El mundo entre nosotros Capítulo 33
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Capítulo 33

Por suerte, no hubo sustos de última hora, y nuestro grupo fue la segunda banda mejor valorada de todo el festival.

También seleccionaron para la final del viernes a Black Rose, a Aisha, a otro grupo de tres chicos llamado If we were kids y a un treintañero que se llamaba, simplemente, MAX.

Así, con mayúsculas. Menos mal que los niños no acabaron en la selección final.

Cosas del jurado, supongo. Así que el subidón cuando el profesor Whitmore dijo The Turlips fue real.

Una sensación indescriptible. Lo habíamos conseguido.

Ya estábamos un paso más cerca de cumplir nuestro sueño.

Que, hasta hacía muy poco, ni siquiera era mi sueño, pero al final se había convertido en algo compartido por todos.

El festival no terminó hasta casi las doce de la noche.

Nos habríamos quedado más tiempo, pero al día siguiente había clase y muchos padres ya empezaban a ponerse nerviosos.

Nos despedimos del resto de la banda y volvimos en coche los cuatro.

Tom sentado delante, yo detrás con Emma, que acabó quedándose dormida en mi regazo, pese a que el trayecto no fue de más de quince minutos.

Cuando llegamos, Debbie la cogió en brazos y la metió en casa.

Yo fui directo a la cocina, seguido de Tom.

Porque en el festival solo habíamos comido patatas y una hamburguesa. A ver, puede parecer mucho, pero había

sido a las ocho de la tarde. Ya habían pasado casi cuatro horas. Yo, al menos, necesitaba llenar el estómago una vez más como mínimo.

Abrimos la nevera y Tom sacó los restos de la comida del día anterior: un pollo al horno riquísimo que había hecho Debbie, echando todas las especias que encontró en su cocina, con zanahorias y patatas asadas.

Riquísimo. Como todo lo que cocinaba ella.

Lo dividió en un par de platos y metió uno en el microondas durante un par de minutos, mientras yo me encargaba de poner los manteles en la mesa y colocar los cubiertos y vasos.

—¿Estás contento? —dijo, apoyado en la encimera de la cocina.

—¿Contento? —repetí.

—Sí. ¿Te gustó tocar en el festival?

—Muchísimo. Creo que lo hice bien…, ¿no?

—Claro que lo hiciste bien —me animó, plenamente convencido—. Todos estaban bien.

—Creo que quieres decir «estuvieron».

—¿Todos estuvieron bien? ¿Se dice así? —me preguntó, tratando de corregir su error.

—Sí.

—Todos estuvieron bien. Creo que podemos ganar el festival. —Estaba plenamente convencido.

—¿Verdad? ¡Yo también lo pienso! —afirmé, emocionado—. Y estar ahí arriba fue la hostia. Así, hablando mal. La gente aplaudiendo, las bengalas… Incluso la lluvia le dio el toque perfecto, ¿sabes?

Solo paré de hablar porque sonó el pitido del microondas. Tom lo abrió y cogió el plato con ayuda de un trapo, dejándomelo en la mesa. Luego cogió el suyo y también lo metió en el microondas.

— Eat.

Ahora que está caliente —me apremió.

—Puedo esperar.

—No, no. Come —insistió, así que le obedecí y cogí un trozo de pollo. Estaba más rico incluso que el día anterior.

—¿Estás mejor con Debbie? —le pregunté, aunque no sabía si tenía muchas ganas de hablar del tema.

— Yeah, yeah. I guess. I don’t know. It’s really… difficult sometimes. Being the grown up.

—

¿Ser el adulto?

—Exacto. Estoy cansado, Mateo. Muy cansado de todo. —Le escuchaba y casi era ver a mi madre reflejada, totalmente superada siempre por la situación en casa.

—Normal. Lo entiendo. Pero oye, parece que quiere mejorar, ¿no? Que quiere dejar de beber.

— I wish. But…

No es la primera vez que me lo promete —se lamentó amargamente.

—No sé por qué, pero yo creo que esta vez va a ser la buena. Ya verás —traté de reconfortarlo mientras no dejaba de llenarme la boca con las patatas de mi plato. «Dios, qué ricas».

— You think?

—One hundred percent —

asentí.

—Mateo… Quiero hablar contigo de algo.

Me puse en alerta. ¿Significaba eso que íbamos a hablar de lo que le había dicho antes de tocar en el festival? Había sido un impulso, más de corazón que de cabeza. Y, en ese momento, pensar en ello me daba como vergüenza.

—¿Qué pasa?

— What you told me…

Lo que me has dicho antes. En el festival. —Parecía como si a él también le diera reparo sacar el tema.

—Te he dicho muchas cosas. Cuando me da por hablar, ya sabes que cojo carrerilla y no hay quien me calle —disimulé. ¿Qué me pasaba? ¿Por qué me ponía tan nervioso?

— You said you think you love me —

y casi se me atraganta la patata que estaba comiendo. Dejé incluso de respirar —. Is it true?

¿Es verdad?

—Eh, pero tú también me lo dijiste. Cuando estábamos a punto de empezar a tocar «Butterfly». Me dijiste que también creías que me… que me querías. —Me costaba decirlo en voz alta.

— Well,

he preguntado yo primero, haven’t I?

—En eso tenía toda la razón.

—A ver, no sé, yo nunca he tenido novio ni nada que se le parezca, ¿sabes? —me defendí.

—¿Somos novios? —preguntó, y sus ojos se iluminaron durante unos segundos.

—Pues bueno, supongo, ¿no? A ver, no sé cómo funciona esto.

Pero para mí, como que… como que sí. Sí lo somos.

Nos hemos besado, dormimos juntos, nos damos la mano…

y lo que siento cuando te miro no lo he sentido nunca con nadie.

—Eso último lo dije de carrerilla, como si estuviera quitándome una tirita.

De golpe. Tom me miraba, expectante. Él sabía perfectamente que, si se mantenía en silencio, yo seguramente seguiría hablando y abriéndome cada vez más.

Y sí, claro que lo hice—. Si te dije lo de que no sé si te quiero, es porque no sé qué es estar enamorado o querer a alguien así.

Es decir, vamos a ver, quiero a mi familia.

A mis padres. Quiero a mis amigos. Pero este es otro tipo de querer, ¿sabes? . No sé si me estás entendiendo.

Tom asintió, paciente. Hacía ya rato que había sonado el pitido del microondas, pero ninguno de los dos hicimos nada por sacar el plato de su interior.

—Entonces, estuve reflexionando. A ver, fue Debbie, tu madre, la que me hizo pensar, porque me presentó en la peluquería como tu novio.

—Tom enarcó una ceja, sorprendido, pero me dejó seguir hablando—.

Ahí yo pensé: ¿somos novios? Porque, si lo dice su madre, por algo será.

Y claro, pues me preguntó si yo te quería. Que era algo que ya estaba pensando

yo por mi cuenta, ¿eh? Y me dijo que te mirara a los ojos y me dejara llevar. Que sintiera, simplemente. Aquí. —Me toqué el corazón.

—¿Y qué sientes cuando me miras? —preguntó, con calma.

—Pues… A ver, ahora un poco de vergüenza.

—Me reí, nervioso—. Pero… siento algo diferente.

Se me encoge el estómago y me siento… feliz.

Te veo y me siento feliz. Y como que quiero estar contigo todo el tiempo posible, ¿sabes?

Sin perder ni un solo segundo. Y pensar que en una semana me voy…

es que me rompe… me rompe por dentro, por muy cursi y catastrofista que suene. Así que supongo que eso… eso es amor.

Me quedé en silencio, esperando que Tom dijera algo, pero parecía estar asimilando todo lo que le acababa de decir.

—¿Lo has entendido todo? —pregunté.

—Sí.

—¿Tú qué sientes? ¿Por qué… por qué me dijiste que también crees que me quieres?

—No lo sé —contestó. No era lo que esperaba. Para nada.

—¿No lo sabes?

—No sé por qué te lo dije —admitió—. Quizá porque tú me lo acababas de decir.

—¿Solo por eso? —He de reconocer que escucharlo decírmelo así me hizo sentir una punzada en el corazón, y no en el buen sentido.

—No sé por qué te lo dije. Because I don’t think I love you, Mateo. —

Hizo una pausa que casi acaba conmigo—. I don’t think I love you because I know I love you.

Las palabras más bonitas que me habían dicho. Nunca.

—¿Me quieres? Do… do you love me? —

Porque no me podía creer que me estuviera diciendo eso.

— Yes. Yes! Yes. I love you, Mateo Luarte.

Te quiero. You… You made me want to live —

sonrió ampliamente, como si acabara de darse cuenta de algo que había estado oculto todo ese

tiempo y hubiera conseguido descubrirlo por fin —. So… I think… that makes us boyfriends, doesn’t it?

— I think so.

Novios. Mi novio. Es… raro, ¿verdad? Decirlo en voz alta.

—Por alguna razón, no lo es. No lo es.

Hasta ese momento habíamos estado separados durante toda la conversación.

Tom de pie junto a la encimera. Yo sentado en la mesa junto con mi plato de pollo recalentado.

Sin embargo, sentía una necesidad increíble de besarlo, abrazarlo, cogerlo de las manos y no soltarlo nunca.

Así que me levanté y, como si me hubiera leído la mente, se acercó también, abrazándome al instante.

No sé quién besó primero a quién. Puede que fuera algo mutuo y sincronizado.

Ni idea. Solo sé que fue el primer beso que di sabiendo que estaba enamorado.

Cuando fuimos a dormir, elegimos hacerlo en su cuarto.

Al fin y al cabo, la cama era más grande.

Empezamos a besarnos nada más cerrar la puerta.

Pero, antes de seguir, Tom me echó crema por la espalda y yo hice lo mismo en su pierna en cuanto se quitó la prótesis.

Era un momento tan íntimo y… tan sexual.

Fui extendiendo la crema por su muslo, en círcu­los, subiendo poco a poco, hasta llegar a rozar uno de sus huevos, por encima del calzoncillo.

Tom ni siquiera me miró. Estaba tumbado sobre la cama, boca arriba, dejándose hacer.

Así que yo continué, y el masaje en la pierna fue cambiando poco a poco a un masaje en otro sitio mucho más placentero.

Tom comenzó a gemir, pero se le fue de las manos y tuve que parar, entre risas, pero también un poco asustado, porque Debbie o Emma podrían estar escuchándonos.

—Shh, Tom. Que nos van a oír —le susurré.

— Impossible. Debbie’s a heavy sleeper.

Es muy difícil despertarla.

—¿Seguro?

—Seguro. —Y, cogiendo mis manos, las arrastró suavemente de nuevo hacia su polla. No volvió a gemir tan fuerte como antes, pero estuvo a punto un par de veces. Sobre todo cuando terminó—. Sorry!

—se disculpó después de mancharme.

—No pasa nada. But…

Necesito ir a lavarme.

Salí del cuarto y atravesé el pasillo, caminando de puntillas hacia el baño, tratando de hacer el menor ruido posible para no despertar a Debbie o a Emma.

Encendí el grifo a muy poca potencia, me lavé bien las manos y, cuando me las estaba secando, me di cuenta de lo nervioso que seguía.

Aunque eran unos nervios buenos. Cuando volví al cuarto de Tom, escuché un ruido y me quedé quieto, petrificado en el sitio.

Tampoco es que pasara nada, pero no quería que me viera Debbie.

Porque me preguntaría. Eso seguro. ¿Sería Tom que había salido también al baño?

—¿Tom? Tom, ¿eres tú? —susurré.

No había quien viera nada en el pasillo. Aunque juraría que había alguien en…

—Miau!

—¡Coño! —chillé al pisar la cola de Terrible, y este me lanzó un arañazo al pie. Salió corriendo en dirección contraria y yo estuve a punto de caerme de culo al suelo. Pero mi grito, por suerte, no despertó a nadie. Al final Debbie sí que iba a tener un sueño bien profundo, la verdad.

Se abrió la puerta del cuarto de Tom y este se asomó, con cautela, sorprendido.

—¿Qué pasa? ¿Y ese grito? —preguntó, confuso.

—Terrible. Ese maldito gato.

Fue decirlo y ver cómo se metía en el cuarto de Tom con el rabo entre las piernas. ¿Me iba a tocar dormir con ese gato vigilándonos?

— Come inside

—murmuró Tom, y entré de nuevo a la habitación.

Cerré la puerta tras de mí y Tom se tumbó sobre la cama, dejándome un lado libre e invitándome a tumbarme junto a él.

Terrible se había subido a la silla que había en el escritorio, dando vueltas sobre sí mismo para encontrar la mejor posición.

Me quité los pantalones, quedándome solo en calzoncillos y camiseta, y me metí en la cama.

— So sexy —

me dijo, mordiéndose el labio inferior.

—No me vaciles.

— I’m not!!

—¿Sabes lo que significa vacilar?

—Sí… I think. —

Se echó a reír. Estiré el brazo y apagué la luz. La habitación se quedó a oscuras. Me coloqué boca abajo, girando la cabeza hacia un lado. Y noté que Tom hacía lo mismo. De hecho, notaba que nuestras caras estaban a muy pocos centímetros de distancia.

—Buenas noches, Tom.

—Buenas noches, Mateo.

—Te quiero —le susurré, y me sentí bien al momento de decirlo, como con un subidón extraño que me recorrió desde la punta de los pies hasta la cabeza.

—Te quiero —me dijo él.

Me abrazó y ya no volvimos a separarnos en toda la noche, hasta quelos primeros rayos de sol me despertaron. Entonces, me di cuenta deque estaba más feliz que nunca.