I didn’t —
contesté, algo alucinado la verdad. ¿El escritor de El señor de los anillos
había dado clase en Northwood? ¿En ese pueblo tan pequeño?
—En el primer libro, The fellowship of the ring
, Tolkien explica que los hobbits comen seis veces al día: Breakfast, second breakfast, elevenses, luncheon, afternoon tea, dinner and supper.
Así que este es mi segundo desayuno, como bien has dicho tú —me explicó, sonriente, abriendo la bolsa de patatas fritas—. ¿Quieres?
—No, gracias, no.
Ashcombe se encogió de hombros y comió una patata, de la forma más elegante que había visto nunca.
—¿Te gusta Dickens? —me preguntó, señalando el libro que tenía sobre la mesa.
—Tengo que leerlo para English Literature
—le expliqué.
—Buena lectura. It’s a classic —
Comió otra patata más.
—Está bien, sí —dije mientras lo recogía y lo guardaba en mi mochila.
—No quiero interrumpirte. Pero ¿qué haces en la cafetería? ¿Por qué no estás en clase? —me preguntó y, claro, yo me puse en tensión de inmediato. Tendría que decirle la verdad, él mejor que nadie me iba a entender.
—He llegado tarde.
— Why? —
preguntó con calma.
—Porque Tom está enfermo. Resfriado. No ha venido hoy a clase. Y he tenido que venir yo con su hermana, Emma. Entonces, he llegado tarde. Ese es el resumen.
— I see…
—se limitó a decir—. Tienes clase con Miss Walsh, ¿verdad?
—Sí. Me ha visto y no me ha dejado entrar.
— Let me talk to her.
No te preocupes —me aseguró, sonriente. Bien. Eso seguramente me libraba de un castigo y de tener que quedarme más tarde después de clase. Menos mal—. ¿Te está gustando Northwood?
— Yes. It’s great.
—Daniel… Professor Whitmore told me about your show. I couldn’t make it. But I’ll be there on Friday.
—
Sí. Fue genial. Nos clasificamos y todo —le conté, con una sonrisa de oreja a oreja. Cada vez que recordaba esa actuación, se me ponía la pielde gallina.
— Congratulations, Mateo.
Sois la única banda musical de St. Mary’s que ha pasado a la final —añadió él, orgulloso—. ¿Tenéis este tipo de festivales en Madrid?
—En mi colegio hacemos una función de fin de curso. El año pasado bailamos «APT». —Al ver su cara de absoluta incomprensión, le expliqué un poco más—. Una canción de Bruno Mars. Cada clase elegía un tema y había que bailar o cantar, o… Bueno, eso.
—¿Qué tal con la familia Green? ¿Qué tal con Tom? —trató de indagar un poco más en mi vida diaria en Northwood.
—Genial. La mejor familia que podía tener. Best family ever.
—Thomas has been through a great deal over the past two years. More than any young man should have to face —
dijo con gravedad —. Pero es un buen chico. Siempre sonriendo. Siempre tan educado.
—Sí lo es, sí.
— You are good for him —
sentenció con una sonrisa —. Good day, Mateo.
Inclinó la cabeza levemente, recogió la bandeja y se levantó de la silla, alejándose de mi mesa.
Lo vi dejar la bandeja en uno de los estantes junto a la barra.
Cogió la bolsa de patatas fritas y se fue, saliendo de la cafetería.
Ashcombe era la segunda persona que me decía que yo era bueno para Tom.
La primera en decírmelo había sido Debbie.
¿En qué se basaban para decir eso? ¿Cómo estaba Tom antes de que yo llegara a Northwood?
«¿Tienes el corazón roto, Tom?
Ya no ».
El drama de verdad llegó cuando me reuní con la banda en el recreo.
Ninguno sabía lo que le había pasado a Tom y todos se miraron sin decir nada, preocupados.
Supuse que era por lo del otro día, cuando tuvimos que llevarlo al hospital.
La más afectada era Antonia, que estuvo a punto de ponerse a llorar, hasta que Vanessa intercedió, diciéndole que podía ser un simple resfriado. No tenía por qué ser algo más grave.
— I know! But I’m worried, ok? You know what the doctors said… —
señaló Antonia.
—Lo sabemos. Todos —señaló Vanessa, tratando de cerrar la conversación.
— I can’t… I can’t see him like that again…
—Oh, please, Antonia —
intervino Roy, y todos lo miramos, expectantes—. Tom’s the one who’s sick, and you’ve still found a way to make it about you.
Antonia se puso roja de furia. Parecía que iba a ponerse a gritar de un momento a otro. Pero, finalmente, suspiró, logró calmarse y prefirió ignorar el comentario de Roy.
—¿Cómo estaba cuando lo has dejado esta mañana? —preguntó Antonia, prefiriendo hablar conmigo mejor.
—Tosía bastante y tenía algo de fiebre. Se ha quedado descansando. Debbie le estaba cuidando.
—Tendrás que hacer tú los coros mañana —intervino Vanessa, mirándome directamente.
—¿Cómo? Espera… ¿yo? ¿Los coros?
—Tom no va a estar recuperado para mañana. Cada vez que ha tenido problemas de garganta, le ha durado unos días. Antonia can sing his part. But we need someone to sing Antonia’s part.
—You, for example. Or… or Iwan.
—
Yo tengo mucho trabajo con la batería. Iwan odia cantar.
—Y yo —me defendí.
— It’s a bad idea. He can’t sing —
dijo Roy. Y, aunque sabía que no estaba defendiéndome, sino solo metiéndose conmigo, iba a aceptar su ayuda encantado.
— See? Roy’s right. I-I can’t sing
—me defendí.
— Roy. We need him, ok?
Mejor que cante los coros que la voz principal, right?
—le explicó Vanessa. Roy me miró con cara de desconfianza. Todos menos él parecían estar muy seguros de que yo iba a ser capaz de hacer los coros sin equivocarme. Y de
que Tom no iba a estar recuperado para cantar en la final del festival. Sin embargo, yo ya tenía bastante con el teclado como para encima estar pendiente de tener que atinar cantando.
—Mateo —me empezó a hablar Antonia, a la que parecía habérsele pasado el disgusto.
Claro, iba a ser la estrella de la canción.
Se le notaba que, cada vez que ensayábamos, tenía ganas de cantar más y más.
Pero claro, el tema que habíamos elegido no le daba mucho pie a lucirse.
Salvo en el final, que sostenía una nota superlarga, en el clímax de la canción.
Espera, ¿eso lo iba a tener que hacer yo?
¡Estaban flipando! —Puedes hacerlo. Lo vas a hacer genial —insistió, sonriente.
—Lo dudo bastante. Además, seguro que Tom se pone bien para mañana. Solo necesita dormir un poco.
—¿Es que no dormís por las noches? —preguntó Vanessa con toda su mala leche.
—Claro que dormimos. Si anoche estaba bien…
— This afternoon we can rehearse.