Capítulo 28
El ensayo del domingo fue bastante bien, la verdad.
A todos les gustaron nuestros cambios con mi teclado, lo que era una gran victoria.
Incluso a Roy, aunque se negara a admitirlo.
Le vi la cara y se podía notar que estaba convencido de que funcionaban los nuevos arreglos.
No obstante, durante todo el ensayo, y eso que estuvimos dos horas largas, no dijo más de tres palabras contadas.
Tom estaba muy cariñoso conmigo. Todo el rato.
Él no se daba cuenta, pero yo sí. Roy no estaba nada cómodo.
Y no podía culparlo, la verdad. Ver al chico que le gustaba (porque, claramente, le seguía gustando) haciendo manitas con otro que: a) no le caía bien y b) acaba de conocer hacía menos de tres semanas, no podía ser plato de buen gusto.
Sin embargo, era difícil no ceder ante los cariños de Tom.
El sábado por la noche habíamos vuelto a dormir juntos.
Apareció en mi cuarto sobre las tres de la madrugada y me preguntó si podía volver a dormir conmigo.
Obviamente le dije que sí. Se metió en mi cama y estuvimos abrazados hasta que nos despertamos a las nueve.
Y sí, cuando nos despertamos, los dos estábamos en calzoncillos y sin camiseta.
Porque era muy tarde, porque habíamos quedado a las nueve y media con la banda para desayunar, que si no…
— You’re coming in late
—me dijo Roy. «Vale, más de tres palabras, eso estaba bien». Pero se entiende que no estaba muy comunicativo, ¿verdad?
— Are you sure?
—pregunté—. Because…
—Yeah, of course I’m sure. It’s my fucking song —
espetó, y esa última frase puso a todos a mi favor.
Cosa que yo no quería. En serio. Quería llevarme bien con él.
De verdad que sí. Igual que me llevaba bien con Antonia, Vanessa o Iwan, aunque este hablaba tan poco que era difícil saber más de él, honestamente.
Pero Roy era un hueso duro de roer. Ya había estado al ataque desde el primer día conmigo.
Y lo de Tom iba a complicar mucho más las cosas.
—¿Puedes relajarte un poco? —intervino Tom, defendiéndome—. No tienes que decir las cosas de esa manera.
— Mateo wasn’t late, mate
—objetó Iwan, con esa voz aterciopelada y adormilada de siempre.
— Ok. Whatever. —
Roy empezó a rasguear su guitarra, probando otra parte totalmente diferente de la canción.
—Probemos otra vez. Trataré de entrar un poco antes.
—A ver si así Roy se relajaba un poco conmigo.
Volvimos a tocar «Butterfly». Y volvió a sonar increíble.
Yo traté de adelantar mi entrada un poco.
Medio segundo o así y, mira, la verdad es que Roy tenía razón.
Estaba entrando tarde antes. Las cosas como son.
Aun así, no le dije nada. Él tampoco. La única que lo dijo fue Vanessa.
— You were right, Roy. But you don’t have to be so rude about it.
Su respuesta fue un gruñido.
De todos modos, tampoco pudimos ensayar mucho más porque a los pocos minutos Iwan y Antonia tuvieron que marcharse. Así que, entre los que quedábamos, recogimos los instrumentos y los guardamos en la parte trasera del escenario con la ayuda de Hugh. Tom, después de hablar un rato con él,
le dejó un libro que se llamaba Almond
, escrito por Won-Pyung Sohn. Me explicó que era una novela de una autora coreana y que ya lo había leído varias veces.
— Hugh, I think you’re gonna love it
—le dijo Tom al entregárselo, y nos despedimos hasta el ensayo siguiente.
Cuando salimos del club de críquet, el partido que habíamos estado viendo antes de entrar aún seguía jugándose.
Por lo que me habían contado (y había investigado yo por mi cuenta), un partido de críquet podía durar varias horas.
El récord de duración estaba en once días.
Hace casi cien años, entre Inglaterra y Sudáfrica.
¿Once días jugando a lo mismo? Si ni siquiera sabía seguir las reglas básicas en un partido entre aficionados, imagínate once días.
— See you tomorrow, babes
—se despidió Vanessa, montando en el coche de su madre. Tom ya me había contado que era la que más lejos vivía de todos. A una hora más o menos de distancia. Pero su madre había ido al St. Mary’s de pequeña y quería que su hija también.
— Same —
añadió Roy, metiendo las manos en los bolsillos y alejándose, cabizbajo. Los domingos, después de los ensayos, sabíamos que iba a la floristería de sus padres para ayudar a preparar los pedidos de la semana.
— Wait!
Vamos hacia el mismo sitio. Te acompañamos —dijo Tom, para sorpresa de Roy, al que se le iluminó la cara durante un microsegundo.
— No need
—replicó, pero Tom ya se había puesto a su altura.
—¿Cómo se dice en español…? —me preguntó, aunque yo no sabía lo que quería decir.
—¿El qué? —pregunté, confuso.
—¡Me da igual! That’s it.
Eso quería decir: me da igual. Whether you like it or not, Roy… we’re going with you
—asintió Tom, haciéndome un gesto para que caminara hacia ellos y pudiéramos ir los tres juntos.
El paseo fue silencioso, pese a los continuos intentos de Tom de sacar conversación. Lo intentaba. Porque no quería que Roy se sintiera mal. Y puedo entenderlo. Yo tampoco quería verlo mal, así que cuando Tom ya no sabía qué más decirle, yo cogí el testigo.
—¿Cómo se llamaba la floristería de tus padres? —le pregunté, curioso, tratando de llenar el silencio tan incómodo.
— Cherry blossom tree —
gruñó.
—
En español se llama cerezo —empecé a decir—. Y en japonés es s akura.
—Claro. Como Sakura Card Captor —
añadió Tom.
—Y, como curiosidad, es la flor nacional de Japón —expuse, orgulloso.
El silencio volvió a rodearnos. Estaba claro que Roy no quería hablar. O porque no le apetecía o porque no sabía cómo mantener una conversación como una persona normal. Algo que era bastante probable también.
—En Japón hay una cosa que se llama hamami
, significa «florecer» y…
— No, it doesn’t —
me interrumpió Roy. Al ver que yo me quedaba en silencio, decidió continuar—. It’s called hanami. Hanami. Not hamami. And it literally means flower viewing. —
Claramente disfrutaba corrigiéndome. Pero, aunque yo pensaba que se quedaría ahí, Roy siguió hablando, como si le apasionara el tema —. People stop what they
’ re doing just to look at cherry blossoms. Because they don
’ t last. A few days, maybe a week. Then they
’ re gone.
Unos días. Una semana.
—Wow. Qué pasada —dije, y Roy me miró. Creo que fue la primera vez que me miró de verdad, sin juzgarme o querer llevarme la contraria. Yo pensaba, sinceramente, que me diría alguna bordería, como en él era costumbre. Sin embargo, en lugar de eso, siguió hablándonos sobre los cerezos.
— But it
’ s not just about trees. It
’ s about the idea that beautiful things don
’ t stay. That
’ s kind of the point. You
’ re supposed to watch them knowing they
’ ll disappear.
—No sé por qué, pero lo dijo de tal forma que se me puso la piel de gallina, y estuve a punto de ponerme a llorar de la emoción. Intenté disimular, pero Tom me miró y sonrió, pasándome la mano por la espalda, acariciándome.
—¿Aquí hay cerezos?
—Sí —contestó Roy con contundencia—. En Northwood hay algunos cerezos. But it’s not the same… I mean, in Japan, they are sacred trees. In Shinto and Buddhist stories, they believe spirits, kami, live inside old or beautiful trees. They call them kodama. You can recognise them because they
’ re tied with these thick ropes, shimenawa. People believe that, if you hurt one of those trees, something bad will happen to you.
—
Qué putada —Ninguno pareció entender lo que decía—. I don’t know how to say that in English. Sorry.
—I remember a story…
Cuando era pequeño, lo vi en un documental —
añadió Tom —. In Morioka, in-in Japan, there’s this cherry tree, like four-hundred-year-old cherry or something like that.
— Ishiwari-zakura —
interrumpió Roy.
—Yeah! And this… —
Tom lo miró, esperando a que le recordara el nombre que acababa de decir.
— Ishiwari-zakura
—repitió Roy.
— That’s it. Yeah. Well, this cherry tree grew inside a crack in a rock… and split the stone in half. —
Hizo una pausa y prosiguió—. I think it
’ s like a proof that… something fragile can still be strong enough to break stone. —
Y lo dijo con un tono de orgullo especial—. Es bonito, ¿verdad?
—Es muy poético —intervine yo.
— Yeah. It is —
sentenció Roy, y creo que fue la primera vez que estuvo de acuerdo conmigo en algo.
Tras la conversación sobre los cerezos, no hablamos mucho más hasta que llegamos a la floristería. Era una esquina en la calle principal de Northwood (nos habíamos desviado bastante del camino a casa, pero claramente Tom quería acompañarlo) y se leía Cherry blossom tree
.
Había varias macetas de diferentes tamaños sobre la acera, cada una con un tipo de planta o flor. Y podía verse, a través del cristal de las ventanas, que dentro también estaba repleto de flores. El olor llegaba hasta fuera, hasta donde estábamos nosotros.
— Ok. See ya
—se despidió Roy, pero justo apareció su madre por la puerta. Al vernos, nos invitó a entrar, no sin antes tratar de darle un beso a su hijo—. Mum! Can you not?
—Hi there, Tom. How’s Debbie?
—Debbie’s fine, as always —
respondió Tom, sonriente.
— But come inside, please. Mateo, right? —
Yo asentí—. Come, come inside, please. Do you like flowers?
—Everybody does, mum —
protestó Roy—. Leave them alone.
—We can come inside —
dijo Tom, dándole un codazo amistoso a Roy y entrando con su madre en la floristería.
Yo pasé después y Roy me miró pidiendo una ayuda que yo no podía darle.
Me limité a encogerme de hombros y entrar.
Sonó una campanilla al abrir la puerta y dentro eracomo estar en un sueño.
Flores y plantas por todos lados. Y el aromaera increíble.
— This is amazing —
se me escapó, y me di cuenta de que su madre me había escuchado, porque esbozó una sonrisa orgullosa. Había todo tipo de flores, aunque yo no es que entendiera mucho.
—¿Te gusta? —me preguntó Tom en un susurro.