Capítulo 28 #2
—Me encanta. Es precioso —afirmé, acercándome a unas rosas de color azulado.
— Those are from Santino. Extra rare —
me explicó su madre. Yo no sabría ni situar Santino en un mapa.
— Super nice.
— What’s your favourite flower, Mateo? —
quiso saber la madre de Roy. «Ni idea, señora». Nunca había tenido una flor favorita.
— I like the scent of jasmine in the summer —
admití, y hasta yo me sorprendí de lo bien que había pronunciado la frase.
— Then, you are going to love gardenias. Roy, darling, go and make a bouquet for Mateo, would you?
—
No hace falta. En serio. No-no need —
me apresuré a decir, vergonzoso. Sin embargo, la madre de Roy no me escuchó.
Insistió a su hijo en que me preparara un ramo de flores, y él, en vez de ponerme la cara de asco de siempre, asintió.
Se marchó a una zona de la tienda, cogió varias flores y hojas verdes y se colocó tras el mostrador, dejando un reguero de gotas de agua a su paso.
— Do you want some water or…?
—comenzó a decir la madre de Roy.
— No, no. We are good. Thank you, miss Evans—
contestó Tom, educado como él solo.
— Please. Call me Linda. —
Le revolvió un poco el pelo. Al rato, fue a ver cómo trabajaba su hijo, dejándonos a Tom y a mí solos.
—Es muy simpática —reflexionó Tom en voz alta.
—Sí, sí. Qué diferencia con su hijo, madre mía —bromeé.
—Roy también es simpático. Pero a su manera. Roy… es Roy.
—Desde luego.
Quería preguntarle por lo que me contó Antonia la otra noche durante el concierto de Debbie, sobre los sentimientos de Roy y cómo lo había gestionado él, pero no quería que pareciera que estaba malmetiendo o algo parecido.
Así que, si él tenía ganas de contármelo, que lo hiciera. Yo estaría encantado de escucharlo.
Tardé un rato en darme cuenta de que sonaba música de fondo en la floristería. Como si fuera un hilo musical. La canción era una balada, pero no me sonaba haberla escuchado. Tom sí parecía conocerla.
—« I don’t want to talk about it, how you broke my heart
» —
canturreó, moviendo la cabeza de un lado a otro, tratando de seguir el mismo ritmo que la canción—. Do you know the song?
—No. Not really, no
—admití.
—Rod Stewart. I used to love his songs when I was a kid. This… I don’t want to talk about it… one of my favourites. —
Podía ver que le emocionaba decirlo. Quizá porque le recordaba a algún momento de cuando era pequeño. No lo sabía.
— It’s…
está chula. Es bonita.
—It is. Yeah. It is. —
Se acercó y me besó en los labios. Un beso corto y rápido. Insuficiente. Lo habría estado besando horas. Menos mal que no pasó, porque justo apareció Roy. «Lo que le faltaba al pobre». Vernos besándonos en la floristería de sus padres.
Llevaba en la mano un ramo precioso de flores blancas con hojas de eucalipto, enrollado en un papel marrón claro con puntitos negros.
— Here you go
—me lo tendió.
— Thanks —
respondí al cogerlo, y se puso rojo de la vergüenza.
— Whatever. —
Ahí estaba el Roy de siempre.
— Well, we should get going. See you tomorrow, Roy.
Nos vemos mañana —se despidió Tom mientras la madre de Roy salía de la trastienda hablando por el móvil. Nos despidió con un gesto de la mano y lanzándonos un beso.
— Yeah, yeah. Ok —
refunfuñó Roy, acompañándonos hasta la puerta. La campanilla volvió a sonar cuando salimos de la floristería. Aspiré el aroma del ramo que me habían regalado y, la verdad, olía genial. La madre de Roy había acertado de lleno.
Cuando entramos en casa, nos cruzamos con una mujer de pelo corto y de color blanco, pintada como una puerta y con un
bol de palomitas en las manos. Yo me quedé en shock, y luego pensé que quizá fuera una tía de Tom o algo así.
Sin embargo, no era la única persona extraña que había ahí dentro.
En el sofá estaba sentada Debbie con otro hombre, de bigote negro y entradas pronunciadas, que bebía de una lata de cerveza, y otra mujer vestida con una camisa dorada y unos pantalones negros.
—¿Quién es toda esta gente? —le pregunté a Tom, y justo apareció el padre de Antonia, saliendo de la cocina, con Terrible andando junto a él, tratando de pegarse a sus piernas.
—Amigos de Debbie.
— Out! That was out!
—chilló Debbie, levantándose del sofá con fuerza, gritándole a la televisión—. Hey, lovebirds! Where’ve you been?
—
Hola, Debbie —saludó Tom—. Ensayando en el cricket club.
— Oh, yeah. Of course
. Sí. Por supuesto. There’s sandwiches in the kitchen. —
Volvió a sentarse, sin dejar de mirar a la televisión—. Would you be a love and help Emma with her homework for a bit? We’re in the middle of the tennis.
— Tennis? —
se extrañó Tom, y se asomó al salón para mirar la televisión. Yo lo seguí para cotillear también un poco.
—What a lovely bouquet you have there, Mateo
—me dijo Noah, el padre de Antonia, muy sonriente. Pasó de mirar al ramo a mirarme a mí y luego a Tom; entonces, entendí lo que quería decir.
— C’mon, mate!
—gritó la mujer del pelo blanco. Efectivamente, estaban viendo un partido de tenis.
Estaba jugando Jannik Sinner, un jugador italiano, contra Nicolás Rión, uno español.
No veía mucho tenis, pero a mi padre le encantaba y controlaba muchísimo.
Y sí, había visto alguna vez jugar a ese chico.
Era muy joven. Creo que solo tenía dieciocho años y ya jugaba contra los mejores.
Debbie me vio tan interesado que aprovechó para contarme que era la final de un torneo muy importante en Barcelona, y que, aunque el español estaba
perdiendo por mucho, les encantaba cómo jugaba y todos apostaban por él.
— Do you know him? —
me preguntó la mujer de la camisa bordada, que resultó ser la madre de Antonia.
— Not really. I mean… I saw some matches
—respondí, pero ya no me estaban haciendo caso, porque estaban jugando un punto imposible, corriendo de un lado al otro de la pista, hasta que Nicolás Rión, el español, consiguió dar un golpe en carrera, casi tirándose al suelo, ganandoel punto y levantando no solo al público de la pista, sino al que estaba en elsalón de casa de Debbie.
Esta pegó tal salto que lanzó por los aires el bol de las palomitas, provocando la risa de todos.
—Lo viven mucho, ¿eh? —le dije a Tom.
—A Debbie le encanta el deporte. Su favorito es el tenis. Después del cricket —
me explicó—. And you meant «I’ve watched a few matches». Sounds better that way.
—
¿Sí? —Tom asintió.
— But look at you. Your English is getting better.
—You think?
—Yeah. I can tell.
Vamos a la cocina. Vamos a ayudar a Emma.
—Y a comer sándwiches, ¿verdad?
—También. —Esbozó su media sonrisa tan cautivadora y pasamos por delante de la televisión a toda velocidad, llevándonos los gritos de Debbie y sus amigos, que nos tiraron palomitas, bromeando y riéndose.
En la cocina encontramos a Emma sentada en la mesa, con un vaso de leche y un plato con un sándwich a medio comer.
Estaba muy concentrada en su cuaderno. Aunque no escribía nada.
Solo miraba las hojas, tratando de descifrar los secretos que escondían.
Nada más entrar en la estancia, apareció Terrible, que seguramente nos habría seguido, y de un salto se subió a la
silla junto a Emma, reclamando su territorio, retándome con la mirada.
Estuvimos en la cocina casi toda la tarde, haciendo mi informe y ayudando a Emma con los deberes.
Cuando Angie pasó por casa, estaba a punto de terminar el partido de tenis.
Nicolás Rión, el tenista español, había remontado y estaba poniendo contra las cuerdas a un jugador claramente superior.
Debbie estaba tan emocionada que la invitó a ver el final con ellos.
Tom estaba visiblemente incómodo, porque Debbie no dejaba de beber una cerveza tras otra, pese a los intentos de Noah por frenarla un poco.
Pero claro, cualquiera frenaba a Debbie cuando cogía carrerilla.
Notaba que le costaba ver a su madre así.
En especial por lo que había pasado la semana anterior, cuando casi perdemos a Emma.
Cuando terminó el partido, con el tenista español perdiendo en el último set, poco a poco se fueron yendo todos hasta que solo quedó Debbie, sentada en el sofá, bebiendo una última cerveza.
— Debbie, don’t you think you’ve had enough?
—dijo Tom mientras recogíamos los platos y vasos que habían dejado sobre la mesa del salón. Debbie miró su lata de cerveza, asintió y la dejó sobre uno de los platos que llevaba yo.
— Yeah ¡hip! Maybe you’re right, love.
—Le costaba pronunciar bien cada palabra que decía—. I’m going to take a…
siesta. —Me miró, cómplice.
— Drink some water, please —
le aconsejó Tom.
— Ok… mum
—le vaciló Debbie, echándose a reír—. Wait, wait!
—Tiró de mi brazo para coger la lata que había dejado sobre mi plato. Pero se pasó de fuerza y yo, que tengo mal equilibrio, no fui capaz de aguantar el tirón, con lo que todo lo que llevaba se cayó al suelo, y se rompieron los platos y el vaso, y la cerveza se desparramó por todo el suelo.
—DEBBIE! —
gritó Tom.
— Oops —
sonrió Debbie, juguetona—. My bad.
Pero Tom no estaba para bromas. Lo veía totalmente superado por la situación.
Se fue del salón en dirección a la cocina, sin decir absolutamente nada.
Estuve tentando de seguirlo, pero preferí quedarme para ir limpiando un poco antes de que llegara.
Me puse de cuclillas y fui cogiendo los trozos del vaso con cuidado de no cortarme para…
—AH! Mierda.
Mi dedo índice empezó a sangrar. Malditos trozos de cristal.
— I need another drink
—balbuceó Debbie, y mientras se tambaleaba, porque le costaba horrores andar en línea recta, fue hacia la puerta de la cocina, donde se cruzó con Tom, que apareció con una escoba y un recogedor—. Tom, Tom, Tommy…. Don’t be mad with…
—Not now, Debbie. Please —
gruñó entre dientes, y ella se asustó por primera vez de verdad. Vi cómo nos miraba, algo perdida, sin saber muy bien qué hacer o qué decir. Pero al menos no volvió a la cocina. Simplemente se limitó a subir las escaleras en dirección a su habitación.
Tom barrió todo el desastre. Yo podía ver cómo trataba de contener las lágrimas, o las ganas de gritar, o las dos cosas a la vez.
Cuando escuchamos cerrarse la puerta de la habitación de Debbie, Tom pareció relajarse un poco y se derrumbó sobre la escoba, exhalando un lamento que me rompió el corazón.
—¿Estás bien? —le pregunté mientras cogía otro trozo de papel de cocina para ponérmelo alrededor del corte.
—Sí —dijo tras una inspiración profunda. Me miró y se dio cuenta de lo que me había pasado—. ¿Te has cortado? —se alarmó.
—No es nada. Solo un corte tonto de…
Pero para Tom sí que era importante. Dejó caer la escoba y vino hacia mí, cogiendo mi mano entre las suyas y quitándome el trozo de papel.
— It’s deep, Mateo. Wait here.
—
En serio, que no es nada. —No quería molestar, y mucho menos después de lo que había pasado con Debbie.
—Let me. Please.
Y, sin esperar una respuesta, se fue hacia las escaleras, a la planta de arriba.
Miré mi dedo y era verdad que la herida era más profunda de lo que pensaba.
Y seguía sangrando, aunque cada vez menos.
Tom volvió con una pequeña caja roja en la mano y me pidió que me sentara en el sofá junto a él.
La caja era una especie de botiquín, bastante desgastado por las esquinas y con la tapa dada de sí.
De su interior sacó un bote de plástico transparente y unas tiritas.
— Ok. First, we need to disinfect the wound.
Abrió el bote y empapó un algodón. Cogió mi mano con delicadeza y pasó con suavidad el algodón por encima de la herida. Escocía, aunque era un dolor soportable. Más aún si su mano acariciaba la mía y la trataba con tanta delicadeza.
— Now…
—Me indicó que sujetara el algodón sobre la herida mientras él abría una tirita lo suficientemente grande como para cubrir mi dedo por completo. Cuando había retirado el plástico protector, quitó el algodón y colocó la tirita con cuidado, tapando la herida—. Ya está.
—Gracias.
— No need —
respondió con una sonrisa amarga—. ¿Me ayudas a limpiar? Luego, si quieres, podemos ver una película.
—¿Puedo elegirla yo esta vez? —propuse.
—¿Cuál te apetecerá? No. ¿Cuál… cuál te apetece? —se corrigió, y yo asentí, confirmando que su cambio había estado bien.
—Uhm… Necesito pensar. Pero creo que estaría bien ver Onward
. ¿La has visto?
— Onward? That’s the Pixar movie, isn’t it? No. I haven’t seen it.
—Perfect! We have a winner!
—Le hice reír un poco más. Menos mal—. ¿Quieres hablar de lo que acaba de pasar?
— Not really, no.
Vamos a limpiar —respondió, cortante.
—Claro. Vale.
Sin embargo, antes de que se levantara del sofá, me lancé a abrazarlo.
— But if you want to… —
comencé a decir.
—I know, Mateo
—susurró—. Gracias.
— No need
—respondí yo.