Capítulo 34
Tom estuvo tosiendo toda la noche. Siempre tenía una botella de agua en la mesita junto a la cama. Esa noche fue la primera vez desde que dormíamos juntos que se la había terminado.
Cuando nos levantamos, Tom tenía muy mala cara. Estaba pálido y tenía la frente ardiendo. ¿Tendría fiebre? Cuando me fue a hablar, casi no podía. Tenía la voz rota.
— My throat…
duele —
dijo al despertarnos.
—¿Necesitas más agua?
—No, no. Me… duele cuando trago.
—A lo mejor te has puesto malo con la lluvia de ayer. ¿Crees que habrá sido por cantar?
—No lo sé —me dijo en un susurro.
Le abracé y estaba sudando. Mucho.
—Quédate aquí en la cama. Voy a por un termómetro. Para ver si tienes fiebre.
—¿Fiebre?
— Fever?
—Sé lo que significa fiebre —sonrió—. Pero ¿crees que tengo fiebre?
—Bueno, estás ardiendo así que…
Salí de la cama y le dejé envuelto entre las sábanas. Abrí la puerta y olí el aroma a pan tostado viniendo de la cocina.
Debbie ya estaría despierta. Terrible maulló desde la silla, como si acabara de despertarse, y bajó lentamente, contoneándose, hasta llegar a mis piernas.
Se metió entre medias, restregándose contra una de ellas para, un segundo después, marcharse en dirección al cuarto de Emma.
Yo tenía otra misión. Pensé en buscar el termómetro por mi cuenta y no decirle nada a Debbie, pero, si estaba malo de verdad, era mejor que lo supiera.
Bajé las escaleras y ni siquiera tuve que llegar a la cocina, porque fue ella la que vino en mi busca, con una bandeja con dos tazas humeantes, tostadas recién hechas y huevos revueltos con beicon.
—Buenos días. ¿Desayuno? —me dijo, ofreciéndome la bandeja.
—Buenos días —respondí—. Oye, eh, quería preguntar… ¿el termómetro? Creo que Tom está malo.
Debbie no pareció entender lo que le decía al principio, así que empecé a traducírselo.
Antes casi de comenzar a hablar, ya estaba subiendo las escaleras con cara de preocupación.
Yo fui tras ella y le sujeté la bandeja cuando entró en el cuarto de Tom.
Me quedé en el pasillo, esperando, y al rato salió Debbie de nuevo indicándome dónde encontrar el termómetro, además de pedirme que trajera una jarra de agua y Panadol.
«Cocina». Ok. Vale. Las instrucciones superclaras.
El termómetro estaba guardado en el botiquín que Tom usó el otro día para curarme.
Lo encendí para comprobar que funcionaba, pero los números casi no se veían.
Tenía pinta de que la pila estaba en las últimas.
Pero, al menos, marcaba algo, que ya era un avance.
Llené una jarra de agua y abrí todos los armarios y todos los cajones de la cocina hasta que encontré el Panadol (Paracetamol de toda la vida) en un cesto junto a la nevera, repleto de todo tipo de medicamentos, algunos ya caducados desde hacía tiempo.
Cuando volví a entrar en el dormitorio, Emma estaba de pie en una esquina, abrazada a un
peluche de un pulpo y con cara de acabar de despertarse. Debbie estaba sentada en el borde de la cama, acariciando a su hijo con suavidad, mientras este no dejaba de toser.
—Debbie… —susurré débilmente. Esta se giró y me indicó con la mano que me acercara. Le di el termómetro y el Panadol, al tiempo que dejaba la jarra de agua sobre la mesita. Miré de reojo a Tom, que me sonrió a la fuerza para ponerse a toser justo después.
Debbie le colocó el termómetro bajo el brazo y, en poco menos de un minuto, este empezó a pitar.
¿Resultado? Treinta y ocho de fiebre. Claramente se había puesto malo durante el festival.
Debbie llenó la botella con el agua que le había traído y, pese a que Tom decía que no quería beber, ella le insistió. « You need to stay hydrated
», le explicó con ese tono suave que usan las madres cuando sus hijos están enfermos. Recordé cuando yo me ponía malo y mi madre insistía continuamente en que tenía que beber mucha agua.
—¿Se encuentra bien? —murmuré, intentando no molestar.
— He needs to rest
—respondió Debbie, que no se separaba de su lado—. And you have to go to school. Don’t worry. He will be fine.
—I can stay if you need…
—No need, love. Go to school. Bring…
Lleva Emma contigo. —Miré a una Emma aún desperezándose, que me devolvía la mirada, curiosa.
— Ok.
Me voy entonces…
No recibí más palabras de despedida. Ni por parte de Debbie, que estaba centrada en su hijo, ni por parte de Tom, que solo tosía.
Parecía un resfriado común. Su madre lo cuidaría bien.
Y es verdad que, si yo me quedaba por ahí, lo único que iba a hacer era molestar.
Mejor dejarles espacio y que Tom descansara todo lo posible.
—Pues nos toca a nosotros levantar el país… —le dije a Emma, bromeando. No entendió ni una palabra, por supuesto—. Tienes que cambiarte de ropa. Go and… get ready.
Emma me volvió a mirar, inexpresiva, y se dio la vuelta, camino a su habitación, con paso lento, casi como si fuera una zombi. ¿Y yo tenía que ocuparme de llevarla al colegio? Eso iba a ser curioso cuanto menos.
Bajé a la cocina y me preparé un desayuno rápido: una taza de café (no quedaba nada de cacao en polvo) y un par de scones
de una bolsa de papel junto al microondas. No sabía si tenía que preparárselo a Emma también, pero, por si acaso, le calenté un vaso de leche, le puse zumo de frutas en otro y coloqué una rebanada de pan en la tostadora.
Pasaban los minutos y no bajaba. A ese paso íbamos a llegar tarde y no quería. Menos aún uno de mis últimos días en St. Mary’s.
—Maldita niña —mascullé entre dientes. Me terminé mi taza de café y salí de la cocina, hecho una furia, dispuesto a cantarle las cuarenta a Emma.
Sin embargo, en cuanto aparecí en el salón, me la encontré junto a la puerta de salida, vestida y con la mochila al hombro, a la espera.
¿Cuánto tiempo llevaba ahí?—. Ah, oh. Estás aquí…
Necesitas desayunar. You need to have breakfast.
No me contestó. Sin quitarse la mochila siquiera, pasó por mi lado entrando en la cocina.
Yo, claro, un poco desubicado, la seguí.
Emma se sentó en la mesa, se bebió el vaso de leche a sorbitos pequeños, mirando a la lejanía, como si estuviera en trance.
Luego hizo lo mismo con el vaso de zumo.
Cogió los dos, los dejó en el fregadero y volvió a mirarme, a la espera de que le ordenara algo más.
Le iba a decir que tenía que tomarse las tostadas, pero ya íbamos con el tiempo justo, así que decidí dejarlo pasar.
— Very good. Now, let’s go.
Sin dejar de mirarme, se acercó y me cogió de la mano, a la espera de que yo comenzara a andar. «Qué niña más extraña, de verdad».
Revisé que había dejado todo apagado y salimos de la cocina.
Cogí mi mochila del sofá, me puse los zapatos y abrí la puerta.
Esa mañana estaba nublado, hacía más frío que los últimos días, así que cogí una chaqueta del perchero y cerré la puerta.
Entonces, una vez fuera, me di cuenta de que no había cogido llaves.
Bueno, ya me abrirían cuando volviera, ¿no?
Emma no me soltó la mano en todo el trayecto hasta el colegio.
No podía andar muy rápido porque, al final, tenía las piernas muy cortas.
Y tampoco la iba a hacer correr. A mitad del camino me di cuenta de que iba a llegar tarde definitivamente.
Supuse que tendrían que dejarme pasar, ¿no?
Que para algo era el alumno de intercambio.
Esperaba que eso sirviera de algo. Si no, pues no me quedaría otra que esperar en la cafetería a que comenzara la siguiente hora.
Emma tenía más suerte, porque sus clases empezaban treinta minutos después, así que llegaba con el tiempo perfecto.
Cuando llegamos al colegio, no había casi nadie en la entrada y alrededores.
Una vez que empezaban las clases, eso se convertía en un desierto absoluto.
Sí que me crucé con un par de profesoras a las que había visto alguna vez en los pasillos y con varios niños de la edad de Emma, que llegaban con sus padres con el tiempo justo, al igual que yo.
La acerqué hasta la entrada y, una vez allí, Emma me soltó la mano y fue corriendo hacia su clase. Ni un « goodbye
» o un « thank you
». Nada. Simplemente echó a correr.
—¡Acuérdate de que quedamos aquí a la salida! —grité, pero no me oyó. Y tampoco habría servido de mucho, porque se lo había dicho en español. Hasta donde sabía yo, Emma no lo hablaba aún. A ver, Tom le había intentado enseñar algunas palabras. Pero ella seguía empeñada en hablar ese maldito
idioma inventado. Pamish
o algo así lo llamaba. Solo la había escuchado hablar en inglés cuando acabó nuestra actuación del festival.
Se atrevió a mirarme directamente a los ojos y decirme que le gustaba mi teclado.
Salvo en ese momento puntual, o estaba en silencio o hablaba a través de Tom…
o decía cosas raras imposibles de entender.
Los pasillos del colegio estaban desérticos.
Mis pasos resonaban en el suelo con un eco que me hacía sentir como en una película de terror.
Si fuera lunes, seguramente me habría encontrado a Roy por ahí, haciéndose el interesante.
Y fíjate que me habría gustado encontrármelo.
Al menos habría tenido a alguien con quien hablar.
Alguien en mi misma situación. Pero no tuve suerte.
A primera hora tenía Historia ( History,
digámoslo bien) y estábamos viendo el fin de la Alemania nazi, comparando los últimos mensajes radiofónicos tanto de Hitler como de los aliados. Era interesante, la verdad. Aunque lo importante era si me iban a dejar entrar pese a llegar tan tarde.
La respuesta fue rápida: un NO rotundo. La profesora de History