Capítulo 30 #3
—Te queda muy bien el pelo así, que no te he dicho nada. —Me puse rojo de la vergüenza—. Estás más guapo aún que antes. You are the guapest.
—
Todo es mérito de tu madre. De Debbie, que corta el pelo maravillosamente bien.
—¿Verdad? —Después de echar un último vistazo por la ventana, por si Keeley seguía cerca, se alejó de la puerta.
—Oye, Tom, me gustaría hablar de…
— Oh, fuck! It’s super late! We have to run. Can we talk later?
—me pidió tras mirar el reloj que colgaba de la pared, que marcaba las cinco menos cuarto. Hemos quedado con la banda en solo quince minutos.
—Sí, claro. Luego —confirmé, derrotado. Ya habría otro momento para hablar. Así tendría más tiempo para pensarlo bien.
— I’m going to have a shower! Give me ten minutes! —
exclamó, acelerado.
—
Yo también debería ducharme —reflexioné.
—Me ducho en el cuarto de Debbie y tú en el otro cuarto de baño.
—Genial. A ver quién termina antes —lo reté.
Por supuesto, terminó antes él, porque yo, cuando me meto en la ducha con el agua caliente, se me va el santo al cielo. Da igual que tenga prisa. Así que, cuando salí de la ducha, Tom ya estaba vistiéndose. Y ya eran más de las cinco de la tarde.
— Mateo, hurry up!
—me gritó desde su habitación.
—¡Ya voy, ya voy! Pero es que no sé qué ponerme, que el día de hoy es muy importante… —respondí mientras abría el armario de par en par y buscaba entre mi ropa el modelito perfecto.
Aunque, mirándome en el espejo, me di cuenta de lo guapo que estaba con el nuevo corte de pelo, así que cualquier cosa me iba a quedar bien.
Cogí unos vaqueros negros, una camiseta blanca y una camisa de cuadros, y me vestí en tiempo récord.
Sin embargo, antes de salir del cuarto, me acerqué al ramo de gardenias que me había regalado la madre de Roy, cogí una y la coloqué en el bolsillo de mi camisa. A ver si me daba suerte.
—¡Mateo! —chilló Tom desde el pasillo, y salí a toda prisa del cuarto, poniéndome las zapatillas mientras hacía equilibrio sobre una pierna.
—¡Ya estoy, ya estoy!
—¿Tú crees? —Me señaló a los vaqueros. Por una de las perneras había un calzoncillo saliendo. «¡Qué vergüenza!» ¡Me lo habría dejado ahí dentro! Joder. Lo cogí a toda velocidad y lo lancé dentro del dormitorio, cerrando la puerta de un portazo.
—¡YA! —«Uff, cómo me pica la espalda».
—Menos mal que lo he visto aquí. Just imagine…
—
¡Calla! ¡Qué vergüenza!
—Qué tontería —replicó Tom, y se acercó, cojeando un poco. Siempre le pasaba cuando acababa de ponerse la prótesis. Me revolvió un poco el pelo y se alejó para mirarme mejor—. Ya está. The guapest.
—
Tú sí que eres guapo. —Y nos miramos, embobados. Pensé en lo que me había dicho Debbie en la peluquería. « Look him in the eyes and let you feel it
». El estómago se me cerró. El corazón me latía a mil por hora. La espalda me picaba como nunca. Y tenía unas ganas increíbles de besarlo. ¿Eso era amor? ¿Es lo que se sentía cuando amabas a alguien? —Tom, yo…
No me dejó terminar la frase porque se me lanzó a los labios, abriendo la boca y besándome con más pasión que nunca, estrellándome contra la pared del pasillo.
Nuestras lenguas se juntaron, jugando dentro de nuestras bocas, excitándome al instante.
Me podría quedar así con él durante horas.
Amaba besarlo, tocarlo, acariciarlo. Amaba todo con él.
Deslicé mi mano por su cintura, y poco a poco la bajé hasta llegar a su entrepierna.
Yo estaba excitado, sí, pero él más. Lo noté en cuanto toqué su polla. «Uf».
— We… we have to go —
susurró en el interior de mi boca.
— Yeah. Totally. But…
ya vamos a llegar tarde así que… —Seguí tocándolo por encima de los pantalones. Tom cerró los ojos y gimió de placer.
—Mateo… —murmuró.
—Ok, ok. Un último beso. —Lo agarré del cuello de su cazadora para juntar nuestros labios de nuevo—. Vale, venga. Ya podemos irnos.
Tom sonrió, me acarició la cara y, antes de movernos, se metió la mano en los pantalones y se la colocó, rojo de la vergüenza. Bajamos hasta la planta principal y justo la puerta se abrió de golpe, apareciendo una Debbie, sudada, con toda la cara roja y casi sin aire.
— Where’s is she?! —
exclamó, exhausta.
— About time you showed up! I’ve been calling you like crazy! —
bramó Tom, enfadado.
— Sorry, love. It was a really busy day. But now I’m here. Where is she? —
Estaba de los nervios.
— She’s not here. She told us you have to contact them, or something like that —
recordó Tom mientras se revisaba el pelo en el espejo de la entrada.
—It was because of your father, innit? Frickin’ arsehole —
gruñó Debbie, malhumorada. Estaba completamente histérica, sin parar de moverse. Se quitó la chaqueta y lanzó, literalmente, su bolso contra el sofá.
— I wrote down her phone number over there. —
Señaló un papel sobre la mesa del salón—. She was nice. And Mateo stood up for you.
Debbie me miró, complacida y orgullosa.
— But, what did she want?
—I don’t know, Debbie. We really have to go. We’re so late.
Tom pasó junto a ella, abrió la puerta y me insistió desde fuera que me diera prisa. Ni un beso de despedida ni nada. Seguía molesto por lo de la otra noche y no parecía que fuera
a aflojar en un futuro cercano. Debbie me observó, frunciendo el ceño, confusa y, de nuevo, totalmente sobrepasada por la situación. Me despedí con un gesto de la mano mientras salía con Tom.
—Vamos, Mateo —me insistió.
—Oye, ¿no crees que deberías…?
—¿Qué? —replicó.
—Hablar con Debbie. La veo arrepentida.
—No es la primera vez. Y yo… ya estoy harto —replicó—. Vamos. We have to run
. Literally.
—
Ya llegamos tardísimo. —Miré la hora en mi teléfono.
—Porque eres muy lento.
—¿Lento yo? —dije, ofendido.
—¡Seguro que te gano en una carrera! Suerte que no llevo mi pierna de correr —rebatió, con cara de pillo—. C’mon! They’re already there!